“Toda mi vida fui despreciada y nunca supe por qué”

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Nota finalista del concurso literario «Histórias Mínimas» en DeporTEA Mar del Plata

Por: Nicolás A. Ronchi – 1° Año DeporTEA Mar del Plata

Los 74 años de la marplatense Hilda Artola estuvieron marcados por la tragedia y el abandono. Sin madre, un padre preso que al salir trabajaba con prostitutas, criada en un Patronato en Balcarce, donde fue castigada física y psicológicamente. Una luchadora, que superó todos esos obstáculos, y salió adelante.

Hilda Martina Artola, nacida en Mar del Plata el 9 de marzo de 1947 vivió parte de su adolescencia en un Patronato ubicado en la ciudad de Balcarce, ya que prácticamente no conoció a su madre. “Mi primer recuerdo es cuando ella se fue. Tenía tres años y ella dieciocho, estaba embarazada y repetía que me estaba rescatando de alguien. Me acuerdo que estábamos escapando de la policía, nos buscaban con linternas hasta que nos encontraron y me llevaron con mi papá, pero sin ella, había desaparecido y nunca volvió por mí”, comenzó a contar la historia de su vida.

Y continuó: “Mis dos hermanos y yo, vivíamos con mi padre, mi tía y mi padrino en una casa por Parque Camet. Después, a mis siete años, fui a vivir sola a Balcarce para trabajar de sirvienta y al año ingresé a un patronato con mi hermano, que tenía seis años. El más chico se fue a vivir con otra familia”.

¿Por qué fueron al Patronato y no se quedaron con tu papá?

Mi papá fue preso porque había matado a una persona. Me lo contó a mí porque era la mayor de los tres, y me dijo que había sido en defensa propia, pero no supe nada más. Entonces nos llevó al patronato. Recuerdo que me dijo `ahora vengo´, y apareció cinco años después, cuando lo liberaron.

¿Cómo fue tu paso por allí?

Malo, malísimo. Nos pegaban demasiado, con cinturones anchos que te dejaban las piernas negras. Y hasta llegaron a cometer violaciones. Ellos decían que nos portábamos mal, pero no era así, era un adoctrinamiento. Aunque no solo te golpeaban, tenían miles de maneras para maltratarte. Te cortaban con un cuchillo, yo tengo una cicatriz en la mano, o en ocasiones ponían maíz en el suelo y nos obligaban a arrodillarnos mirando la pared por horas. Y nadie se rebelaba, éramos chicos. A mi hermano, porque se hacía pis en la cama del miedo, lo colgaban de una pierna de la rama de un árbol como castigo.

¿Alguna vez pudieron contar lo que vivieron en el orfanato?

No, porque mi hermano se cerró, se transformó en una tumba y no quiso contar nada. Aun así, logró formar una familia y prosperar. Yo únicamente le conté cosas a mis hijas, pero nunca me detuve a pensar, siempre miré para adelante.

¿Qué hiciste cuando saliste del patronato? ¿Formaste una familia?

Anduve de un lado para el otro. Fui a Buenos Aires para trabajar como sirvienta y luego de dos meses pedí volver a Mar del Plata porque era insoportable, y acá en la ciudad seguí haciendo lo mismo. Pero nunca tuve un hogar, iba de casa en casa y vivía como podía. Tuve momentos en los que me quedaba en casa de mi padre, no mucho porque él trabajaba con prostitutas y yo dormía con él, al lado suyo la señorita y yo a los pies.

Formé recién una familia cuando conocí a mi marido, a mis diecinueve años. Su papá y el mío eran amigos. Un día nos presentaron y fue amor a primera vista. Nos casamos, tuvimos cuatro hijos y vivimos juntos hasta que falleció a los 46 años por un paro cardíaco. Él ayudaba a todo el mundo, le dio de comer a más de uno y cada vez que podía, daba una mano.

¿Cómo hiciste para superar su muerte?

Nunca hice el duelo y no pude superarlo. Nunca me di cuenta, sólo seguí para adelante sin mirar atrás. Así como había hecho en la época del patronato y sí, fue complicado. Cuidaba a los chicos y trabajaba en casa, había muchísimas cosas que no sabía hacer y tuve que ir a buscar un trabajo. Así fue que comencé a trabajar en un hotel y después de la jornada, iba a un segundo trabajo donde cosía camisas. Hacía todo caminando, tampoco sabía manejar y la noche anterior dejaba la comida preparada para que almuercen mis hijas y vayan a la escuela.  En el taller me dormía, mi cuerpo no daba más.

¿Les alcanzaba la plata para vivir con los dos trabajos?

No, eran muy mal pagos. De hecho, muchas veces no cenaba porque no era suficiente. Las nenas me decían: `comé, má´. Y yo les respondía que no tenía hambre, pero era mentira, sólo había tomado un mate cocido. Me acuerdo que una vez estuvieron quince días comiendo arroz hervido, no había otra cosa. Hacía tantas cosas que no paraba un segundo para pensar en que mi marido había muerto, únicamente pensaba en las chicas.

Con el tiempo, ¿lograron acomodarse económicamente?

Sí, pero cuando todo marchaba mejor, tres años después, falleció mi hijo. Él tenía 22 años, iba en la moto y a un hombre se le frenó el auto porque tenía el embrague roto, entonces se estampó con él y al quebrarse una costilla, se le incrustó en el pulmón. Fue muy triste, pero seguí trabajando limpiando casas y, es el día de hoy que estoy muy orgullosa de mí misma. Todo me lo gané yo, nadie me dio nada.

¿Te acostumbraste a eso?

Tuve que hacerlo, fui criada así. Cuando era chica, para mis cumpleaños me regalaban algo y me decían: `tomá, pero no te lo merecés´. Y después de las doce me sacaban el regalo. Toda mi vida fue de esa manera, una constante lucha. La vida te da y te saca.

Con el tiempo, después de que la Municipalidad nos haya sacado la casa donde vivíamos y quedar en la calle, vivimos en una casa en el campo de un amigo, y tras todas las circunstancias que te comenté, pude comprarle una casa a mi hija y otra para mí, que está a nombre de la más chica.

¿Por qué crees que pudiste progresar a pesar de todos los obstáculos que tuviste que atravesar?

Porque enfrento la vida, no me estanco y creo que el “no”, no existe. El “no se puede”, tampoco. Yo me caí mil veces en un pozo negro y nunca creí en que no iba a poder salir, siempre lo hice y antes que nada, intentaba de ayudar al otro. Así y todo, me pagaron con un “palazo” en la cabeza. No espero que me pongan una alfombra roja para poder pasar, lo único con lo que sueño es que me agradezcan, y ni eso hacen. Toda mi vida fui despreciada y nunca supe por qué, esa es la pregunta que más seguido pasa por mi cabeza. Hoy en día, mi cuerpo me duele muchísimo, pero todavía sigo peleando. El hecho de hacer tanto por los demás, me enseñó a no ser tan empática y a decir que no.

¿Qué consejo te gustaría dar?

Me gustaría decirles que sean caritativos, humildes, y que abracen a sus hijos y a sus padres. Yo nunca pude abrazar a mi mamá, y el recuerdo que mantengo de ella no es muy lindo. Nunca supe lo que es una madre. Además, por sobre todo, les aconsejo que no sean rencorosos y sepan perdonar.




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