Historias: Como el ruido de una rama que se quiebra

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Historias infimas para contar antes que sobrevenga el olvido – Por Julio Santella

Julio Santella: coequiper de Carlos Bianchi, como Preparador Físico en los ciclos triunfales de Velez y Boca, es marplatense. Inclusive se inició y se relacionó con Unión local. Es su gran referente. Su historia profesional comenzó en Estudiantes de La Plata y una tercera inolvidable dirigida por Miguel Ignomiriello. Después se inclinó al Profesorado de Educación Física y fue destacadisimo en la matería. También entrenó al Racing de Basile cuando ascendió a Primera.
En la actualidad, su hijo se destaca en la función.Tras superar una enfermedad complicada, ahora con 70 años, quiere dejar sentencias de vida referidas a su Unión y debido a la amistad con nosotros nos envió las crónicas.

En la esquina de Dorrego y 11 de Septiembre, en la misma manzana de mi casa, se levantaba el Frigorífico Tascón, un emprendimiento aún existente en Mardel.

Comercializaba sus productos por mayor y menor con suma eficiencia habida cuenta la amplia cartera de clientes que tenía. Con una particularidad: los repartos pequeños para carnicerías del barrio, o algún faltante, o un pedido de último momento, eran satisfechos por un muy joven empleado. El pibe, un morocho carilargo, cuando era requerido, montaba la bicicleta y cargaba la mercadería en un robusto canasto de mimbre que encajaba perfectamente en el dispositivo “ad hoc” que la bici tenía adelante.

El “Negro”, así le decían, iba con el clásico delantal que usan los carniceros, pero muchas veces a la vuelta del reparto, al pasar por 3 de febrero, delantal y bicicleta morían en el suelo y se prendía en el picado del baldío si es que lo había y si no, cuando eramos pocos, se entreveraba en un cabezas, o a la restada, que se podían jugar en las veredas o en la calle asfaltada. Era un entusiasta de la redonda.

En esos días, en Unión se estaban armando las divisiones inferiores, por primera vez en su historia. Don Horacio Morillo era su apasionado mentor. Y a pesar de que en el club nadie creía que se concretaría tamaña utopía, el “Viejo” fue pa’delante. Nos suplicaba que debíamos participar arrimando al club, amigos, conocidos, compañeros, en fin, cuanto “chico” que pisara una redonda podíamos acercar y ficharlo.

Había que armar los planteles y no quedaba mucho tiempo. Le pregunté al Negro si quería venir a Unión, que necesitabamos tipos que les gustara el futbol y que se las rebuscaran… lógico, troncos abstenerse.

«Dale Negro, traete dos fotos y el documento, te esperamos esta noche«. Hugo Antonio Moyano, “el Negro”, categoría 44, piernas largas, rápido y voluntarioso, se convirtió en el wing derecho de la cuarta especial que a fin de año festejó la obtención del campeonato 1961. También jugó de ocho, trajinando la cancha, y los cuatro años subsiguientes lo vieron alternando en tercera y reserva. Pero ya había abandonado las carnes y las achuras.

Como empleado de la Empresa Verga, dedicada al transporte automotor, hacía sus primeras armas en la lucha obrera al ser designado delegado de la compañía ante el Sindicato de Camioneros.

El ágil puntero estaba sentado en la tribuna junto a los muchachos de la reserva cuando, aquella tarde, se produjo la doble fractura de tibia y peroné de Olivari, el cinco de Once Unidos. Me lo hizo recordar por un amigo en común, casi cuarenta años después. “Es que todavía retiene en sus oídos el ruido que hizo…” me dijo el emisario.

Yo también recuerdo el chasquido de la madera tronchada, el estallido crujiente. El campo estaba resbaladizo, fuimos a trabar una pelota en la mitad de la cancha, “centro half ” los dos, metí el pie sobre la bola mojada, sentí como ésta se deslizaba sin oposición desapareciendo del contacto con mi suela. Lo agarré arriba del tobillo.

Fue toda una desgracia para mí. No estaba preparado para deglutir las culpas. Encima, el volante albiverde era un muchacho grande que gran parte de su campaña la hizo en Argentinos de Quilmes. Era de esa zona y viajaba los fin de semana para ganarse unos pesos, como hacían muchos. Su compañero de ruta era Ramiro Perez, un diez que jugó en Almagro, en River Plate, en Platense. Cuando vio caer a su compadre el hombre perdió el control y me quería matar. No le cabía nada. Lo agarraron entre varios y no lo podían contener.

Volví a verlo a la noche cuando fui al Hospital Regional a ver a su amigo. La sangre le había dejado de hervir y juntos supimos aceptar la trampa del destino.Un recuerdo aciago.




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