Historias: Osvaldo “Cacho” Manfrin, el más grande

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Historias infimas para contar antes que sobrevenga el olvido – Por Julio Santella

Julio Santella: coequiper de Carlos Bianchi, como Preparador Físico en los ciclos triunfales de Velez y Boca, es marplatense. Inclusive se inició y se relacionó con Unión local. Es su gran referente. Su historia profesional comenzó en Estudiantes de La Plata y una tercera inolvidable dirigida por Miguel Ignomiriello. Después se inclinó al Profesorado de Educación Física y fue destacadisimo en la matería. También entrenó al Racing de Basile cuando ascendió a Primera.
En la actualidad, su hijo se destaca en la función.Tras superar una enfermedad complicada, ahora con 70 años, quiere dejar sentencias de vida referidas a su Unión y debido a la amistad con nosotros nos envió las crónicas.

Cargó con el peso de un apellido señero en el Lanús futbolero: su papá Federico, además de jugar durante largas campañas en la primera, fue el autor del primer gol “grana” de la era profesional, allá por el 31.

El Lanús del ’28 con el padre de Manfrin, Federico.

De jovencito empezó a trabajar en la marina mercante, donde llegó a ocupar el puesto de Capitán de barcos de diversas actividades. La llamada Dirección Nacional de Balizamiento y Navegabilidad de Canales lo tuvo dentro de sus filas. Y este trabajo fue decisivo en sus decisiones futbolísticas. Es que cuando Lanús le ofrece firmar su primer contrato profesional, por dos años de duración, (como se estilaba obligatoriamente), a razón de 300 pesos mensuales, su sueldo en la marina ya superaba algo más de los 1000 pesos.

Su papá, que era su consejero, no titubeó en asesorarlo: “no dejés el laburo Osvaldo, es un trabajo muy bueno, podes hacer carrera y tenés que pensar en tu futuro”. A partir de allí el futbol significó para Osvaldo un grato complemento para jugar, disfrutar y divertirse con él.

Sin saberlo, Unión estaba a la vuelta de la esquina. Es que, ¿dónde iba a encontrar un club que al contratarlo supiera que era muy probable que faltara algún que otro fin de semana que lo tuviera embarcado sin posibilidades de asegurar la vuelta a casa y que jugara casi sin entrenar? El club no podía ser otro que Unión. Y así comenzó a dibujarse ese romance que Cacho tejió con toda la gente del club durante cuatro años.

Manfrín era sobre todas las cosas una persona educada, respetuosa, modesta, cordial, muy cálida en el trato, con una visión optimista de la vida y donde él estaba se respiraba paz y creaba buenos ambientes a su alrededor. Y además traía de la casa una virtud innegociable: era un tipo singularmente ético. Justamente la anécdota que el diario El Atlántico publicó en una oportunidad pintaba esta faceta del personaje. Resulta que los viajeros después de jugar y antes de irse para la estación de micros pasaban por la oficina del tesorero donde cobraban un fijo por jugar, (o “el premio”, como le llamaban), más la plata de los pasajes, el de ida y el de vuelta. Y aquella vez el “Ruso” cobró lo estipulado; contó el dinero que correspondía al valor del boleto de vuelta a la Capital y se lo devolvió al dirigente diciendole: “Tomá Cordeyro, me quedo esta noche y me voy mañana con un muchacho amigo que anda con coche”. Cuando su viejo, Federico, leyó el recorte, lo abrazó…y se le cayeron lagrimones.

Pero en futbol no se puede fabricar un ídolo deportivo simplemente por que sea buena persona. Hay que demostrar algo más en el “verde césped”. Y aquel rubio, casi albino, de fisico robusto, de piernas blancas pero musculosas y potentes, con buena altura, que tenía que cuidarse en el peso, guapo como ninguno, que iba siempre al frente, con la fuerza de sus goles se fue quedando poco a poco en la retina del delicado gentío unionista. Es que la frente de su cabeza parecía atraer la pelota en el primero o segundo palo, atrás o adelante, por anticipo o por su insuperable timming. Siempre el frontal, al cual lo accionaba como un manguillo rotador para dirigir el envío. Pero, también, la certeza de su pierna izquierda, porque era zurdo, con su remate seco, no demasiado fuerte, donde los arqueros no llegan, como aquel tal Carlitos Bianchi. Y como los grandes goleadores una pierna inhábil, la derecha, que acompañaba para cerrar en gol una arremetida, un rebote, un toque final sin pérdida de tiempo.

Nada es casual. Al poco tiempo de jugar para Unión, los dirigentes le preguntaban a él si no tenía algún otro compañero o conocido que pudiera sugerir para traer, que el proyecto era salir de la B y volver a jugar los domingos. Asi fue asumiendo casi sin proponerselo su compromiso con el club. Con alegría y desinteresadamente. Y un día, él y Donnola trajeron las camisetas de rayas celestes y blancas pero a bastones “chicos” y cuello en bote que fueron sempiternas. Por primera vez Union dejaba de usar la atravesada banda celeste o las rayas anchas. (“Había en Lanús una casa de deportes grande que compraba directamente a una fábrica de Avellaneda”, recuerda hoy Manfrín).

Todos los muchachos del Sur los propuso él. Antes de los torneos, allá por marzo, se programaban cinco o seis partidos y se probaban jugadores, entre ellos los de Buenos Aires. Sin embargo llegaron jugadores que él no conocía como Cribioli. Y el “Colorado” Manfrin como muchos lo nombraban en el club, siempre dispuesto.

Tenía un sueño, como muchos jóvenes de esa época (y hoy también!!!): quería comprarse una moto, pero se le hacía imposible llegar. En eso andaba cuando San Lorenzo de Mar del Plata se acercó a la sede de la calle 9 de julio para hablar con los dirigentes por el pase del rubio. Manfrin no sabía nada, y aunque era algo que no podía prosperar porque su trabajo estaba delante de todo, a los pocos días el presidente Gáspari lo llamó y le obsequió los $ 49.000 pesos que valía la Java soñada por Cacho. “Es un regalo que no puedo aceptar presidente, pero si podemos acordar que se la iré devolviendo en cuotas”. La anécdota es que pasó poco tiempo y se pegó un palo grande y zafó de casualidad. Los consejos de todo su alrededor le hicieron abdicar la tenencia: la vendió en cómodas cuotas mensuales como las que tenía que pagar él.

El destino quiso que el comprador se matara poco tiempo después. Y el presidente de Unión dio por terminado el convenio: “Osvaldo jugá tranquilo, ya está, las cosas se dieron así, pero nosotros te podemos disfrutar

Los viajes variaban: había fines de semana que la noche anterior al partido la banda subía al primer piso para cenar antes de irse a dormir al hotel. Y era un acontecimiento que contagiaba alegría a los socios y seguidores: la frescura del grupo, su espontaneidad, hacía de su paso un jolgorio querible y entrañable.

La final por el ascenso con Huracán fue un hito inolvidable en la historia del club. Un festejo como pocos acompañó al inapelable 5 a 1 con la imagen de aquel gol donde Freddy Bonomi corre de atrás a Petrosino y ni siquiera puede pegarle, o el gol de Manfrín aún con el tobillo hecho pomada, que le duró un tiempo largo.

Para todos nosotros, los jóvenes jugadores del Unión, Manfrín y su banda eran como una cita de Borges: les queríamos copiar hasta la forma de escupir.

En el 77 vivió un año en Mar del Plata por razones de trabajo y hacía todo al reves que en sus años de jugador: de lunes a jueves dirigía las labores en el puerto para hacer navegable el canal de entrada-salida y los fines de semana volvía a casa. Muy risueño evoca el momento en el que Rulo Zampatti, a quien no había reconocido y que integraba el grupo que debía trabajar bajo su conducción, le espetó: “Ya te aguanté antes, que te tenía que marcar, que alguna patada te comiste…. pero eras bravo, eh!!! y volvías a meter; ahora después de veinte años otra vez tengo que renegar con vos… y encima hacerte caso”. Se abrazaron. Y ese año compartieron muchos momentos.

Jubilado primero, viudo después, hoy con sus ochenta espera los viernes la llegada de sus hijas y los nietos con quienes comparte la cena. Fiel al barrio que lo vio nacer ya no está más en su casa paterna, a trescientos metros de la cancha. Desde que se casó se fue una decena de cuadras mas lejos, pero no mucho, siempre en el Lanús Oeste, siempre con el televisor o la radio prendida para seguir a los granas… Aunque los médicos se lo hayan prohibido.




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