Hace un tiempo no tan lejano, el Puerto de Mar del Plata no solo era una atracción turística, era un cuento que todos los años sumaba nuevos capítulos a la historia marplatence.
Durante dos semanas de cada Enero, el Puerto se transformaba en una cocina a cielo abierto bajo una carpa gigante, donde el olor al aceite muy caliente y el vapor espeso de las ollas de pastas
creaban un clima de fiesta que se sentía a varias cuadras del lugar.
Estos encuentros no nacieron de la nada, ya que son el resultado de una identidad que se unió a través de un factor en común, el trabajo. Aunque el Puerto se inauguró oficialmente en 1921, los
pescadores ya recorrían la costa muchos años antes, movilizados por las empresas francesas que se encontraban en la construcción del lugar. Los marineros, eran hombres que hablaban distintos dialectos como el italiano de las islas Ischia, Sicilia, Puglia y Sorrento que traían sus valijas y santos.
Cada colectividad quería su propia fiesta, hasta que apareció el padre Jose Dutto para darle innovación y unir a inmigrantes que a veces no se entendían entre sí, con una figura que los
representara a todos, San Salvador.
Su deseo era que las personas caminaran juntas por primera vez hacia la banquina y lograr algo histórico, crear un gremio portuario. Además, años más tarde se crearían el colegio La
Sagrada Familia y la Inmaculada Concepción, dos establecimientos que son clásicos del barrio Villa Lourdes.
La Banquina Chica, con el tiempo se estableció como un patio de juegos de la fiesta. Familias se sentaban sobre los cajones de pescado, como si fueran las butacas de un teatro hecho a mano al
borde del agua. En ese lugar, nacieron tradiciones que hoy parecen de otro mundo, como el palo enjabonado o la pesca del atún, donde los pescadores demostraban sus habilidades frente a
los turistas.
En los años 60 llegó la visibilidad, ya que en ese verano el puerto pegó el gran salto y alimentaba a media ciudad. También se sumó el concurso de belleza, pero con unos requisitos particulares:
había que ser hija de pescadores, mayores de quince y llevar en la sangre antepasados europeos.
La fiesta creció tanto que en 1979 se declaró como sede nacional y se convirtió en uno de los
destinos más elegidos por los turistas del país. Pero como pasa en alta mar, a veces las corrientes arrastran de frente. En 2020, antes de que la pandemia cambiara la vida a las
personas, la crisis económica azotó al puerto marplatense. La Sociedad de Patrones Pescadores tuvo que anunciar el cierre de la cantina.
En la actualidad varios nietos de familias que iniciaron este proyecto todavía siguen con la esperanza de poder abrir las puertas de la cantina. Tal es el caso de Natalio Salerno, nieto de
Santos Salerno, quien actualmente maneja una pescadería llamada “Riposto”, ubicada en Tripulantes del Fournier y Av. Edison, que recuerda su infancia al acompañar a su padre y abuelo al puerto a buscar pescado y participar de colectas solidarias para integrarse a la comisión de la Fiesta de los Pescadores. Además dijo: “Me lagrimean los ojos al recordar las veces que reía y me retaban por no querer volver a casa del puerto, mi familia viene de la isla de Ischia y yo me crié con costumbres italianas, también de una manera en la cual se respetaba a los padres, cosas que hoy no se notan mucho”.
Por último Natalio siempre recuerda a su abuelo como símbolo de respeto y admiración al tener que emigrar por necesidad y hoy, le agradece todo lo que le enseñaron sobre el trabajo en el pescado, ya que ese es su labor.
Por Cicuttini, Bruno- alumno tercer año.
