EL VIAJE DE RICARDO

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Trabajo premiado con el segundo puesto en el concurso Historias Mínimas. Ricardo recorría América cuando, en Perú, por un virus perdió la capacidad de caminar. Su madre realizó una odisea para traerlo a Argentina, donde continuó con su vida, estudió Filosofía y Derecho y falleció a los 40 años.

Por Federico Jaramillo, alumno de primer año
Instagram: @ffedejjaramillo

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Corría el año 1983 cuando la vida de Ricardo cambió para siempre. Se encontraba en un recorrido por toda América que se vio truncado en Perú, puntualmente en Cuzco, cuando por un extraño virus perdió la capacidad de caminar. Esto no le impidió seguir con su vida que duró unos cortos 40 años llenos de dolor, pero también de fuerza, superación y una solidaridad para con otros que lo caracterizó siempre.

Margarita, su madre, una vecina del Barrio Belgrano de toda la vida, es quien le pondrá voz a su historia. Ella tuvo 3 hijos; Ricardo (el mayor, nacido en 1959 y de quien hablará), Fernando y Juan Carlos.

Esta madre describe al protagonista en sus primeros años como un chico muy bueno, que cuidaba a sus hermanos y muy trabajador. Su primer empleo fue, al igual que muchos jóvenes marplatenses en los años ’70, como parador de pinos en un salón de bowling. A sus 15 años entró en la Marina en busca de su vocación y rápidamente la encontró; ayudar a otros. Porque Ricardo fue una persona solidaria como pocas.


Su trabajo en la fuerza fue atender a los conscriptos que venían de las provincias del norte de nuestro país, jóvenes totalmente analfabetas y que ni siquiera conocían el mar. Se dedicó a enseñarles a leer y escribir (además de cocinarles torta fritas antes de salir de campamento para las prácticas militares) inculcándoles lo importante que es aprender, incluso llevándolos a su propia casa para darles clases particulares y una buena comida. “Nunca llegaba sólo”, dice Margarita.

Podría haber continuado en la Marina y hacer una carrera ahí, de hecho alcanzó el rango de cabo segundo de Infantería de Marina, pero en 1976 con el derrocamiento a Isabel Martínez y la llegada al gobierno de la dictadura militar, decidió no seguir siendo parte de la fuerza y se dió de baja.

Ricardo nunca se quedaba de vago y enseguida empezó a buscar trabajo. Gracias a sus años en la Marina tenía conocimiento sobre las maquinarias que iban a bordo de los barcos, por lo que hizo un curso de capacitación de 6 meses y empezó a trabajar como operador de maquinarias en barcos pesqueros. Este trabajo lo llevó a embarcarse y a visitar muchos lugares de Europa que generaron una pasión por viajar y conocer el globo.

Fue así que a sus 24 años, en 1983, decidió dejar todo, juntar sus ahorros en una chequera y subirse a cuántos barcos pudiera para recorrer todo el continente americano, desde Argentina hasta Alaska. Conoció varios países hasta llegar a Perú, “el maldito Perú”. Estando en Cuzco, a unos 3.400 metros de altura sobre el nivel del mar, llegó descompensado al hospital local. Ahí lo acostaron en una camilla con lo puesto y, al día siguiente, Ricardo despertó con sus piernas totalmente paralizadas. Su cuadro fue de mal en peor con los días y la atención que recibió por parte de los médicos fue prácticamente nula, ni siquiera fue bañado o cambiado de ropa. Por azares del destino fue descubierto en lo que parecía su lecho de muerte por otro turista argentino que estaba en un viaje hacia las ruinas de Machu Picchu. A este hombre le contaron del grave estado de salud de “uno de sus compatriotas” y fue quien logró contactar por teléfono a Margarita y le informó que debía viajar a Perú a rescatar a su hijo.

En este punto empezó la odisea de esta madre, quien por ese entonces era trabajadora municipal desempeñándose como cocinera en un jardín de Batán. Ella no contaba con el dinero para hacer semejante viaje y mucho menos para trasladar a una persona enferma. A base de rifas y de sacar plata de donde no había, Margarita llega a la ciudad de Buenos Aires, hace su pasaporte en tiempo récord(porque ni siquiera tenía pasaporte) y comienza a buscar un pasaje. Le fue imposible conseguir un lugar en un avión de Aerolíneas Argentinas a pesar de que envió telegramas con expresa angustia y detallada urgencia del caso. Finalmente consiguió un boleto de ida hacia Lima (no alcanzó el dinero para comprar la vuelta) en una aerolínea ya extinta llamada AeroPerú. En la capital peruana se chocó con un ambiente hostil, con residentes para nada amistosos y unas calles convulsionadas por una crisis social. Este contexto socio político en Perú fue llamado “la década perdida” y fueron varios años de la década del ‘80 en los que agrupaciones terroristas se enfrentaron en una especie de guerra civil a lo largo de todo el país.
De vuelta en la historia, a Margarita la esperaba en el aeropuerto el hombre que la contactó (cuyo nombre se perdió en el tiempo), quien era su único contacto y mayor ayuda en territorio peruano.

Ahora bien, una vez en Lima, la madre de Ricardo debía subir los 3.400 metros para llegar hasta donde estaba internado su hijo, un recorrido que solo se realizaba por medio de otro avión. Sin plata para subirse a dicho vuelo, este hombre hizo algunas llamadas y gracias a que su cuñada había sido azafata en un pasado, Margarita logró abordar su avión sin tener que pagarlo. “Viajé sentada en la cabina de vuelo, en el asiento de copiloto”.

Ya en Cuzco, esta madre se dirigió al hospital y se produjo un emotivo encuentro madre – hijo, con un Ricardo flaco, cerca de los 50 kilos (era un tipo bastante alto, por lo que es un peso bajísimo), mal alimentado, con la misma ropa con la que había caído en cama, el pelo largo, en fin, en un estado total de abandono en lo que fueron los meses que pasaron desde su internación y la posterior llegada de Margarita. Acá se abrió otro capítulo, ya que en todos los países de Latinoamérica la salud es paga para los extranjeros y esta no fue la excepción. Ricardo contaba con dólares en una cuenta bancaria (todos sus ahorros) que pudieron ser retirados por su madre mediante la intervención de un abogado. La idea principal era que esta plata vaya destinada a un pasaje de vuelta, pero cada centavo fue a parar a las arcas del hospital, un colapsado hospital que parecía no poder dar la batalla contra la crisis social antes mencionada, que arrojaba miles de heridos por día.

La vuelta al país la consiguen en un avión llamado Vuelo Correo, que en ese entonces viajaba una vez al mes ida y vuelta entre Perú y Argentina (obviamente un viaje totalmente gratuito y solidario). Ya en Buenos Aires, Ricardo vuelve a Mar del Plata trasladado en una ambulancia junto a su tía, y Margarita retorna en tren para volver inmediatamente a trabajar. Parecía que el drama nunca terminaba ya que una vez acá, este jóven que soportó el abandono y la soledad en un país que no era el suyo, debió ser internado para su rehabilitación en el Instituto Nacional de Rehabilitación Psicofísica del Sur Juan Otimio Tesone (Inareps). Los médicos locales se asombraron de que siguiera con vida y le curaron durante un año, entre otras cosas, su ahora frágil cuerpo, lleno de escaras en la zona de la lumbar y con el hueso de su espalda baja prácticamente fuera de su cuerpo. “No era su hora”, dice su madre.

Pasó el tiempo y, como ya quedó comprobado, Ricardo no podía estar quieto por mucho tiempo. Se anotó junto a la silla de ruedas que ahora lo acompañaba a todos lados, en la facultad nacional donde hizo hasta la mitad la carrera de abogacía y se recibió en filosofía. Si bien dejó atrás sus días de viajar, esa alma solidaria no se apagó y dedicó su vida a enseñar de forma particular a todos los jóvenes del barrio que tuvieran problemas en la escuela. Tanto amor brindó que al final le fue retribuido en ayuda para él y Margarita en los peores años. Sus ex compañeros de embarcación le daban una ayuda económica y los vecinos del barrio lo cargaban hasta su cama para ahorrarle un esfuerzo a su mamá.

Ricardo vivió así hasta que su salud empeoró y falleció a sus 40 años. Como última voluntad fue cremado y devuelto a donde tanto le gustó estar. “Él está en el mar”, cuenta Margarita.

Nunca se supo a ciencia cierta qué virus fue el que le quitó la movilidad de sus piernas, o si se lo contagió en Perú o mucho antes en algún barco pesquero. Lo que sí es seguro es que fue una persona que las vivió todas, una persona de fierro, que soportó todos los obstáculos que la vida le puso en frente y nunca dejó de ayudar al prójimo, seguramente haya marcado para bien muchas vidas. Su madre, otra luchadora sin cansancio que hoy tiene 90 años, movió cielo y tierra para recuperar a su hijo y hoy se encarga de mantener viva su memoria. Cuenta, para cerrar, que hace un año un hombre de unos 60 y tantos (edad que tendría Ricardo hoy en día) pasó frente a su vereda y le confesó: “Yo estuve en esta casa, su hijo me ayudó”.




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