PABLO FRANCISCO GALAY: «EL FÚTBOL ES LO MÁS LINDO QUE HAY, MI VIDA FUE EL FÚTBOL»

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El exfutbolista dolorense repasa su vida marcada por el deporte y por la promesa de volver al club que lo formó.

Cuánto tiempo pasó ya desde la última vez que pisó una cancha como jugador, años pasaron de esa última vez, y pensar que lo dejó a los 43 años porque un día le dió vergüenza entregar la libreta de enrolamiento para poder jugar. Ya no es el 9 que se cansó de hacer goles, o ese wing por derecha que le tiraba centros a Norberto Eresuma. Hoy es el profe Quito, el director de la escuela de fútbol en Ferrocarril Oeste de Dolores, el club de su vida, al que le prometió volver para retirarse y así lo hizo. Los años pasaron, los pelos perdieron su color y se volvieron blancos, pero él jamás dejó de ser Quito, apodo que se derivó de su abuelo Paco y su papá Paquito. Ahora lo saludan en la calle y es una persona muy querida y reconocida en Dolores que a veces cuenta algo de su historia en algún negocio.

 Hoy está tranquilo, en el living de su casa, con la camiseta verde de Ferro, y mientras mira el partido del Real Madrid frente al Mónaco, las imágenes de esos jugadores lo trasladan a su infancia. A esa vez cuando tenía 11 años y empezó a jugar en Los Pirinchos, uno de esos típicos clubes que se arman con gente del barrio para jugar contra otros, “Éramos todos gente humilde que habíamos hecho un equipito, pero que era muy bueno. Hacíamos partidos amistosos y era normal jugar barrio contra barrio, había una pica, como quien dice, entre uno y otro”, recuerda.

 A Ferro llegó a los 12 y empezó a jugar en primera con solo 14 años, “Yo debuté en primera en Ferro cuando fuimos a jugar de visitante contra Deportivo Castelli”, comentó. También recuerda el respeto que antes le tenían los chicos a los adultos, “Entré al vestuario, me dieron la camiseta, el pantalón, las medias  y como me dio vergüenza me fui afuera del vestuario”, cuenta. Y agrega: “Los grandes, que eran jugadores que venían de Buenos Aires me fueron a buscar, me agarraron de la oreja y me dicen: ‘Vení, te sentas acá con nosotros y te cambias con nosotros’. Imagínate, ¿qué les voy a decir?”.

 En Ferro estuvo poco tiempo, porque gracias al juez Toscano consiguió una prueba en Estudiantes de La Plata, “Hice uno o dos goles en el entrenamiento y enseguida me ficharon”, recuerda Galay. Y con 15 años dejó Dolores, aunque pasar a La Plata no fue fácil, él comenta: “Me costó mucho, lloré muchas veces, miraba las valijas y decía me vuelvo a Dolores, no quiero estar más acá. Y mirá que estaba en una pensión que era espectacular, la dueña era como una segunda madre, nos cuidaba, nos daba de comer y nos limpiaba la habitación. Era como si fuéramos hijos de ella”. Y agrega: “Aguanté siete años, pero tenía un objetivo, que era llegar a jugar en primera”.

 En estos años en La Plata aprendió los valores que hoy le enseña a los chicos, “El orden, el respeto y la disciplina, algo fundamental en el ser humano”, comenta.

 Pese a los goles en inferiores, donde llegó a hacer 43 en un campeonato de tercera, en primera solo jugó la mitad de 1971 y todo el año 1972, aunque esto no le impidió convertir, Galay cuenta: “En primera división habré hecho 14, 15 goles. Hice goles en La Bombonera, en la cancha de Estudiantes, en la de Racing…”. Y con un tono más nostálgico agrega: “El fútbol es lo más lindo que hay, mi vida fue el fútbol”.

 Aunque en 1973 el técnico, Carlos Salvador Bilardo, le recomendó ir a jugar a los Andes en Primera B para tomar experiencia y volver al año siguiente, “Fui cuatro meses y me pagaron uno. Tiré las bolsas adentro del auto, me vine a Dolores y me quedé acá. Y al otro año fui a buscar el pase”, recuerda. Y si bien Bilardo le recomendó ir a Quilmes, él no quiso y desembarcó en Mar del Plata, primero en San Lorenzo y luego pasó a otros equipos de la ciudad y de la zona para jugar el Torneo Nacional y el Torneo Regional. Aunque él lamentó irse de Estudiantes, ya que le hubiera gustado seguir en Buenos Aires, “Yo me equivoqué porque no tendría que haber salido de lo que es el fútbol profesional, porque Mar de Plata era semiprofesional, no tenía nada que ver”, explica.

 A pesar de que parecía gris el panorama, Mar del Plata era como Dolores en grande o así lo describió Galay, acá vivió sus mejores años, llegó a ser sparring de la Selección Argentina e incluso una vez después de un partido cambió camisetas con Maradona. En este tiempo dejó de ser 9 y pasó a ser wing derecho, porque en su posición estaba otro goleador, Norberto Eresuma, quien no solo fue un socio en la cancha, sino que se volvió un gran amigo para él y recordarlo lo hizo emocionar.

 Pasó el tiempo, dejó Mar del Plata y jugó en Ever Ready (Dolores), pero tenía algo pendiente, en un mundo donde las promesas parecen volverse vacías, aquel chico que prometió volver antes de irse a La Plata cumplió su palabra, volvió a Ferro. A sus 43, en los últimos destellos como futbolista, antes de jugar tenía que firmar una planilla, y mientras todos iban con su cédula de identidad, Quito iba con su libreta de enrolamiento, él cuenta: “Los referí se reían cuando veían la libreta y decían: ‘¿Cuántos años tiene, Quito?’. Me dio vergüenza un día y digo no juego más”.

 Galay se ganó el cariño de la gente con el fútbol y con esos valores que aprendió en La Plata, los mismos que hoy trata de inculcarle a los chicos, para que no solo aprendan a pegarle a una pelota, porque cómo él dice: “Primero el estudio, después el fútbol”. Y usa de ejemplo su situación, ya que dejó la escuela en segundo año del industrial para jugar a la pelota, “No logré lo que más quería que era ganar plata. Y si yo hubiese estudiado estaría ganando plata”, comenta. Puede que tal vez en el fondo algo lamente esta situación, pero el cariño de la gente funciona como una caricia al alma. 

 Porque ya habrá pasado el tiempo y atrás quedó ese último día como jugador,  ahora como técnico el rol es distinto, pero el cariño siempre es el mismo, hoy disfruta de ese reconocimiento, “Camino por la calle y escucho ‘Chau profe’‘¿Qué haces profe?’. Y ahí te das cuenta del cariño de la gente, por eso digo que el fútbol es lo más lindo que hay. Pero nunca te sientas más que nadie, porque así como te caes, te pasan por arriba todos”.

Por Santiago Oroná

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