Un paseo por las nubes… La Quebrada de Humahuaca

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Por Martín Cassanovas

No recuerdo haber viajado a un destino con la sensación de… finalmente allá vamos! como la que sentí cuando encaramos ese recorrido por el Norte, hace unos cuantos años.

 

 

Quizás por haber sido un lugar de repente tan obvio, y misteriosamente tan postergado, o quizás por el momento que estaba pasando en mi vida, transitar ese dominio de los elementos fue como un tomar un bálsamo reconstructor del alma. Cada etapa, subiendo en el mapa por la noble Córdoba, el Tucumán histórico, donde el monte se hace selva para llegar a los horizontes verdes de Salta, y de allí a Jujuy de piedra y arcilla, merecen un propio capítulo, por su diversidad ínsita, pero la cereza del postre desde siempre había sido ese páramo que pensábamos detenido en el tiempo donde el cielo se toca casi con las manos.

 

 

 

 

 

Entramos a la Quebrada desde Jujuy,a partir de donde los yungas de Salta comienzan a desaparecer y el paisaje se hace yermo. Recorrimos la ruta, con el Río Grande siempre a nuestra derecha, las montañas silenciosas y las nubes bajas del altiplano moviendose a contramano por el viento seco que soplaba desde los salares de Bolivia. El horizonte se erizaba de cardones jurásicos que parecían descender de los cerros con pasos imperceptibles.

 

 

 

 

Casi oyendo la música de los erkes, llegamos a Purmamarca, enclavada en un pequeño valle al pie del Cerro de los Siete Colores. Antiguo pueblo precolombino, que representa hoy día la quintaesencia del poblado quebradeño, con su simpleza minimalista y su calma atemporal. Recorrimos las calles flanqueadas de edificios de adobe, tiendas regionales y antiguas residencias convertidas en hoteles boutique. Llegamos al mercado de la plaza central, atiborrado de artesanías locales y aguayos de todos los colores posibles, unos minutos antes de que cerrara por la siesta, y como si fuera una obviedad, las mercaderías abigarradas fueran escondidas de nuestros ojos por lonas descoloridas. Visitamos su iglesia, de 1648, que custodia pinturas de la escuela cuzqueña en una atmósfera de oscuridad, velas e incienso. Pero el recorrido no estaría completo sin subir a un promontorio desde donde se ven todos los techos planos de este pueblo de terracota, enmarcados por las diagonales de arcilla del mítico Cerro de postal, las que convergen en un horizonte cercano como un punto de fuga natural.

 

 

 

Seguimos subiendo hasta llegar a Tilcara, el poblado que nos pareció mas amigable de la Quebrada, con muchas de sus casas transformadas en cafés andinos, restaurantes peña y hoteles de diseño. Otro lugar donde el tiempo pasaba lentamente, sea que tomáramos mate mirando el horizonte violáceo desde el Pucará reconstruido, camináramos por sus plazas observando la artesanía más original o buscáramos en las tiendas el diseño mas perfecto en lana de llama. Tilcara te hace sentir definitivamente de allí, y se hace inolvidable en el sabor de algún tamal o pastel que te hayan servido en un bar pintado de colores, en el perfume de los yuyos y las aromáticas que crujen bajo nuestros pies a cada paso y en los colores imposibles de sus atardeceres gastados.

 

 

 

A medida que vamos recorriendo el camino hacia el Norte, los pueblos van perdiendo la impronta criolla y se van adquiriendo una identidad mucho mas local. Enclavada en el centro mismo de la Quebrada, Humahuaca es muy representativa de ese Norte centenario y mestizo, que no olvida su orígen de posta en el Camino Real que llevaba a la ciudad imperial de Cusco. Paseando por sus calles, uno se cree más perdido en un poblado del Collasuyo, que en una provincia argentinas por más que lo asevere el gps, mientras los transeúntes nos miran como si los equivocados de tiempo y espacio fuéramos nosotros.

 

 

 

 

Desde Humahuaca se llega a Iruya por una ruta vacilante y accidentada. Iruya es un poblado bastante aislado, enclavado en ese ambiente de transición entre el Altiplano seco y la selva subtropical, que es el yunga salteño. Para hacer el viaje mas genuino, tomamos un colectivo local, que salió antes de que rompiera el amanecer, de la terminal de Humahuaca. Luego de recorrer caracoles de vértigo y vadear un par de riachos, apareció su clásica imágen con la inconfundible iglesia de techo azul, colgando peligrosamente de los cañadones de arenisca desprovistos de toda proporción. Es un lugar como ningún otro, donde todas las calles suben o bajan hasta la pequeña plaza donde esta su sencilla iglesia, y en cada esquina se aprecia una vista diferente del imposible paisaje circundante. Aquí los jardines ya no son de cactáceas, sino que comienzan a aparecer las plantas  osadas y fuera de quicio de la selva virgen, que se adivina a lo lejos y se extiende hacia donde ya no hay caminos. Iruya es una especie de última frontera hacia el este cubierto por un manto verde.

 

 

 

Subimos hasta el cementerio local, en su punto mas alto, junto al cual hay un hotel modernísimo, que no alcanza a compensar el sincretismo de las flores de plástico con las que se señalan los pequeños lugares de recuerdo de las personas que ya no están. Desde allí, se puede contemplar en entramado surrealista de paisajes superpuestos donde se confunden las dimensiones y los colores, en un silencio de maravilla natural. En la Quebrada hay muchas mas cosas de las que puedas ver en un par de semanas.

 

 

 

 

Ya acercándonos al límite con Bolivia, luego de parar demasiadas veces para fotografiar llamas y alpacas curiosas, llegamos al marquesado de Yaví, un bucólico pueblito de adobe, con riguroso trazado colonial, que rodea la casona solariega que fuera el hogar del Marqués y su esposa, y hoy es un ordenado museo. Yaví es un pequeño oasis de verdor entre los ocres del Norte, que recuerda mas a las sierras de Córdoba que a los monocromáticos paisajes de la Quebrada. Recuerdo que tomamos la merienda en un hostel emplazado en otra casona antigua reciclada, rodeados de misteriosos viajeros europeos solitarios que sonreían mientras hablaban a través de skype con gente a un mundo de distancia.

 

 

 

Siempre subiendo, pero unos kilómetros más al noroeste, cruzando a pie un puente peatonal, bajo la atenta mirada de gendarmes argentinos y policías bolivianos, experimentamos un poco de la cultura transandina pasando un día en la ajetreada Villazón. Recorrimos esas calles atestadas de negocios donde se puede comprar de todo o practicamente nada, para conseguir los aguayos y cerámicas con los que nos habíamos encaprichado, a precios tirados. Almorzamos en un restaurant típico, regando un pollo bastante seco y una ensalada sin aceite, con gaseosas no identificadas, rodeados de cholas con sombreritos bombines; y antes de que se rompiera el encantamiento, regresamos por el mismo puente por donde habíamos venido.

 

 

 

Luego de un día de descanso con el mate y bajo las parras, en la paz de Tilcara, emprendimos la triste vuelta. La Quebrada nos escoltó con un ejército de nubes bajas que rozaban la ruta brillante de humedad en la mañana, como mostrándonos sus últimos prodigios.

 

 

 

 Recomendaciones:

  • El recorrido descripto es muy básico y se presenta como una alternativa de mínima. En la provincia de Jujuy existen innumerables pueblos y accidentes naturales que visitar: salinas, lagunas con flamencos, pasos de montaña, etc. dependiendo la amplitud de los medios conque uno cuente y del tiempo del que se disponga.

 

 

  • La hotelería varía desde lo más básico hasta establecimientos dignos de la Revista Lugares, como el Hostal Huacalera, la hostería Manantial del Silencio en Purmamarca o directamente, antes de entrar en la Quebrada, el Hotel Termas de Reyes, absolutamente recomendable para aclimatarse y reponer fuerzas antes o después de hacer el trayecto. En cuanto a gastronomía, hacen punta Purmamarca y Tilcara en cuanto a una fusión de cocina andina y criolla; los restaurantes son muy originales, algunos con detalles cuidados hasta lo obsesivo, haciendo que uno se vaya con la sensación de no haber podido probarlo todo. Ya más hacia el Norte, la cocina es típicamente andina, siendo común que se pueda almorzar en casas abiertas que cocinan para los viajeros, lo cual es toda una experiencia en sí misma, y es casi la regla en lugares como Iruya.

 

 

 

  • La zona tiene el encanto de lo simple y eso se nota sobre todo en su gente, tan amable entre sí y también con el turista. Todo el tiempo se experimenta una sensación de seguridad, tanto que un deleite era salir a caminar de noche por las calles desiertas de Tilcara, con las casas y los frentes de las iglesias iluminadas con la luz amarilla de los faroles.   Verdaderamente, la Quebrada de Humahuaca es un recorrido interesantísimo, y agradable hasta lo inolvidable.

 



Martín Casanovas

Fotógrafo. Historias de principios del siglo, documentadas fotográficamente... @martincasanovas https://www.facebook.com/martinmcasanovas/


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