El Valor de la palabra

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Trabajo ganador del Concurso Peridístico en DeporTEA Mar del Plata

 

Por: Martina Migliorisi          

 

Giovanni Migliorisi Canzonieri nació el 29 de mayo de 1893 en Ragusa, Sicilia, y existen hoy quienes aún lo recuerdan como el zapatero de Hipólito Yrigoyen.

En lo que concierne a su niñez (a su educación, más específicamente hablando), Giovanni llegó a cursar hasta el segundo grado -que por entonces era algo similar al sexto que conocemos hoy-, y una vez concretada esta etapa, aún siendo un niño, empezó a trabajar en una fábrica de confección de zapatos.

Al cumplir 16 años, en un territorio que vivía con amenazas latentes y un clima político y social poco prometedor (que tarde o temprano estallaría en la denominada “Gran Guerra”), decidió huir lejos de Europa. Este viaje lo depositó en Argentina con un grupo de amigos, donde Giovanni adoptó el nombre de Juan y, casi sin proponérselo, halló su refugio y lugar ideal en Buenos Aires.
Con el tiempo, Juan alimentó su admiración por esta tierra, y cada vez que encontraba la oportunidad, remarcaba cuán ciegos éramos los argentinos por no saber apreciar las riquezas con las que contábamos. No lo comprendía.

“Tampoco entendía demasiado de fútbol”, cuenta Carlos, uno de sus cinco hijos, y agrega que lo deportivo jamás despertó la curiosidad de Juan, pero que con el tiempo tomó simpatía por Racing Club de Avellaneda, particularmente por el fanatismo que veía florecer en sus hijos.
Lo cierto es que Juan era de “otro palo”: Gustaba de ir al Teatro Colón, particularmente a los “gallineros” –por ser lo que su bolsillo le permitía-, y disfrutaba de la Ópera en formas que la propia literatura no podría describir ni en sus mejores obras.

Fue así como, con el correr de los años, nuestro protagonista comenzó a adquirir conocimientos sobre la vida en Argentina, a pesar de haber dejado atrás a una Italia que era visible en su tonada, en sus gestos, y hasta en sus actitudes.

Pero rebobinemos un poco: Hacia 1909, recién llegado a nuestro país, comenzó a trabajar en una zapatería donde su labor consistía en fabricar calzado a medida y realizar los arreglos que los clientes requirieran. Así pasaron varios años. Juan continuaba desempeñándose en el mismo local, y su talento para confeccionar zapatos iba en ascenso.

A comienzos de 1916, Argentina fue partícipe y testigo de una elección histórica: con la aplicación de la Ley Sáenz Peña mediante, la decisión popular manifestó su preferencia por un candidato en particular, que sería, incluso hasta nuestros días, amado y odiado al momento de repasar su paso por el poder: Ése alguien era Hipólito Yrigoyen, quien dio inicio a una etapa de tres presidentes radicales de manera consecutiva.

Un buen día, por orden del Jefe de Estado, uno de los miembros de su equipo visitó el local donde Giovanni se desempeñaba como empleado. Éste último fue enviado a la famosa vivienda ubicada en Avenida Brasil y, tras tomar las medidas del presidente, confeccionó los zapatos que marcaron un antes y un después en la vida de Hipólito en lo que a la vestimenta se refiere: “Que manden a Juancito”, remarcaba Yrigoyen a sus ayudantes, cada vez que alguno de ellos solicitaba por teléfono la necesidad de un nuevo par de zapatos para el primer mandatario.

A pesar del carácter reservado de Juan (y tal vez también gracias a él), mantenía a diario conversaciones de rutina con el presidente, como las que cualquiera tiene con su grupo de amigos. Sin embargo, Giovanni nunca ostentó su vínculo con Yrigoyen: Era muy callado, tímido e introvertido; no buscaba fama ni quería atención. Se reducía a escuchar y acotar alguna cosa de vez en cuando, pero su personalidad distaba a leguas de un interés en beneficio propio.

 

Hipólito Yrigoyen

 

Relata Carlos que, además de la humildad que caracterizaba a su padre, Giovanni era un hombre “chapado a la antigua”:
Para trabajar usaba las máquinas Singer y al momento de comprar, pagaba en partes: Él mismo llevaba anotado en un cuaderno cuánto pagaba y en qué fecha lo hacía. También llevaba nota de lo que aún le restaba.

Así se manejó exitosamente durante muchos años, pero un buen día las cosas cambiaron de manera que ni él mismo se imaginaba: Al negociar por la compra de algunas máquinas, el vendedor a cargo le solicitó a Juan que firmara los papeles necesarios para terminar de hacer efectivo el trato: Giovanni no supo cómo salir de su asombro, se sentía profundamente ofendido. Él creía que esos tratos no debían hacerse con firma mediante, sino fiándose de la palabra entre las partes, tal como había sido durante toda su vida.

¿Por qué desconfiarían de alguien que siempre había cumplido en tiempo y forma con el pago de sus productos? ¿Acaso el mundo se había vuelto loco de la noche a la mañana?

Este repentino cambio en la forma de hacer negocios hizo que Juan, por ser fiel a sus principios, ordenara romper el contrato: “¿Qué hay de la palabra y su valor? ¿O acaso mi palabra no vale?”, se preguntaba.

Utilicemos la imaginación y avancemos diez años de este episodio: Para entonces, Giovanni ya se había mudado a la otra punta de Buenos Aires y sin “traicionar” al rubro que tanto le había otorgado, pero con la idea de convertirse en su propio jefe, había impulsado su propio comercio: uno con grandes ventanas en una esquina muy recurrida de la capital.

Una noche se desató una tormenta fatal, y un hombre que intentaba no mojarse de pies a cabeza, pidió permiso para refugiarse. Éste se sorprendió al levantar la cabeza y escuchar que amablemente le saludaban desde la otra punta del local: “¡Eh, González!”, alegó Giovanni, que lo había reconocido al instante: aquel extraño pasado por agua, que ahora empapaba el piso de su zapatería, era el vendedor de máquinas Singer que le había dado un sacudón a sus ideales hace ya una década, y se reencontraban, por esas vueltas extrañas que tiene la vida, en una situación que parecía producto de algún juego raro del destino.

Conversaron hasta muy tarde, y a altas horas de la noche llegaron a la misma conclusión que al conocerse: La empresa Singer implementaba continuamente cambios su sistema y en sus métodos; Giovanni no.

Ya entrado en años, Juan continuaba con las costumbres de siempre. Recuerda una de sus nietas, Adriana, que su abuelo vestía muy prolijamente hasta para visitarles: “Usaba sombreros de paja, se abotonaba la camisa hasta lo más alto, se calzaba zapatos finos, un pantalón de vestir y un saco: Así se vestía todos los días”, rememora sonriente.
Carlos, por su parte, destaca que su padre disfrutaba de las pequeñas cosas: “Cuando venía a ver a sus nietas, le bastaba con quedarse en un costado mirándolas jugar; ellas estaban en su mundo, pero él las admiraba en silencio y, solo con eso, ya se sentía feliz”, concluye.

Juan falleció a sus 87 años, pero su desaparición solo fue física: Aún vive en la memoria de sus hijos, sus nietas, sus bisnietos, y tal vez acompañe a quien a partir de estas líneas haya desplegado su imaginación para dar vida al hombre que, a pesar de haber logrado ser importante en la vida de un presidente, siempre priorizó sus principios, defendió sus ideales y reivindicó el valor de la palabra.

 

Fuentes:
Vida y anécdotas de Juan:
• Entrevista personal a Carlos Alberto Migliorisi, el tercero de los cinco hijos de Giovanni.
• Entrevista personal a Adriana Edith Migliorisi, nieta de Giovanni e hija de Carlos.

Contexto histórico:
https://www.educ.ar
https://www.siemprehistoria.com.ar
https://youtu.be/OPrzCX0p0vU




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