Mi papá, el mismo pero diferente

105

Después de más de 40 años como vendedor de seguros, la pandemia obligó a Guillermo a adaptarse a la modalidad home office. La nueva vida de un hombre que se define antiguo.

por Rocío Serra

Guillermo se levanta a las nueve como todas las mañanas, se prepara el mate y se dirige a su escritorio. Abre el mail, la casilla está repleta de trabajo. El ruido de las teclas se escucha en su departamento y no para hasta pasadas las 17.


Así, desde marzo: un bucle denso. Como la incertidumbre.
¿Quién diría que un hombre de 72 años podría adaptarse a una situación de tal magnitud? Y más aún, llevarse tan bien con la virtualidad, de tal manera que no solo se acostumbró a llevar adelante el conocido “home office”, sino que aprendió a convivir con gente que no comparte su lugar habitual de trabajo, lo cual para muchos supone un problema.
Al principio le costó adaptarse a compartir el espacio de trabajo con su mujer, que debió trasladarse al living de la casa después de verse obligada a cerrar su local de ropa. Con el correr de los meses, aprendieron a convivir laboralmente.


Lo único que podría suponer una dificultad es no contar con sus compañeros de trabajo, ya que la delegación de tareas en la compañía es instantánea. Al tener que hacerlo a través de una pantalla, debe tener en cuenta que, tal vez, la persona del otro lado tarde en responder. En varias ocasiones, le pasó que a su secretaria se le pasen algunos mails, por lo cual tuvo que llamarla por teléfono para preguntarle que pasaba que no contestaba. Así con muchos empleados más. Si bien para Guillermo la virtualidad es una ventaja, se da cuenta que no es lo mismo sin sus compañeros de trabajo allí.


Ir al banco ya no supone un problema en su vida. Desde que aprendió a usar el Homebanking no se pasa horas haciendo cola, algo que odia con su vida, y además es un hombre sin paciencia.
Si bien la computadora, el WhatsApp y todo lo relacionado con internet lo ayudan, sigue desconfiando de las páginas de la compañía y su estabilidad virtual. En muchas ocasiones, más de las que puede contar, no pudo acceder. Como medida de precaución, imprime todas las pólizas de seguros de los clientes, en caso de que alguno necesite asesoramiento de último minuto. Se describe a sí mismo como un hombre antiguo.


Lo más sorprendente de Guillermo es cómo afronta la situación. A pesar de su edad, sigue practicando deporte como lo hizo toda su vida. Hoy su amor es el tenis. Y no hay nada que ame mas que ir al club y organizar un partido con sus amigos. Y cada jueves empieza el ritual: alarma a las nueve, mate en el escritorio y a trabajar. Pero esta vez con una sonrisa, porque sabe que, cerca del mediodía, tiene que cambiarse para ir a jugar. Ya con la ropa lista y las raquetas en el auto, se prepara para cortar la semana.
Casi siempre vuelve temprano. Si el clima acompaña le gusta quedarse a tomar un café con los muchachos, como él los llama, y charlar de la vida. Su sonrisa al volver a casa en imborrable.

Si bien es una persona que ve lo bueno en lo malo, ni el tenis puede sacar de sus pensamientos a sus hijos y nietos, principalmente los que viven en la ciudad.
Septiembre fue un mes muy triste para toda la familia, principalmente para él. Todos los años, cada primero de mes, todos se reúnen para festejar su cumpleaños. Es la fecha en la que las excusas no existen y se juntan a comer un asado. Ni en navidad logran ponerse todos de acuerdo. Y no hay nada que Guillermo ame más que la familia unida en su cumpleaños.
Si bien sus hijos le hicieron llegar videos con fotos y muchos mensajes de amor, la mañana la comenzó bajoneado. “No se siente igual”, repitió varias veces. Lo que él no se esperaba era que todos, medio organizados, medio a los apurones, se habían puesto de acuerdo para sorprenderlo. Una vez más, la virtualidad era la única heroína en este lío.

Es muy importante la armonía de Guillermo en un momento como este, tal y como dice la más chica de la familia. Entre el estrés del trabajo y la distancia con sus hijos, es difícil mantener esa positividad que lo caracteriza. Y más que nada, el cuidado de su salud.
Al ser un hombre operado del corazón, debe seguir haciéndose chequeos, a pesar de que ya hayan pasado 25 años. Por esto, debió optar por medidas más extremas a la hora de ir al médico.
Además del barbijo y el alcohol, compró unas máscaras de plástico que usa arriba del barbijo para transitar a todo lugar que vaya. Sí, está medio paranoico. Pero dice que prefiere parecer un loco a exponerse a un riesgo evitable.


La historia de su operación es graciosa y típica de él. En el consultorio del medico discutían como sería el procedimiento, qué vida tendría que llevar, etc. Cuando tocó elegir la fecha, agarró el calendario y dijo que quería operarse el día del amigo, así si no salía bien todos se acordarían de él. Por eso, cada 20 de julio cuenta la misma historia, desde hace años.
De todas formas, y a pesar de ser un recuerdo gracioso, siempre se pone serio a la hora de visitar a su cardiólogo, que lo acompañó en este largo camino. Los días previos al turno, debe tomar una pastilla extra para la presión, porque los nervios van y vienen constantemente. Al volver de las consultas, la tranquilidad en su rostro es visible.
Sigue todo bien.




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social Media Auto Publish Powered By : XYZScripts.com