El Torreón nunca tuvo monje pero sí una historia de amor

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Dentro de pocos días el emblemático Torreón del Monje cumplirá 115 años. Ya sabemos (¿o no?) que el famoso monje nunca existió. Pero la historia real tiene detalles tan interesantes como la leyenda, incluyendo un capítulo de amor.

El Torreón del Monje nació como confitería y el día de su inauguración -28 de febrero de 1904- ya tenía concesionario.
Bien sabemos que ese mini castillo medieval fue donado a la Municipalidad por el multiempresario Ernesto Torquinst, quien poseía terrenos e incluso una mansión no muy lejos de allí.

Autoridades, personajes de la alta sociedad, efectivos del Regimiento 10 de Infantería y dos bandas le impusieron cierta pompa a la inauguración del Belvedere, tal como se lo denominó originalmente. En cuanto al primer concesionario, sabemos que se llamaba José Alvarez y que había alquilado el local “con cocina y agua”, según ha documentado el historiador Roberto Barili.

Luego el edificio pasó a llamarse Torre Pueyrredon hasta que el poeta chileno Alberto Del Solar escribió la trágica leyenda del cacique, la india y el soldado español devenido en monje. Se dice que fue el propio Torquinst quien le pidió un relato que “le diera vida” al edificio, en lo que habría sido la primera operación de marketing de nuestro balneario. Mal no le fue.

Pero hay otra historia que se inició en 1924 cuando el español Antonio Francisco Plana Peiré y su esposa, la entrerriana María Mercede Balcalá llegaron a Mar del Plata con sus seis hijos; tres mujeres y tres varones.
Antonio consiguió empleo como cuidador del Paseo General Paz, un paradisíaco corredor poblado de jardines y fuentes que incluía al Torreón.

La vivienda de la familia fue lúgubre. En esos tiempos la barranca situada frente al Torreón estaba recubierta por un imponente muro de piedra y, aunque suene increíble, la “casa” estaba embutida en esa pared y se adentraba en la barranca a manera de cueva. Era una inmensa habitación que sólo tenía una ventana y que carecía de luz y de baño, razones suficientes para que sus moradores la llamaran “La covacha”.

Afortunadamente los Plana Peiré pudieron mudarse luego al edificio del Torreón donde vivieron durante años, sin ver fantasma alguno a despecho de la leyenda.

En 1927 fue construida la terraza del Torreón que ofició de pedana del Pidgeon Club, donde la aristocracia se divertía practicando tiro a la paloma. La construcción estuvo a cargo de la empresa alemana “Wayss y Freitag”, que trajo a sus propios técnicos y obreros.

Uno de ellos era el carpintero Antonio Shweighart, quien se quedaría definitivamente en Argentina después de enamorarse y contraer enlace en 1928 con María Pura Plana, la hija mayor del cuidador del Torreón. El flamante matrimonio se alojó allí y tampoco vio fantasmas.

El resto de la familia Plana Peiré se fue yendo del Torreón con el transcurso de los años, pero el alemán Shweighart y su esposa Marìa Pura –quienes tuvieron dos hijos- permanecieron trabajando en el lugar hasta 1953. Ese año el emblemático edificio pasó a manos del Círculo de la Marina y el matrimonio tuvo que irse.

Luego el Torreón ingresó en una época más oscura que su propia leyenda y estuvo una década cerrado, sufriendo un proceso de degradación que lo puso en peligro.

En 1979 el empresario Domingo Parato se hizo cargo del emblemático edificio y lo puso en valor para reabrirlo como confitería, el mismo destino que tuvo en sus orígenes, hace 115 años.

Nota extraída del Facebook de Gustavo Visciarelli




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