JOSÉ DAVID CORONEL: LA VIDA QUE EMPEZÓ A CAMBIAR FRENTE A UN CARTEL

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Un encuentro casual en el Patinódromo de Mar del Plata lo acercó a las pesas en 2009, cuando atravesaba una etapa difícil de su vida. A partir de entonces, construyó una carrera que lo llevó a representar a la Argentina en los Juegos Paralímpicos y, años después, a convertirse en entrenador de nuevas generaciones del deporte adaptado.

Por Antonella Boffo

José David Coronel iba a ver a Intoxicados, era una de esas noches en las que uno sale de su casa con un plan concreto y no imagina que pueda volver siendo otra persona.

El recital, finalmente, cambió de lugar, José había llegado al Patinódromo de Mar del Plata y allí se cruzó con Matías Natene, que en ese momento era entrenador de pesas. Natene lo invitó a probar en el gimnasio. José entró, escuchó el retumbar del metal entre los discos, hizo un rato de pesas y siguió con su vida. No sabía que ese encuentro fortuito iba a terminar cambiándole el rumbo.

En aquel momento, el deporte no estaba entre sus prioridades. Él mismo lo reconoce cuando recuerda esa etapa de sombras. “Estaba en otra”, dice. Tenía problemas con el alcohol y una cotidianeidad que, según cuenta, no tenía demasiado rumbo. La invitación de Matías quedó flotando en el aire, aunque todavía no parecía importante.

A partir de una condición física que afectó la movilidad de sus piernas y lo llevó a movilizarse en silla de ruedas, José debió comenzar una etapa de rehabilitación en el Instituto Nacional de Rehabilitación Psicofísica del Sur (INAREPS). Lejos de ser un final, su discapacidad motriz se transformaría en el punto de partida de su carrera hacia el alto rendimiento. Fue precisamente allí, entre el olor a cloro y el vapor de la pileta, donde la vieja propuesta de levantar pesas cobró un nuevo sentido

Pegado en una pared blanca estaba el mismo papel que le había mostrado Matías tiempo atrás, buscaban personas para hacer pesas. Lo reconoció. Lo pensó durante una semana en silencio. Finalmente, decidió ir. Era febrero de 2009, desde entonces no paró.

Lo que comenzó con 22 años y casi por accidente terminó convirtiéndose en una carrera deportiva que lo llevó a representar a la Argentina en competencias internacionales. Primero llegaron los entrenamientos rigurosos, después, los viajes y más tarde, las medallas y los Juegos Paralímpicos.

Pero antes de pensar en podios, José tuvo que encontrar un lugar al que pertenecer.

En el gimnasio del Patinódromo convivían levantadores de pesas y deportistas con discapacidad de distintas disciplinas. José recuerda especialmente la mística de ese ambiente, veía llegar atletas de otros lugares con sus medallas colgadas y sus historias a cuestas. Los miraba y pensaba que él también quería eso.

No tenía experiencia internacional ni grandes objetivos deportivos. Tampoco sabía hasta dónde podía llegar, pero tenía, simplemente, ganas de probar.

Los primeros viajes no fueron sencillos. El dinero era una de las principales paredes a escalar. En aquel momento no tenía un empleo formal y ayudaba a su mamá a atender el kiosco que tenían en su casa. Entrenar, sin embargo, era posible y la red humana que había encontrado hacía que valiera la pena seguir tirando de la barra.

La primera vez que viajó con la Selección Argentina fue en diciembre de 2010. El destino fue Brasil, para participar de un abierto. José hizo su competencia concentrado únicamente en sus tres intentos. Cuando terminó el último, su entrenador se le acercó al oído.

“Ganamos la dorada, ganamos la dorada”, le dijo.

José no lo podía creer.

“¿En serio? ¿En serio?”, preguntaba.

La medalla de oro fue el comienzo de un engranaje que avanzó rápido. En 2011 viajó a Jordania para buscar la clasificación a los Juegos Parapanamericanos de Guadalajara. La consiguió. Al año siguiente tuvo otra oportunidad decisiva: viajar a Dubái para intentar clasificarse a los Juegos Paralímpicos.

También lo logró.

En 2012 llegó a Londres. Habían pasado apenas unos años desde aquella tarde en la que había entrado por primera vez a un gimnasio casi por inercia. Ahora estaba vistiendo la celeste y blanca en el escenario más importante del deporte paralímpico mundial.

José describe su carrera como “bastante rápida”. Pero detrás de esa velocidad hubo horas interminables de entrenamiento, viajes, competencias y también la cara amarga de las frustraciones.

Una lesión lo tuvo durante un tiempo alejado de su mejor nivel. Lo que más le pesaba no era solamente no competir. Era saber que el cuerpo podía dar más pero la física se lo impedía.

El alto rendimiento tiene esa trastienda que no suele salir en las fotos de podio. La espera. La incertidumbre. El cuerpo que no responde. La marca que se niega a aparecer.

José aprendió a convivir con eso.

Volvió a los Juegos Paralímpicos. Después de Londres 2012, dijo presente en Río 2016. A lo largo de esos años acumuló mundiales, competencias internacionales y el temple que da la experiencia dentro del parapowerlifting.

Pero su historia no se detuvo cuando bajó del escenario como atleta.

Con el tiempo, su figura comenzó a ocupar otro espacio dentro de la Selección Argentina. Pasó a ser asistente y técnico. Estuvo al frente en los Mundiales de 2021 y 2023, en los Juegos Panamericanos de 2023 y, más recientemente, asumió el desafío como entrenador designado de la Selección Junior.

Ese cambio de rol suena natural cuando se lo escucha hablar de los deportistas a su cargo.

José conoce el trago amargo detrás de una mala competencia porque alguna vez estuvo ahí. Sabe lo que significa quedarse estancado. Sabe lo que se siente cuando el cuerpo obliga a frenar. Y sabe qué pasa por la cabeza al viajar por primera vez con la Selección esperando el veredicto del último intento.

Ahora observa ese abismo desde la otra orilla.

“Al haberlo vivido del lado del deportista, uno por ahí puede saber lo que se siente”, explica. Su camino dejó de ser solo un archivo personal y se convirtió en una caja de herramientas para acompañar a los demás.

En el INAREPS, donde comenzó una parte fundamental de su transformación, hoy trabaja conectando a nuevas personas con el deporte adaptado. Los kinesiólogos le avisan cuando detectan a alguien que podría encontrar una disciplina. Él se acerca, entabla conversación y le abre el abanico de posibilidades.

Porque muchas veces el primer obstáculo es el desconocimiento: no saber que existen esas puertas.

José insiste en que el deporte adaptado no empieza ni termina en las pesas. Puede ser natación, fútbol, bochas, atletismo o cualquier otra disciplina donde una persona encuentre su propia voz. Para él, la clave está en romper el encierro. “Te abre la cabeza”, sintetiza.

Por eso concibe al deporte como un dispositivo de inclusión social. No solo porque permite la búsqueda de una marca o una medalla, sino porque reconstruye vínculos y transforma la vida cotidiana.

Ahora centra la mirada en el día a día con los jóvenes que entrena. Entre ellos se destacan dos marplatenses con quienes se preparó para los Juegos Argentinos de Alto Rendimiento Deportivo Matías Fenoi, proyectado hacia los primeros puestos, y Nahuel Franco, enfocado en sumar sus primeras experiencias en la máxima exigencia.

José ya no solo calcula los kilos que hay en la barra, mira el lenguaje corporal de sus atletas, cómo atraviesan el estrés de la competencia, qué les pasa cuando un levantamiento es declarado nulo, qué palabra necesitan para volver a acomodarse en el banco.




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