Hay despedidas que uno sabe que algún día van a llegar, pero cuando finalmente aparecen, duelen mucho más de lo que imaginábamos. Y creo que eso pasa con Messi. Porque no se está despidiendo solamente un futbolista de la selección. Se está despidiendo una parte de nuestra historia, de nuestros recuerdos y de una forma de vivir el fútbol que durante tantos
años sentimos como propia. Es difícil imaginar una camiseta argentina sin pensar inmediatamente en él.
Messi estuvo presente en momentos que quedaron guardados para siempre en la memoria de millones de argentinos. Lo vimos jugar, sufrir, emocionarse, caerse y levantarse. Lo vimos representar a nuestro país en momentos en los que el fútbol parecía ser mucho más que un partido. Y quizás por eso su despedida genera una sensación tan extraña: porque mientras
él se despide de la selección, nosotros también sentimos que estamos despidiendo una etapa de nuestras propias vidas.
Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que siempre habría otra oportunidad. Otro partido, otra jugada, otra vez Messi con la pelota en los pies y esa sensación de que podía pasar algo diferente. Nos acostumbramos a esperarlo, a buscarlo y hasta a exigirle. Y quizás ahora nos toca aprender algo que nunca quisimos aceptar: que incluso los mejores tienen un límite y que también tienen derecho a decidir cuándo es suficiente. Porque Messi no nos debe nada. Al contrario, somos nosotros los que deberíamos agradecerle. No solamente por lo que hizo dentro de una cancha, sino por todo lo que nos hizo sentir. Por las alegrías, por las lágrimas, por los nervios y por esos momentos en los que un partido podía hacer que todos sintiéramos lo mismo. Eso también forma parte de su legado.
Y hay algo todavía más difícil de aceptar: detrás de Messi siempre hubo una persona. Una persona que tuvo que soportar expectativas enormes, críticas y una gran presión.
Su despedida también nos obliga a mirar hacia atrás y recordar todo lo que vivimos mientras él estuvo ahí. Porque mientras Messi crecía como futbolista, nosotros también crecíamos como personas.
Por eso duele tanto pensar que algún día vamos a mirar un partido de Argentina y él ya no va a estar. Va a faltar esa figura que durante tanto tiempo nos hizo creer que cualquier cosa podía suceder. Pero también queda algo mucho más importante: el recuerdo de haberlo visto jugar y el privilegio de haber sido contemporáneos a su fútbol.
Cuando se va Messi, también se va una parte de nosotros. Se va una parte de nuestra infancia, de nuestra adolescencia y de nuestra manera de entender el fútbol. Pero queda todo lo que nos hizo sentir. Quedan los recuerdos, las emociones y cada momento que nos regaló con la camiseta argentina. Queda para siempre el orgullo de haberlo visto jugar y de haber sido parte de su historia. No queda más que agradecerte mi capitán, sos y serás siempre de otro planeta Lionel.
Por Lucía Ponce Bazán
