Historias: En Mi Casa Estoy Muy Bien

127

Historias infimas para contar antes que sobrevenga el olvido – Por Julio Santella

Julio Santella: coequiper de Carlos Bianchi, como Preparador Físico en los ciclos triunfales de Velez y Boca, es marplatense. Inclusive se inició y se relacionó con Unión local. Es su gran referente. Su historia profesional comenzó en Estudiantes de La Plata y una tercera inolvidable dirigida por Miguel Ignomiriello. Después se inclinó al Profesorado de Educación Física y fue destacadisimo en la matería. También entrenó al Racing de Basile cuando ascendió a Primera.
En la actualidad, su hijo se destaca en la función.Tras superar una enfermedad complicada, ahora con 70 años, quiere dejar sentencias de vida referidas a su Unión y debido a la amistad con nosotros nos envió las crónicas.

A Jorge Raúl Porta, el negro Porta, diplomado en la universidad de los potreros marplatenses, el futbol profesional de AFA no consiguió fascinarlo. Y su historia se agregó a la de muchos jugadores del interior que sobresalían en los medios locales pero que, aún superando pruebas selectivas, dijeron no a las gestiones de clubes profesionales que los fueron a buscar. Optaron por las siestas de su pago, el cariño de la familia, los amigos, el barrio, el club. Y también hubo casos en los que prefirieron la seguridad que les ofrecía el trabajo o la ocupación con la que se ganaban la vida.

En un contexto que nada tiene que ver con el actual, quizás no pudieron superar el miedo a lo desconocido o el temor a las saudades del que debe dejar su terruño. Y se quedaron definitivamente.

En vano fueron los intentos de Newells Old Boys de llevarse el pase del “negro” después de tenerlo a prueba veinte dias en Rosario. El interés de la gente del Parque Independencia incluyó dos viajes a la felíz…….. Pero no hubo caso. En definitiva, no quiso ir.

En las canchas marplatenses siguió paseando la fineza de su toque, la perfección del golpe a la pelota con los dos empeines (en una época fue el pateador de penales y tiros libres de Unión), la inteligencia en el juego que lo hacía ver con rapidez los lados opuestos, su carrera coordinada como en puntas de pie, su físico liviano, de magro tenor graso, con la dinámica de lo que hoy llamaríamos un volante moderno que sabía jugar de mediocampista organizador y llegar al gol.

Un desperdicio que tamaño jugador desplegara ese futbol en raídas y polvorientas canchas que muchas veces no superaban un centenar de personas como público. Aunque el sueño por la cosa grande no lo sedujo, era un enamorado del futbol y disfrutó por igual “jugar a la pelota”, desde un clásico en el Estadio San Martín hasta el más común de los picados de barrio. Y también entreverarse en los torneos comerciales donde se podían ver a muchos “cracks” de la liga.

Pero todo sin demasiado compromiso como para pensar en una obligación profesional que lo proyectara. Solo jugar por el placer de jugar. Progresivamente, conforme el paso de los años, ese talento fuera de serie se fue espaciando hasta terminar apareciendo en cuentagotas. Ya de grande, se fue tornando cada vez mas reacio a la discliplina. Y ni que hablar, en eso de entrenar.

Había debutado muy pichón en la primera y en un momento compuso con el cordobés Villavicencio y con Rosendo Fernandez, un medio campo que no solo poseía buen pie para circular la bola, sino que con una interesante media distancia solían convertir. Entre 1960 y el 61 alcanzaron el esplendor.

También jugó al lado de su hermano Ismael que le hacía la segunda con el 6 en la espalda. En el 63 con un equipo de pibes, remandola otra vez en la B, se constituyó en capitán y dueño del equipo jugando de volante derecho.

Era un negro pícaro, y muy ocurrente, aun en el medio de un partido, por mas trascendencia que este tuviera. De su boca escuché por primera vez esas salidas que desde siempre nos acostumbró el futbol. Que él no las inventaba, que circulaban por el ambiente y que se convertían en un clásico por varias temporadas. Como aquella vez que le recriminó a Rubén Dighero porque no se la daba en vez de tirarla larga. “Es que no te vi negro, perdoname”, le dijo Ruben. “Si estoy al lado tuyo, ¿que tenés, cataratas ?”. Con una sonrisa socarrona, como haciendose cómplice, vaticinó que “con este técnico no se si vamos a ganar algún partido pero nos vamos a reir como locos”. Efectivamente, a la sexta fecha renunció.

Pero la pillería para sacar alguna ventaja, la astucia de quien conoce desde sus adentros como funciona el futbolista y como son sus respuestas la demostró la tarde que se desgarró a los 10 minutos de juego, en la “Pradera” como era conocida la cancha de River, sobre la Juan B. Justo donde Unión le tocó hacer de local. Fue en el 61, estábamos en primera A, y el negro hacía la colimba en Tandil. Ese año su participación siempre solía ponerse en duda, porque en un par de oportunidades hubo que suplantarlo sobre la marcha, ya fuese porque estaba castigado, o le fallaron los contactos y tuvo que hacer guardia el fin de semana. Así fue como debuté en la primera con apenas quince años. A los diez minutos del primer tiempo del partido preliminar me sacaron porque el Negro no venía.

Pero la tarde del desgarro, a pesar que “lo habían bailado” por no se que macana se había mandado, salió a la cancha con la número cinco en la espalda. En esa época no había cambios ni banco de relevos. El jugador que tenía un tirón (así se definía lo que hoy es un desgarro) generalmente no abandonaba la cancha. Lo mandaban a jugar de “wing izquierdo” o derecho. El negro Porta decidió pararse de 7, no porque lo favoreciera el perfil, porque en realidad no podía moverse. Según contó después fue a la derecha porque lo conocía al 3 contrario que debía marcarlo.

No habían pasado mas de diez minutos y el árbitro les llamó la atención a los dos porque sin entrar en juego discutían acaloradamente y llegaron a ponerse cara a cara, desafiantes. Promediando el primer tiempo y todavía cero a cero, pasó lo que tenía que pasar: la única pelota que le llegó al pie, la puso debajo de la suela, el rival se le hechó encima, el negro lo manoteó, el otro le pegó y vergonzosamente cayeron al suelo los dos al tiempo que el referí se acercaba con premura y los gestos ampulosos indicaban a los dos el camino de los vestuarios.

En los vestuarios, al término del partido, el técnico inocentemente le dijo: —Que macana negro, encima que te lesionaste, te echaron… —Don Bernabé, me como dos o tres fechas mientras me recupero, si igual no voy a poder jugar….pero hoy jugamos 10 contra 10, que el empate mal no nos vino!!!!…… Por esos códigos que hoy ya no existen, nunca pudimos saber que cosa tenía el negro para decirle al alocado zurdo rival.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social Media Auto Publish Powered By : XYZScripts.com