EL SUEÑO QUE SE CONSTRUYÓ BRAZADA A BRAZADA

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Matías De Andrade es un nadador paralímpico argentino que convirtió una actividad recreativa en una carrera de alto rendimiento. Entre medallas, derrotas y nuevos desafíos, construyó una historia marcada por la perseverancia, el apoyo de su entorno y la búsqueda de sus propios sueños.

Por Valentín Molero

A los cinco años, Matías De Andrade acompañaba a su padre a nadar al Club 12 de Octubre, en Quilmes. En ese momento, la pileta era simplemente un lugar más donde hacer actividad física. No imaginaba que, muchos años después, ese primer contacto con el agua lo llevaría a representar a la Argentina en competencias internacionales y a ganar una medalla de plata en los Juegos Paralímpicos.

Actualmente, Matías forma parte de la selección argentina de paranatación. Es múltiple medallista panamericano y mundial, además de haber conseguido una medalla de plata paralímpica. Su trayectoria internacional comenzó aproximadamente a los 15 años, aunque el vínculo con la natación había empezado mucho antes, cuando todavía era un juego.

Su infancia estuvo marcada por las mudanzas. Después de la crisis del año 2000, su familia se trasladó a Córdoba, primero a Alta Gracia. Más adelante vivió en otra ciudad y, desde los 18 años, reside en Mar del Plata. A pesar de los cambios, la natación se mantuvo presente y fue ganando cada vez más espacio en su vida.

Cuando tenía alrededor de 10 u 11 años, una entrenadora llamada Alba Richardson lo vio nadar en el Club Municipal de Córdoba Capital. La mujer reconoció que tenía condiciones y le propuso comenzar a competir. Hasta ese momento, Matías había participado en torneos de club, pero no conocía demasiado sobre el deporte adaptado ni sobre las posibilidades que podía ofrecerle.

Richardson se encargó de averiguar cómo podía incorporarse a esa disciplina. Así llegó la primera participación de Matías en un torneo de deporte adaptado en Mar del Plata. Allí otros entrenadores comenzaron a observar y a seguir su evolución. Tiempo después fue convocado al club Independiente, donde el entrenamiento empezó a tomar una exigencia diferente.

Primero fueron seis días de pileta por semana. Después se sumaron las sesiones de gimnasio y, más adelante, los dobles turnos. La natación dejó de ser una actividad recreativa y se convirtió en una rutina exigente, con objetivos cada vez más importantes.

El chico que había comenzado acompañando a su padre a nadar empezaba a construir una carrera deportiva.

A los 15 años llegó su debut internacional en el Parapanamericano Juvenil de Colombia. En ese torneo recibió su primera clasificación internacional, dentro de la categoría 7, y quedó ubicado entre los primeros 16 del mundo de su categoría. Ese resultado le abrió nuevas puertas y lo acercó a competencias de mayor nivel.

A partir de entonces, las convocatorias a la selección argentina se volvieron cada vez más frecuentes. También aparecieron los viajes, los entrenamientos intensos y la posibilidad de representar al país. Matías dejó de ser solamente un joven con talento para convertirse en un deportista con un proyecto de vida.

Sin embargo, la decisión de dedicarse por completo a la natación no fue inmediata. Durante su infancia, sus sueños estaban relacionados con la ciencia. Le gustaba la biología y quería convertirse en científico. A los 17 años ingresó a la universidad y comenzó a estudiar una carrera que parecía marcar su futuro.

Pero la natación comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante.

Antes de los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, Matías tuvo un mal torneo en Brasil. En lugar de abandonar, decidió entrenar más. Para poder dedicarle mayor tiempo a la preparación, dejó dos materias de la facultad, aunque continuó estudiando y aprobó las demás.

En Guadalajara consiguió una marca extraordinaria. Ese resultado fue un punto de inflexión. Por primera vez sintió con claridad que el alto rendimiento era el camino que quería seguir. La decisión no fue sencilla, pero contó con el apoyo de su familia. Entonces dejó temporalmente los estudios y comenzó a dedicarse por completo a la natación.

Además del aspecto deportivo, la pileta representaba para él un espacio de inclusión. Matías recuerda que podía entrenar junto a otros compañeros, dentro de un mismo equipo. En una época en la que la distancia entre las personas con discapacidad y las personas sin discapacidad era mucho más grande, el agua le permitió sentirse parte de un grupo.

Representar a la Argentina se convirtió en una de las motivaciones más importantes de su carrera. En Guadalajara 2011 consiguió la medalla de plata en su categoría, detrás de otro argentino que obtuvo el oro.

Sin embargo, el resultado no fue lo único que quedó grabado en su memoria. Escuchar el himno argentino en otro país, frente a la bandera celeste y blanca, fue una experiencia que describió como difícil de explicar. Para Matías, no hay orgullo más grande que representar al país y saber que ese momento también es posible gracias al esfuerzo de un deportista.

Años después llegó el momento más importante de su carrera: los Juegos Paralímpicos de Tokio.

La competencia se disputó en 2021, después de haber sido postergada por la pandemia. Cuando Matías terminó la carrera y supo que había conseguido el segundo puesto, sintió que estaba viviendo algo difícil de creer.

Durante la entrevista comparó esa sensación con la de “Goku en su nube voladora”. La referencia al personaje de Dragon Ball refleja la alegría y la emoción que experimentó. Según contó, durante varios meses le costó volver a la realidad después de semejante logro.

Después de la competencia tuvo que pasar por la zona de entrevistas y responder preguntas en inglés. Más tarde, cuando llegó al vestuario, las emociones lo desbordaron y comenzó a llorar. Sus compañeros, entrenadores y técnicos se acercaron para abrazarlo y compartir ese momento.

En medio de la celebración, Matías pensó en las personas que lo habían acompañado durante todo el proceso. Llamó a su familia, a su kinesiólogo Facundo, a integrantes del club y a su entrenador. Antes de disfrutar completamente de la medalla, quiso compartirla con quienes habían sido parte del camino.

Durante la pandemia, ese apoyo había sido fundamental. En los meses previos a Tokio, familiares, amigos y miembros de su equipo respetaron cuidados similares a los que seguía él. Evitaban salir y se cuidaban para no poner en riesgo la preparación olímpica.

Por eso, Matías entiende que aquella medalla no fue solamente suya. Detrás de un logro individual había muchas personas que ayudaron a hacerlo posible. El esfuerzo de su entorno, la confianza de sus compañeros y los años de entrenamiento también formaron parte de aquella plata paralímpica.

Pero su carrera no estuvo compuesta únicamente por triunfos.

En los Juegos de Río 2016 atravesó uno de los momentos más difíciles de su trayectoria. Llegaba con buenas expectativas, después de una preparación exigente y de varios resultados importantes. Sin embargo, una tendinopatía que arrastraba desde meses antes complicó su participación.

A la lesión se sumó la presión de la competencia. Matías sintió que no pudo mostrar su mejor versión. Nadó un tiempo muy malo y quedó afuera de la final.

La derrota lo golpeó profundamente. Durante un tiempo sintió que les había fallado a todos. Estuvo entre dos y tres meses fuera del agua, algo muy difícil para un deportista acostumbrado a entrenar constantemente. Incluso llegó a pensar en abandonar la natación.

El regreso comenzó en Once Unidos, en Mar del Plata. Allí lo invitaron a entrenar con el equipo y encontró un espacio que le permitió recuperar las ganas. La experiencia lo ayudó a bajar la presión y a entender que el deporte también podía vivirse desde un lugar colectivo.

Con el tiempo, Matías pudo transformar aquella derrota en un aprendizaje. “La mejor versión de uno sale cuando uno se repone de una derrota”, sostuvo durante la entrevista.

Esa frase resume una parte importante de su recorrido. Para él, superar una caída no significa simplemente volver a competir, sino aprender de lo ocurrido, reconocer los errores y encontrar una nueva forma de seguir adelante.

Fuera de la pileta, Matías tiene intereses muy diferentes a los que se relacionan con el alto rendimiento. Durante la pandemia estudió programación en la Universidad Tecnológica Nacional. Esa actividad le permitió despejarse y encontrar otra manera de ocupar su tiempo.

También disfruta de los juegos de estrategia y de cartas. Participa en el ambiente competitivo de Magic, un juego de cartas coleccionables, y llegó a conseguir un top 8 en un torneo nacional. Uno de sus próximos objetivos es ganar ese torneo y, si tiene la posibilidad, viajar a Italia para participar en una competencia internacional.

Los juegos de rol, los videojuegos y los mundos fantásticos también forman parte de sus gustos. Es fanático de El Señor de los Anillos y disfruta de las historias de fantasía. Además, tiene una relación especial con los animales y convive con cobayos desde hace más de diez años.

Su grupo de amigos es reducido, pero importante. Matías no se define como una persona que tiene una gran cantidad de amistades, sino como alguien que cuenta con un grupo de aproximadamente diez personas con las que comparte el día a día.

También tiene novia, maneja un auto y lleva una vida social normal. Esa cotidianeidad convive con una carrera que exige sacrificios, disciplina y muchas horas de entrenamiento. Detrás del atleta que representa a la Argentina hay una persona que disfruta de sus hobbies, sus amigos y las cosas simples.

Actualmente, Matías comienza a pensar en una posible nueva etapa. Su idea es retirarse de la natación profesional después de los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles, aunque todavía no lo considera una decisión completamente cerrada.

La posibilidad de dejar el alto rendimiento no significa abandonar el deporte. Por el contrario, tiene claro que va a continuar haciendo actividad física durante toda su vida. Lo que cambiaría sería la intensidad y el lugar que ocupa la natación dentro de su rutina.

Al mismo tiempo, busca construir un futuro laboral relacionado con la programación. Durante los últimos años estudió, adquirió experiencia y comenzó a ampliar sus contactos. Le interesa crear soluciones, resolver problemas y encontrar un espacio donde pueda desarrollarse profesionalmente.

El cambio representa un desafío. Durante gran parte de su vida, la mayor parte de su energía estuvo puesta en el deporte. Ahora necesita comenzar a pensar en otras metas y en una vida que no esté organizada exclusivamente alrededor de las competencias.

Aun así, la natación seguirá siendo parte de su identidad.

“Voy a hacer deporte toda mi vida”, afirmó. La pileta podrá ocupar un lugar diferente, pero no desaparecerá de su historia. Allí aprendió a competir, a perder, a ganar y a conocerse.

Entre sus principales características, Matías se define como una persona positiva y resolutiva. Intenta encontrar el lado bueno de las situaciones y buscar soluciones cuando aparecen problemas. Esa forma de pensar lo ayudó a superar momentos difíciles y a continuar avanzando.

También se considera resiliente. Las dificultades que atravesó, tanto dentro como fuera del deporte, le enseñaron a recuperarse. Sin embargo, reconoce que su exigencia también puede convertirse en un defecto.

Matías no suele hacer las cosas a medias. Prefiere ir por todo o por nada. Esa mentalidad lo llevó lejos en la natación, pero también puede impedirle disfrutar de algunas actividades. Incluso en los juegos de cartas aparece muchas veces su lado competitivo.

Con el tiempo aprendió que no todo tiene que ser una competencia. También es posible jugar por diversión, disfrutar del momento y desconectarse de las exigencias del alto rendimiento.

La natación le enseñó a conocerse. Para él, el deporte obliga a ser honesto con uno mismo, reconocer los errores y aceptar los aciertos. No alcanza con saber que algo salió bien o mal: también es necesario entender por qué ocurrió.

Ese aprendizaje lo trasladó a otros aspectos de su vida. En los estudios, por ejemplo, aprendió a reconocer qué temas dominaba, cuáles necesitaba repasar y en qué momentos estaba preparado para rendir. El autoconocimiento se convirtió en una herramienta para tomar decisiones.

También comprendió que no siempre conviene actuar desde la impulsividad. Antes de elegir un camino, es importante reconocer cómo se encuentra uno emocionalmente. El deporte le dio herramientas que hoy utiliza en su vida cotidiana.

La historia de Matías De Andrade no es solamente la de un nadador que consiguió una medalla paralímpica. Es también la de una persona que tuvo que aprender a perder antes de poder ganar.

A lo largo del camino atravesó dudas, miedos, sacrificios y momentos en los que pensó que no podía continuar. También tuvo que tomar decisiones importantes, como dejar temporalmente la universidad para dedicarse al alto rendimiento.

Cuando eligió ese camino, sabía que podía haber optado por otra vida. Tal vez una vida con más estabilidad económica o con menos exigencias físicas. Sin embargo, también sabía que, si no intentaba cumplir su sueño, podría arrepentirse durante el resto de su vida.

Por eso decidió arriesgarse.

Hoy no se considera una persona definida solamente por sus logros materiales. Está conforme con la vida que construyó y con las decisiones que tomó. La medalla de Tokio fue una recompensa enorme, pero no es el único resultado que explica su historia.

También lo definen las horas de entrenamiento, las personas que lo acompañaron, la capacidad de volver después de Río 2016 y la decisión de seguir buscando nuevos objetivos.

Su consejo para los demás es sencillo: animarse a perseguir lo que uno quiere. Entregar el cien por ciento y confiar en que la vida puede recompensar ese esfuerzo de alguna manera.

Matías De Andrade todavía tiene desafíos por delante. Mientras se prepara para una posible nueva etapa, sigue siendo aquel chico que encontró en el agua una oportunidad para crecer.

Su historia comenzó en una pileta de Quilmes, pasó por Córdoba y encontró en Mar del Plata un lugar para continuar desarrollándose. Es una historia de esfuerzo, de derrotas, de sueños y de una persona que, a pesar de las dificultades, nunca dejó de intentarlo.

Porque, para Matías, cada brazada no representa solamente un movimiento dentro del agua. También es una forma de avanzar, de superar los obstáculos y de acercarse un poco más a aquello que alguna vez se animó a soñar.




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