Historias: La Leyenda del Sol en Contra

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Historias infimas para contar antes que sobrevenga el olvido – Por Julio Santella

Julio Santella: coequiper de Carlos Bianchi, como Preparador Físico en los ciclos triunfales de Velez y Boca, es marplatense. Inclusive se inició y se relacionó con Unión local. Es su gran referente. Su historia profesional comenzó en Estudiantes de La Plata y una tercera inolvidable dirigida por Miguel Ignomiriello. Después se inclinó al Profesorado de Educación Física y fue destacadisimo en la matería. También entrenó al Racing de Basile cuando ascendió a Primera.
En la actualidad, su hijo se destaca en la función.Tras superar una enfermedad complicada, ahora con 70 años, quiere dejar sentencias de vida referidas a su Unión y debido a la amistad con nosotros nos envió las crónicas.

En la década del 50 el arquero de Unión era el Toto Kaucick: un portento fisico de manos inmensas y una fuerza descomunal, características muy comunes de los porteros de entonces.

Es que los “goalkeapers” (designación anglófona utilizada en esos años por el periodismo deportivo para llamar a los goleros) eran una raza especial. De hecho, el biotipo corporal distaba de ser parecido al resto de sus compañeros a partir de una altura sobresaliente, (que “grandotes que eran”!!!) al tiempo que se les destacaba un desarrollo muscular y una envergadura exuberante no siempre exenta de algunos pliegues grasos de más.

Salvo los arqueros “gatos”, es decir los hiperquinéticos que poseían grandes reflejos y mucha reacción (arqueros “voladores”), los otros, los mastodontes, aparecían con movimientos lentos, pausados, como quien le cuesta mover tamaña carrocería. No solo tapaban el arco sino que eran dueños del área, mandaban, y se lucían descolgando centros, atrapando pelotas sin dar rebote y embolsando balones. Ya con la pelota en su poder le daban un par de “botes” picandola y con toda la potencia de su pierna diestra (de escasa habilidad y técnica, a excepción del maestro Amadeo Carrizo) le pegaban fuerte, alto y lejos. Cuanto más lejos mejor.

También parecían poseer un perfil sicológico diferente. Como que el oficio, tal vez, los tornaba más rústicos, al tiempo que el arrojo que muchos de ellos hacían gala, era cuasi lindante con la locura. Y era habitual escuchar de sus compañeros la   expresión tradicional: “que querés, es arquero”. Este acerto ponía de manifiesto la escasa picardía futbolística, la poca viveza criolla propia del potrero, esa escuela por excelencia.  “Estos grandotes son buenazos….pero algunos son buenudos” escuché decir a un crack de los 40’ que remató la frase diciendo: “pero no los hagas enojar”. Todo esto, mas allá de la verdad que le asiste o no, formó y sigue formando parte del folklore del futbol.

Kaucick–que entre sus ocupaciones supo ser hachador—respondía a ese perfil de arquero que hemos señalado. Titular de la meta y bastión como ninguno del ascen- so a la primera “A” de 1952, tuvo en esos inicios actuaciones descollantes que le valieron su convocatoria al arco de la Selección marplatense. 

 Su presencia en la portería de Unión duró muchos años.

En el 63, ya bastante veterano, comenzó siendo el capitán del equipo, pero en el medio del torneo faltó unos partidos por razones de trabajo y perdió para siempre el puesto a manos de la Gata Bruschetti, un felino adolescente de diecisiete años. Y así fue que se retiró definitivamente… Con las clásicas rodilleras, buzo amarillo y manos escupidas al aire libre, cuando las circunstancias lo exigían solía atajar con gorra.

Cuenta la leyenda que aquella tarde al promediar el primer tiempo surgieron densos nubarrones y al ratito nomás el Toto arrojó la gorra dentro del arco porque ya no le era útil. Faltando pocos minutos, el 0 a 0 parecía inamovible. Fue cuando Pannatieri el atacante de  San Isidro tiró un centro llovido, que no debería causar zozobras a la defensa unionista ya que no había delanteros contrarios a la vista. Pero, “éte aquí” que el sol traicionero de las cinco de la tarde y su resolana, que abruptamente aparecieron en el estadio, lo cegaron al bueno del Toto. Aún así, alcanzó a mano- tear la pelota,  que se le escapó de las manos. Como un rayo, inmediatamente, giró y se zambulló a un costado para quedar en el suelo aprisionándola contra el piso.                                    

Se levantó lentamente, con un gesto de bronca, como diciendo a mí esto no me va a volver a pasar…  Y  sin soltar la pelota se metió adentro del arco para ponerse la Gorra… Fue extremadamente difícil para todo el equipo contener al Toto y andar explicándole que el árbitro había aplicado bien el reglamento.




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