Historias: La entrada en calor

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Historias infimas para contar antes que sobrevenga el olvido – Por Julio Santella

Julio Santella: coequiper de Carlos Bianchi, como Preparador Físico en los ciclos triunfales de Velez y Boca, es marplatense. Inclusive se inició y se relacionó con Unión local. Es su gran referente.  Su historia profesional comenzó en Estudiantes de La Plata y una tercera inolvidable dirigida por Miguel Ignomiriello. Después se inclinó al Profesorado de Educación Física y fue destacadisimo en la matería. También entrenó al Racing de Basile cuando ascendió a Primera.
En la actualidad, su hijo  se destaca en la función.Tras superar una enfermedad complicada, ahora con 70 años, quiere  dejar sentencias de vida referidas a su Unión y debido a la amistad con nosotros nos envió las crónicas.

Entrada en Calor

A fines de los cincuenta y principios de los sesenta, en los campeonatos de la Liga Marplatense de Futbol, muchos equipos incluían en sus formaciones jugadores que venían de Buenos Aires. Los muchachos viajaban los viernes o sábados, jugaban el fin de semana en clubes de A o de B y regresaban a las luces en el último micro del domingo. Los había que se subían a “La Luciérnaga”, el tren de las 23.45. Es que muchos de ellos el lunes iniciaban su semana laboral.

Venían futbolistas de todos los gustos y colores. Grandes figuras en el final de su carrera; noveles promesas del profesionalismo que no llegaron a concretarse habiendo pasado por la reserva o tercera de un Boca, de un River; jugadores de mediana calificación que hicieron campaña en cuadros chicos, algunos de dilatada experiencia, y también aparecieron jugadores que como máximo pergamino tenían las transpiradas camisetas sabatinas de la vieja primera B.          

Para el aficionado del fútbol marplatense no era poca cosa ir al estadio San Martín y ver con la negrirroja del San Lorenzo local a “Lechuga” Borgnia o aquel crack que había vestido la celeste y blanca nacional en el mundial de Suecia 58’, como lo fue  Ludovico Avio, o a un ex campeón riverplatense como Julio Venini jugando para Al Ver Verás. Y ni hablar cuando los famosos lugareños Pierino González, Luis Raúl Cardozo, o Cándido González, de vuelta al pago, en el final, o un Romay, un Garce- rón u otros tantos, se calzaban la roja de la selección de Mar del Plata para jugar la Beccar Varela o el interprovincial de entonces.

En  mi caso, con apenas siete años había hecho mi primera excursión tribunera al asistir a la presentación del sorprendente Banfield del 52, con Mouriño y Albella, en la vieja cancha de Quilmes. De allí en más las visitas a Mar del Plata de los clubes profesionales solían encontrarme entre los espectadores. Sin embargo, recién con la adolescencia aparecería el aficionado lugareño siguiendo aquella atracción que significó la revolución del Al Ver Veras de Trovero y Lauge, y tantos otros. 

En esos días de finales de los cincuenta comenzaría mi noviazgo con Unión, el club distante apenas doscientos metros de mi hogar. El club del barrio.                                         

Unión fue un asiduo animador de la A por años y alcanzó el primer gran título de campeón en el 46, aunque al otro año, en el 47, descendió. Y a partir de allí inició una etapa ambigua alternando de continuo éxitos y fracasos. Así fue que al ascenso de 1952 (Kaucick; Montuan y Mendez; J.Saba, Gleissermann y Titi Lucifora; Lagomarsino, Esteban, Héctor Miguel, Mastragostino y Becchi) le siguió la caída del 55. Ese regreso a la “B” duró cinco años. En el 60 obtuvo un buscado ascenso que duró nada: dos años mas tarde, descendía nuevamente. Sería el  inicio de un largo período de mediocridad deportiva que lo marginó de las grandes satisfacciones.

Siendo militante de la B,  en todos los comienzos de  temporada alimentaba la ilusión del retorno a los domingos. Y un nutriente decisivo de esa fantasía era la contratación de los jugadores foráneos, generalmente de Capital Federal, de provincia o de La Plata, que le daban un salto de calidad al equipo. De esta forma, en esos años los simpatizantes de Unión vieron calzarse la albiceleste a una cin-cuentena  de  “players” que a las 15.30 de tardes sabatinas dieron su presente.        

Con luces y sombras.

En el 59 empezaron a entusiasmar las atajadas del loco Ferrand, la sobriedad de Osvaldo Donnola, la gambeta de Rosendo Fernandez, la polenta del rubio Osvaldo Manfrín, aquel goleador que se convertiría en el ídolo de los unionistas,  y las corridas y cañonazos del patón Petrosino.

Todos ellos fueron animadores de festejadas victorias, y sus apellidos quedaron atados al escaso historial ganador unionista con el recordado ascenso del 60, aquel del 5 a 1 a Huracán, el del repechaje, el hoy llamado promocional, cuando el globito intentó retener sin éxito su puesto de la A…..(los héroes celeste y blanco fueron: Ferrand; Donnola y Córdoba; Dighero, Porta y Villavicencio; Galletti/Lujan, Rosendo Fernandez, Manfrín, Petrosino y Arcidiacono). Y aunque en el 61 nos salvamos del descenso en la anteúltima fecha, nunca recibieron un reproche.

Otros cracks de la metrópoli no corrieron la misma suerte. Por ejemplo, los del 62. Para esta temporada el club trajo casi todo un equipo porteño (Díaz; Orio y Acerbi; Quinteros, Drasich y Molina; Dominguez, Miranda, De Vicente, Oscar Morales–único marplatense, que venía de Nación–y Saporiti). La llegada de foráneos incluía su entrenador, Fernando Bello, el extraordinario arquero de Independiente de la década del 40, que en verdad era el que conocía los jugadores.

Los resultados no fueron los esperados, la plata no alcanzaba, y así fue que algunos jóvenes del club nos fuimos entreverando con los porteños. Pero no se pudo evitar el descenso tan temido.                                                       

En ese andar hubo jugadores de paso efímero, como Rico, un zurdo número 10 que se gambeteaba todo y no se la daba a nadie, hermano del back central de Boca Juns. Carlos Rico. O un tal Soler que venía del fútbol chileno y le pegaba con un fierro;  jugó un par de partidos y no lo vimos más.O Rognoni, un wing derecho de Estud’tes de Bs.As., que años después me enteré que alternaba el fútbol con el hockey sobre césped, deporte en el que brillaba su primo pero más aún brillaría años mas tarde la leona multicampeona y famosa hija de su primo. O un cinco grandote, Roque Maresca, que habiéndose quedado a vivir en Mar del Plata, empleado en el casino, y claro, con algún que otro kilo mas y una rodillera en la pierna izquierda, jugaba en reserva y tuvo que escuchar, en el silencio de la cancha de Ministerio, un vozarrón tribunero que le  vociferaba “Maresca no la pesca”.    

El 1963 marcó el regreso a la “B” sabatina y el fin de los jugadores de Buenos Aires. Se promocionaron “los pibes” de la institución que habían campeonado en 4ta. y en 5ta. mezclandolos con los experimentados del club mas otros elementos del medio local. Se realizó una excelente campaña peleando el campeonato.

A partir de allí dio comienzo a una etapa muy modesta para el futbol de Unión que incluyó su descenso a la tercera categoría y hasta una suspensión temporaria de su afiliación a la Liga. Oscuridad futbolística que lamentablemente duró demasiados años.




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