Tuve coronavirus

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Un relato en primera persona sobre cómo el virus castiga cuerpo y mente. Aburrida, en una habitación mal iluminada, contando los días. Y los síntomas.

por Azul Belén Paci Palmas

Mi viejo es grande, fuma dos atados de puchos por día, tiene esclerosis múltiple y diabetes. Aun así, me dijo que aceptara cuando me ofrecieron trabajo en medio de la pandemia.


Estaba por entrar a la guardia. No había camillas, pero sí fiscales, policías, bomberos, boletines y demás cosas que ocurren antes de que chicos y borrachos dejen la cama. Era sábado. El viernes es un día movido. A veces no, pero, por suerte para mí, había sido un mes muy injusto. Tenía varias notas en pendientes que me permitirían estar tranquila por un rato, y eso hacía, hasta que me llamó él.
— Azul. ¿Cómo estás? Una de las chicas del turno tarde nos acaba de confirmar que tiene coronavirus.
De repente, me convertí en un contacto estrecho. Me quedé muda. No podía pensar. Contacto estrecho. Esas palabras resonaban en mi cabeza y me sacaban el aire. Si yo lo era, también muchos otros. Una de las pocas certezas sobre el virus era que se esparcía con facilidad. Papá, mamá. Bueno, por lo menos no me gustan los abrazos ¿Y la cadena de contagios? A mis hermanas sí. Papá, mamá.


El aire entraba y salía de mi boca y nariz con facilidad, no tenía fiebre y la cabeza dolía igual que siempre. Una segunda certeza sobre el virus era que había portadores asintomáticos y existía la posibilidad de que fuera uno.
“Para estar tranquilos”, dijo mi viejo mientras íbamos camino al hisopado. Fuimos solo nosotros, el contacto estrecho y la persona de riesgo, a partir de ahí, veíamos. La fila, como todas desde marzo, era en la calle. Estuvimos un rato largo. El traje blanco del enfermero cambiaba cada vez que alguien salía. Me preguntaba cuántos tiraban por día y qué pasaba con toda esa basura cuando nos llamó.


Entramos juntos. En el laboratorio asumieron que si uno tenía, también el otro. Barbijo mediante, lo miré con terror ante la pregunta de quién iba primero y, sin hablar, entendió que yo no. Me provocó ternura como los papás son todavía más papás cuando tienen miedo. Fumador, tenía las vías respiratorias afectadas y sabía que el algodón no iba a tener piedad con su nariz.


Con una lágrima que atravesaba su barba me dijo: “Pero por favor ¡Qué horrible!” y le agradecí la motivación. El enfermero se rió. La peor parte del hisopado es que no es uno, sino dos. Mientras el primero salía y raspaba como una lengua de gato, me recordó que no se puede toser. Claro, pobre tipo. Aunque la garganta me picaba, me contuve.


La confirmación llegó por mail tres días después. Cuando me di cuenta, estaba tirada de rodillas en el piso frío de la cocina. El viejo había dado negativo. Nadie lo podía creer. Un solo positivo en una casa de ocho. Mientras preparaba mi cuarto para pasar los catorce días de aislamiento, mi familia celebraba todas las veces que habían lavado las compras, que habían evitado un abrazo, que se habían cuidado, y yo también.
Nos hacía gracia la comida y los ibuprofenos en la puerta. Mamá decía que parecía un preso. Aproveché ese tiempo para acomodar las cosas de la mudanza, tenía mucho por hacer. Con Macarena, mi hermana, habíamos firmado contrato pocos días antes de la noticia.
Me mantenía tranquila. Aburrida también. El olfato y el apetito seguían ahí, pero nunca había tenido tanto sueño. No podía leer, ni estudiar. Las pantallas me hacían doler la cabeza. Como todavía no tenía temperatura, ni tos, desde el SAME me indicaron que las molestias podían ser consecuencia del encierro, de la iluminación, que era mala, y del sedentarismo. Aunque todavía no había sido incluido como síntoma, el dolor muscular me partía al medio.

Los libros se apilaban sobre la mesa de luz.


Cuando llegué a la repisa de arriba ya no podía leer los títulos en las tapas. Me senté y advertí que me faltaba el aire. De repente, el polvo no me permitía respirar y me venían imágenes del puff rosa que usaba en el primario. Igual que en ese entonces, cada vez respiraba menos. También recordé cuando Graciela me enseñó que para desacelerar un ataque de ansiedad hay que concentrarse en la respiración, con la panza. Enseguida mejoré.


Faltaban cinco días para que me dieran el alta y era necesario permanecer al menos 48 hs sin síntomas para recibirla. El episodio frente a Contra la interpretación me preocupó, pero no volvió a repetirse. Ya no tenía ropa limpia que ponerme cuando se comunicaron desde la Secretaría de Salud.


— ¡Buenas tardes! Le hablo del Centro de Atención al Vecino para saber cómo se sentía y si había presentado algún síntoma desde la última vez que hablamos.
Había pasado más de una semana desde el día en que llamé al 147 para saber qué hacer frente al resultado del hisopado. Le conté las novedades y ambas nos sorprendimos por la ausencia de fiebre. Intenté disimular. Mi compañera de trabajo, quien usaba la misma computadora que yo y dio comienzo al brote en la redacción, me había comentado que el camino hacia el alta estaba comprendido por dos llamadas. La segunda llegó al poco tiempo.


Volvimos a compartir la mesa tres días después. Antes de eso todavía tenía miedo. No me animaba a sacarme el barbijo, ni a cruzar el límite de mi puerta, que por dos semanas fue sinónimo de cuidar la salud de mis papás. Me parecía raro tomarme un colectivo sin que me haya visto un médico. El riesgo me parecía inminente, aunque, en realidad, siempre lo fue.

El parte médico, un recuerdo científico.




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