Historias: La Risa la trae el Pocho

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Historias infimas para contar antes que sobrevenga el olvido – Por Julio Santella

Julio Santella: coequiper de Carlos Bianchi, como Preparador Físico en los ciclos triunfales de Velez y Boca, es marplatense. Inclusive se inició y se relacionó con Unión local. Es su gran referente. Su historia profesional comenzó en Estudiantes de La Plata y una tercera inolvidable dirigida por Miguel Ignomiriello. Después se inclinó al Profesorado de Educación Física y fue destacadisimo en la matería. También entrenó al Racing de Basile cuando ascendió a Primera.
En la actualidad, su hijo se destaca en la función.Tras superar una enfermedad complicada, ahora con 70 años, quiere dejar sentencias de vida referidas a su Unión y debido a la amistad con nosotros nos envió las crónicas.

En los planteles de futbol coexisten las mayores diversidades humanas, conformandose una verdadera microcélula social donde cada integrante va aportando sus particularidades. En el vestuario deberán convivir serios, sanguíneos, jocosos, cultos, caraduras, reflexivos, ventajeros, tímidos y …más.

Para que un grupo funcione como tal, que se pueda acrisolar semejante diversidad, es parte de la tarea de sus conductores. Y muchas son las circunstancias y las condiciones que se deben dar para que ello suceda. Pero la presencia en el grupo de un buen animador, de un bromista oportuno, de un personaje que atrae por lo divertido, de un fabricante de entretenimientos, no digo que es condición sinequanon para la existencia de un grupo aceitado, pero sin dudas que es de extremada utilidad.

En Unión, ya en los helados sábados matutinos del Campo Municipal de Deportes (lo que hoy es el predio del Estadio Mundialista) donde jugaban las inferiores, todos nos fuimos acostumbrando a las salidas chispeantes, a las ocurrencias insólitas, a las ironías divertidas del “Pocho” De Paolo, amén de sus cantos e imitaciones. A tal punto que cuando no venía se lo extrañaba.

Si el ausente era el Cholo, perdíamos gol. Si no venía Luisito Rodriguez sufríamos atrás. Si el Chungui no jugaba, el medio se resentía. Pero si el que faltaba era el Pocho desaparecía la risa. Y la alegría es difícil reemplazarla. Nos sorprendió a todos antes de empezar el torneo, cuando nos juntamos por primera vez en la casa de don Horacio, en la terraza, una noche de febrero.

Los que eramos de La Perla (el barrio del club) no lo conocíamos. En cambio para los muchachos que había traído Morillo ya era un clásico. Los chorizos humeaban cuando arrancó con un recitado muy especial. Se trataba de un poema procaz referido a las aventuras amorosas de un tal Rufino Melaga, un atrayente superdotado. Siguió con un par de cuentos picantes, después con voz aflautada imitó a Etelvino Rodríguez, un ayudante del técnico, y remató la velada con un amplio cancionero folklórico (éste era su fuerte) con un bombo y una guitarra de acompañantes.

Su carrera futbolística no superó la reserva de Unión. Según Villavicencio, una áspera pero autorizada opinión, el Pocho poseía una gran virtud; era un jugador regular y parejo: nunca jugaba bien, siempre de mal para abajo. Sin embargo, era capaz de romper la tensión del ambiente aún en la mayor goleada sufrida por el primer equipo, como la del 62, cuando en la última fecha (ya descendido) pusieron a todos los pibes y Al Ver Verás nos aplastó 9 a 2. Después del cuarto o quinto gol, por detrás del alambrado, se le acercó a “Tarzán” Puzanzini, el arquero, y le dijo “Tranquilo bestia, la culpa no es tuya, pero en lo posible tratá que las que van afuera no las metas adentro”. Todavía lo anda buscando.

Rodolfo “Pocho” De Paolo. Con los cortos, el insider derecho de la quinta de Unión, a los dieciséis abriles. Con el micrófono, el artista marplatense, cultor de la música ciudadana, a los sesenta y tantos, dos años antes de su partida definitiva.

Esa misma tarde, después de la goleada, cuando se aprestaba a subir al micro(un desvencijado colectivo de la compañía Explanada, que no era de las mejores, justamente), mira a los muchachos que ya estaban sentados y les dice: “Encima de los nueve que nos comimos, ahora tenemos que subir a la albóndiga encantada”.

El Pocho Rodolfo DePaolo se convertiría con el tiempo en un conocido, pero a la vez, apasionado artista marplatense. Vinculado siempre a las expresiones musicales tradicionalmente populares.

Se inició en el folklore comenzando su actuación con el conjunto “Los Cuatro Rumbos”, allá por los setenta. Desde mediados de los noventa, hasta sus últimos días, (falleció inesperadamente en julio del 2013) se consagró de lleno al tango, aficción que cultivó desde pibe, como intérprete y bailador. Su inquietud lo transformó en un investigador de la especialidad. Dictó unos cursos a los que llamó “El tango, su historia, evolución y presente” que inaugurado en el Teatro Auditorium en 1994 lo mantuvo por diez años.

No le faltó la danza tanguera con la colaboración de su hijo Leandro un eximio bailarín. Escribió y fue autor de espectáculos como las comedias musicales “Mirando al Sur” y “Galas de Tango”. Organizó el Certamen Provincial de Tangos Inéditos. Y tuvo tiempo de actuar en Colombia, Ecuador y tantos otros lugares.

En su facebook, dos años antes de su ida, escribió con toda su ironía, una pincelada socarrona consigo mismo: Mi última milonga “Me apasiona tu celulitis” llegó a cantarse en los suburbios parisinos. Un verdadero éxito (sic). Nació para entretenernos y lo hizo hasta el final.




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