El macabro “Cementerio Nuevo” que sólo funcionó dos décadas

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Mar del Plata tuvo un cementerio que fue trazado en terrenos que se inundaban. De su breve vida sólo quedan historias macabras y alguna leyenda.

Ya hemos hablado de los dos primeros cementerios que tuvo Mar del Plata; uno en la Loma de Santa Cecilia y otro en la actual zona de Dorrego al 2900, donde Pedro Luro sepultaba a sus empleados.

Hacia 1881 inauguraron el Cementerio General, hoy de la Loma y prohibieron los enterramientos en otros sitios. Se inició, además, el largo proceso de remoción de las otras dos necrópolis.

Hacia 1912, aparentemente por intereses comerciales, comenzó a proyectarse el trazado de un cementerio que sólo dejaría malos recuerdos,

El arquitecto Roberto Cova nos cuenta que Pedro Olegario Luro (hijo del propulsor de la ciudad) desarrollaba en Playa Grande un emprendimiento inmobiliario que se veía perjudicado por el movimiento funerario que generaba el cementerio.

Entonces, dice Cova, “donó a la Municipalidad las manzanas comprendidas entre lo que hoy es Tres Arroyos, República Árabe Unida, Alberti y Alvarado”, donde fue instalado el “Cementerio Nuevo”.

Algunos familiares de Cova vivían en aquel paraje, donde sólo había chacras y algunos hornos de ladrillos, de modo que creció escuchando oscuros relatos sobre lo que allí ocurría. 

El problema fue que el camposanto estaba en terrenos que se inundaban y –según confirma Cova- las aguas solían practicar macabras exhumaciones que se esparcían en un amplio radio, fuera de la necrópolis.

En 1927, mediante una ordenanza, la Municipalidad inició el proceso de clausura del “Cementerio Nuevo”, fijando plazos para el traslado de restos al de la Loma. Tras sucesivas prórrogas se llegó hasta el año 1932, cuando el predio fue cerrado definitivamente.

La desaparición del camposanto arrastró consigo con la “leyenda de las ánimas” que atemorizaba a los lugareños. Cova dice que algo de cierto hubo. Y confirma que algunas noches, sobre los muros del cementerio, se vieron calaveras iluminadas danzando al son de voces destempladas y de un desgranado acordeón.

Pero toda interpretación sobrenatural sucumbe rápidamente en el relato de Cova, donde no aparecen “ánimas”, sino algunos empleados del cementerio que eran aficionados a las reuniones nocturnas, al canto, a la “verdulera” y, por supuesto, a las bromas macabras.-

Nota extraída del Facebook de Gustavo Visciarelli




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