Tras 30 años de los Juegos Panamericanos en Mar del Plata 1995, José Páez, uno de los relevistas de la antorcha Panamericana, continúa haciéndole honor al movimiento olímpico a través de difundir sus experiencias y lograr tener presente la memoria de ese hecho histórico.
Finalizaba el gris verano de 1995, Mar del Plata se encontraba conmocionada por la fuerte inestabilidad económica luego de aquella dura temporada. Mientras los lugareños intentaban recuperar lo perdido, existía una llama que aún se mantenía oculta y lentamente trazaba su camino desde México hasta una Argentina abrumada por el creciente desempleo. En medio de ello, en la pista de atletismo, José Páez, un joven marplatense estudiante de educación física, se encontraba a kilómetros de hacer historia en el evento más importante que albergó la ciudad.
Los domingos de marzo de ese año, dentro de los hogares costeros, se oían las voces de los reconocidos artistas que integrarían la banda sonora para los Juegos Olímpicos Atlanta 1996 en el aclamado programa conocido como “La movida del verano”, aquel relevante nombre parecía estar alejado de la realidad y ser solo un repertorio musical para las familias con el único fin de entretener, sin embargo, resultaba tratarse de la previa a lo que sucedería las siguientes semanas, el hito que revolucionaria al continente americano.
La sociedad se veía acorralada por los desafíos económicos atravesados en el verano que todavía en ese entonces perjudicaban a los bolsillos de los marplatenses, siendo completamente ajenos a lo que ocurría en Entre Ríos, cuando la canoa con el símbolo de la Organización Deportiva Panamericana, toco tierra firme en el norte argentino. Aunque tras bambalinas, se movían los hilos para formar la segunda edición de los Juegos Panamericanos, las organizaciones comenzaron a desplegar nombres que se unirían a un recorrido nacional, ya sea por el destino o una simple casualidad, Páez fue escogido como uno de los representantes que enviaría la ciudad organizadora para escoltar el emblemático fuego. Con el desconocimiento que conlleva un evento de tal magnitud, la incertidumbre provocaba una distancia visible entre los marplatenses y el espíritu olímpico. “Cuando nos fuimos no había ese clima deportivo” mencionó el atleta local.
El recorrido de una pasión
“Fuimos cinco los que desde Mar del Plata viajamos hasta Paraná, que era la sede del softball, y donde llego la antorcha.” Así recordó Páez la primera parada de su viaje, el pebetero se encendió en el río entrerriano honrando el espíritu y los valores olímpicos. Curiosos ante la situación, aumentaba el número de argentinos que empezaban a seguir el relevo, esté representaba la unión de todas las provincias en una sola delegación. “Después estuvimos en Rosario, ahí nos recibieron las autoridades, pasamos por La Plata también, fuimos a Buenos Aires, y estuvimos en el CeNARD que era sede de algunos deportes y después el recorrido siguió por toda la ruta 2, pasamos por Miramar y los hoteles de Chapadmalal, donde se quedaban los deportistas”, afirmó José, al mismo tiempo reconoció que además de cumplir con su deber al escoltar la antorcha, aquella oportunidad le dio la posibilidad de conocer los referentes turísticos y deportivos del país.
Al regresar a su hogar, le esperaba un panorama diferente al que recordaba antes de emprender el viaje. “Cuando volvimos, no se hablaba de otra cosa que no fueran los Juegos” comentó José. Este cambio en el interés de las personas se debía principalmente a la llegada de los atletas extranjeros y los representantes del Comité Olímpico Internacional. Además de la ansiada llama panamericana, que concluyó su recorrido desplazándose entre las calles de Mar del Plata, hasta acabar el último tramo en dirección al Parque de los Deportes.
Escoltando la antorcha detrás de los deportistas olímpicos, la pasión por el deporte alumbraba el corazón del corredor. A medida que transcurrían las horas del relevo más memorable de su vida, la adrenalina continuaba intacta en el cuerpo de José, se movía por instinto, por la necesidad de transmitir la misma dedicación que representaba la llama que tenía delante de sus ojos. Las personas de todas las edades formaban filas en los cordones de las veredas, resonaban los aplausos por las extensas calles, acompañados de gritos de ánimo eufóricos por parte de los marplatenses que detenían su rutia caótica para oír el eco de las zapatillas del fondista trotando cuadra tras cuadra por la ciudad anfitriona.
Cuando el sol se ocultó, la llama perduraba, iluminaba el Estadio José María Minella. Durante los últimos metros, los relevistas, entre ellos el joven de 27 años, se colocaban detrás de la larga fila de la delegación argentina que se encontraba allí presente. Finalmente, la antorcha llego a las manos de la patinadora Nora Vega, quien fue la encargada de encender el pebetero Panamericano en aquella memorable noche del 11 de marzo durante la apertura de los Juegos Panamericanos Mar del Plata 1995, cerrando el viaje de esfuerzo, constancia y pasión que había comenzado semanas atrás José.
Dos semanas de fiesta internacional
Por un instante, los problemas económicos como consecuencia de la baja temporada, parecían quedar relegados a segundo plano. Los diarios de los demás países americanos se llenaban con titulares sobre Mar del Plata y el clásico medallero Panamericano que se podía observar impregnado a un costado en la sección deportiva. Lo que pasaba en Argentina estaba en la boca del mundo y Mar del Plata fue denominado como el “epicentro” deportivo en aquel entonces. Conmocionado por la nostalgia, José recordó el espíritu olímpico que se esparcía por la calle esos días, “Durante los Juegos había deporte todo el día, los medios ayudaban mucho, daban suplementos todos los días con los resultados, en los programas de televisión solo se hablaba de eso, sobre todo cuando había algún argentino o jugaba alguna selección. Era una verdadera fiesta.”
A pesar de que la llama había llegado a su destino, el trabajo de José no había concluido dentro del movimiento olímpico, al contrario, solamente acababa de iniciar. Mientras sucedían las siguientes semanas de competencias, el marplatense cumplió el rol de ser voluntario en la pista de atletismo, entrando en contacto con los atletas, ayudando en cuestiones organizativas de un sitio que conocía de memoria, ya que, desde los 14 años, su vida se centraba en las pruebas de fondo, representando a la ciudad en torneos locales y provinciales. Algo que unos años más tarde, lo ayudaría a tener la oportunidad de dejar su huella dentro de lo que sería un hito histórico para el país.
El legado persiste
Los Juegos Panamericanos no fueron solamente una esperanza y una escapatoria para la ciudad en épocas difíciles, sino que también, se volvieron un acontecimiento que quedaría marcado en la historia olímpica Argentina. Contribuyo al futuro de Mar del Plata, se renovaron los escenarios deportivos con nuevas canchas, piscinas y pistas que hasta la actualidad continuarían siendo fundamentales para el deporte marplatense, “Luego de los Juegos, pasamos a entrenar en la pista que se había usado para el evento” menciona José, quien en ese momento formaba parte del equipo de atletismo universitario.“Para el primer aniversario nos convocaron a hacer una pequeña recorrida para replicar la llegada de la llama a la ciudad, después, en los aniversarios importantes como este de los treinta años, siempre nos llaman para dar charlas conmemorativas.” La memoria es fundamental para que un evento trascienda en el tiempo y José Páez mantiene sus recuerdos vivos para traer al presente lo que fue ser parte de un evento de tal magnitud. Impulsado por la nostalgia, hoy en día, su contribución al recordar los Juegos Panamericanos representa a los 10,000 voluntarios que ayudaron a volver realidad la previa a los Juegos Olímpicos Atlanta 1996.
El Ciclo Olímpico es más que solamente competencias, este se alimenta de las experiencias de todos aquellos organizadores, voluntarios, periodistas y relevistas, que, al igual que el marplatense, dejaron su granito de arena dentro del movimiento, e incluso tras treinta años, en cada 11 de marzo, se celebra el fuego panamericano en su máximo esplendor y de esta manera, los principales referentes de lo que fueron los Juegos Panamericanos, siguen demostrando su valor y además de mostrar la manera en la que el deporte puede unir vidas y que ese sentimiento de unidad sea trasferido a las futuras generaciones.“
Para el primer aniversario nos convocaron a hacer una pequeña recorrida para replicar la llegada de la llama a la ciudad, después, en los aniversarios importantes como este de los treinta años, siempre nos llaman para dar charlas conmemorativas.” La memoria es fundamental para que un evento trascienda en el tiempo y José Páez mantiene sus recuerdos vivos para traer al presente lo que fue ser parte de un evento de tal magnitud. Impulsado por la nostalgia, hoy en día, su contribución al recordar los Juegos Panamericanos representa a los 10,000 voluntarios que ayudaron a volver realidad la previa a los Juegos Olímpicos Atlanta 1996.
El Ciclo Olímpico es más que solamente competencias, este se alimenta de las experiencias de todos aquellos organizadores, voluntarios, periodistas y relevistas, que, al igual que el marplatense, dejaron su granito de arena dentro del movimiento, e incluso tras treinta años, en cada 11 de marzo, se celebra el fuego panamericano en su máximo esplendor y de esta manera, los principales referentes de lo que fueron los Juegos Panamericanos, siguen demostrando su valor y además de mostrar la manera en la que el deporte puede unir vidas y que ese sentimiento de unidad sea trasferido a las futuras generaciones.
«Historias Minimas» – Giuliana Safont
