El esplendor de Angkor

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Por Martín Casanovas

El corazón de Indochina esta lleno de recuerdos. Esta selva abigarrada cubre lo que fue la capital del antiguo Imperio Khmer, una de los mas sofisticadas civilizaciones del sudeste asiático, del que solo quedan como manifiesto, docenas de templos poblados por fantasmas.

 

 

Separados por varios siglos, también se escondieron aquí, tras perder el poder que sometió y cambió para siempre a todo un país, los sanguinarios miembros de la agrupación marxista denominada Khmer Rouge, rumiando su locura maoísta hasta desaparecer absorbidos por la modernidad y la floresta. Por lo que el lugar esta cargado de una energía sobrenatural, que solamente se aplaca por la conjunción de los poderes emanados de la iluminación de Buda y del equilibrio universal propugnado por los dioses indostánicos.

 

 

Estamos en el Reino de Camboya, una monarquía constitucional de historia tan antigua y tormentosa como la de sus hermanos Tigres de Oriente, pero que recién desde hace un par de décadas, disfruta de la estabilidad que le proporcionan sus cosechas de arroz, para prosperar. Su capital es Phnom Pehn, una movida urbe al mejor estilo sudeste asiático, pero no vinimos a conocerla, sino que entramos al país por una ciudad mas turística, portal de las maravillas que encierra la antigua Kampuchea.

 

 

 

Siem Reap, o “la derrota de Siam”, tiene un aeropuerto internacional inesperado, y es un lugar tan lindo, seguro y simpático que su descripción da material para todo otro próximo post, que vendrá pronto; por lo cual imaginemos que parpadeamos y estamos ya caminando por la selva hacia los maravillosos templos de la zona de Angkor.

 

 

 

La capital de la milenaria civilización Khmer, donde vivían cientos de miles de personas, era muy extensa, pero ahora se encuentra sumida en la selva. A partir de que Occidente tomó interés en la zona por su valor arqueológico, se despejaron algunas áreas correspondientes a los edificios mas evidentes, aunque hay estudios realizados por arqueólogos que proyectan las dimensiones reales de la ciudades aledañas, de la que solamente quedan los palacios y templos de piedra, por decenas de kilómetros.

 

 

Nos trasladamos en tuk tuk de un lugar a otro, adelantándonos a los mahout que conducen lentamente sus elefantes somnolientos. Hacen cuarenta y cuatro grados y el aire está inmóvil, atravesado por libélulas y mariposas gigantescas de colores impensados. No pudimos evitar a una horda de turistas que se acercó al templo Bayón, al mismo tiempo que nosotros, mientras caminábamos entre sus piedras grises y sus cientos de torres, pero al parecer nada podía perturbar la serenidad de las gigantescas caras de Buda sonrientes, de labios gruesos, decididas a conservar esa emoción por toda la eternidad. En sus corredores sin techo, vemos algunos altares donde el Iluminado aparece vestido con túnicas naranjas, contemplando en silencio las fuentes donde arden sahumerios y se depositan ofrendas de capullos de loto. El budismo theravada hoy es la principal religión del país, profesada por el noventa y cinco por ciento de la población. Es muy frecuente ver aquí, donde estaba emplazada la antigua ciudadela de Angkor Thom, bajorrelieves antiquísimos con esculturas de Siva, Rama o Vishnú, transformadas en Buda mediante la amputación de brazos excedentes o la colocación diferente de las piernas, como evidencia del cambio religioso que se produjo en el siglo XV, cuando los primeros monjes budistas llegaron desde Sri Lanka y la región se convirtió a este nuevo credo.

 

 

 

Salimos de la fortificada Angkor Thom por la Puerta Norte, y nos internamos en la selva siguiendo una antigua senda natural. Nuestro guía, un local llamado Michael Mithona, uno de las personas mas amables y dispuestos que conocimos en este país, hace que cada tanto nos detengamos y nos quedemos inmóviles, para que apreciemos y no nos perdamos los animales que se manifiestan y desaparecen rápidamente. Así conocemos iguanas de colores, serpientes verdes y calaos. Michael destaca el particular sabor que tiene cada uno de ellos, hasta aún las hormigas y escorpiones, ya que la cocina camboyana no los ignora para nada.

 

 

 

Michael nació hace cuarenta años aunque no los represente, y vivió su infancia en un país dominado por el brote marxista del Khmer Rouge. Esta agrupación que dominó la nación al punto de cambiarle el nombre, hasta fines de los setenta, encabezada por su lider Pol Pot, un personaje de comic con unos llamativos lentes redondos, quien estudió las ideas socialistas en Francia. Él y sus acólitos llevaron a la entonces República de Kampuchea a la miseria, propugnando un régimen económico agrícola excluyente, que comprendió la evacuación de ciudades trasladando la población al campo, y la supresión sistemática de cualquier expresión cultural occidental; hasta los instrumentos musicales de cámara fueron destrozados. La mayoría de los intelectuales de la época fueron desplazados a campos de concentración y asesinados, y la clase rural sobreviviente, soportó una era de pobreza marcial que duró varios años, hasta que el régimen se debilitó, para luego entrar en guerra con Vietnam. Gran parte del territorio camboyano está sembrado de minas que se estan extrayendo con suma dificultad. Michael mismo nos contó, que recuerda haber jugado cuando niño, con armas de guerra que encontraba perdidas en el campo.

 

 

Al tiempo que cavilamos y nos imaginamos lo distinto que pudo haber sido este lugar solamente treinta años antes, cuando hoy es todo calma y belleza, y sonrisas beatíficas de dioses hindúes transformados en Buda por todas partes, aparece ante nosotros la majestuosidad de la ciudad de Preah Khan, “Espada Real”, aún más misteriosa y solitaria, con su templo devorado por la selva. El circuito largo comprende otros templos: Banteai Kdei, Pre Rup, que fueron edificios principales de ciudades desaparecidas. Pasamos por una ermita solitaria, donde unos monjes se encuentran desarrollando su culto, y nos entregan unas pulseras con bendiciones a cambio de una donación. A lo lejos el sol se refleja en las plumas de unos pavos reales que abren sus colas, soberbios.

 

 

Elegimos entre tantos, un templo para recorrer a fondo, y Michael nos espera abajo en la sombra, para no subir por enésima vez las empinadas escaleras que llevan hacia la cima. Trepamos hasta veinte metros del suelo para tener una vista panorámica de la selva circundante, de la que emergen a lo lejos otras torres de arenisca, como volcanes puntiagudos, y descansamos un poco en esa humedad casi palpable que envuelve la floresta como un manto protector. No creo haber estado en un lugar mas escenográfico de película de Indiana Jones en mi vida.

 

 

Nos encontramos con Michael mas adelante, y seguimos recorriendo un camino tortuoso interrumpido por apariciones de animales e insectos, donde los árboles literalmente se comen las antiguas piedras. Nuestro guía no quiere entrar por la puerta principal, para evitar los turistas, por lo que damos un rodeo solitario por una senda cubierta de hojas caídas, hacia una entrada secundaria. Apartamos las enredaderas que cuelgan de una pared y entramos en el templo mas misterioso de todos, Ta Prohm, del siglo XII, dedicado a la diosa de la sabiduría. Este templo, denominado originalmente Rajavihara o “Monasterio Real” , era un lugar donde vivíeron, durante ese siglo, aproximadamente doce mil monjes. Fue uno de los pocos monumentos elegidos por la Ecole Francaise de Extreme Orient para mostrar el estado en que se encontraban los templos antes de ser despejados de las plantas que los cubrían, por lo cual no fue despejado de vegetación, y tiene intactas las raíces de las higueras gigantes retorcidas entre las piedras, como si se estuviera desarrollando una lucha inmóvil entre los dos reinos de la materia. Es impresionante y evocativo, tanto que los franceses decidieron respetarlo porque constituye uno de los ejemplos paisajísticos mas característicos del lugar.

 

 

Deambulamos por sus galerías entre enormes bloques de piedra caídos colonizados por orquídeas y bromelias, mientras Michael nos cuenta la leyenda de un ermitaño que vivió en estas ruinas, cuyo fantasma aparentemente sigue habitándolas.

 

 

Es la hora del almuerzo, y aunque hace demasiado calor, no podemos resistirnos a la tentación de la comida camboyana. Desde el siglo XV, Camboya fue dominada por potencias extranjeras, convirtiéndose en el siglo XIX en un protectorado de Francia. Por lo cual numerosas culturas, y muy especialmente la francesa, influyeron en la ya deliciosa cocina local. Así llegamos al Khmer Cook, un restaurante perdido en la selva aledaña a Angkor Wat, donde elegimos platos típicos en los que se resaltaba el cilantro, la leche de coco y las especias locales.

 

 

Para la tarde quedó el impresionante Angkor Wat, que se considera la estructura religiosa mas grande del mundo, dedicado al dios Vishnú. Este tremplo del siglo XII, que también era un palacio real, fue el único que permaneció habitado por monjes budistas, cuando los demás se encontraron sumergidos en la selva.

 

 

Angkor Wat está rodeado de un foso donde se asoman las flores de loto, y se llega a él a través de una pasarela flanqueada por estatuas de cobras de siete cabezas, que representaban dioses vigilantes. El templo tiene forma cuadrada, y es un laberinto de galerías y pasillos, conectados por escaleras y pasadizos que llevan al centro en un nivel mas elevado, coronado por cinco torres denominadas prasats, que evocan al monte Meru, la morada de los dioses para el hinduísmo. Es un lugar de culto vigente, por lo que a cada paso, pueden verse estatuas de Buda vestidas con túnicas color azafrán, bajo las que reposan incensarios y ofrendas. El edificio es tan grande que la mayor parte del tiempo estamos solos en pasillos interminables y terrazas desiertas.

 

 

Las galerías ofrecen ventanas con vistas increíbles y las paredes están adornadas con frisos que duran cientos de metros, detallando en esculturas las historias mas importantes del panteón hinduísta, y las visiones de miles de bailarinas hindúes o apsaras. Todas estas maravillas se encuentran en restauración por parte de equipos de arqueólogos franceses, alemanes, italianos y japoneses, ocupados en conservar este lugar imposible, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

 

 

Como contraposición a los recuerdos de tiempos confusos y llenos de violencia, hoy reina la paz en este lugar marcado por la historia y el destino, una paz vigilada por los cientos de rostros esculpidos en arenisca, de un Buda sonriente y seguro, que mira el atardecer con los enormes ojos cerrados.

 

 

Recomendaciones:

  • para visitar este lugar, es esencial hacer base en Siem Reap. Como dije antes, es una ciudad pequeña y muy disfrutable, con hotelería para todos los presupuestos, mercados, calles comerciales y todo lo que tiene para dejarnos boquiabiertos una localidad del sudeste asiático. Siem Reap tiene su propio aeropuerto, muy moderno y eficiente, donde hay que gestionar una visa al momento de entrar, por lo que es necesario llevar un par de fotos carnet. Nos hospedamos en el hotel FCC, moderno y tranquilo, con un restaurante excepcional frente al río Siem Reap. Desde allí se puede caminar por la ribera, hasta la zona del antiguo mercado y el divertido barrio de los restaurantes y bares.

 

 

 

  • La zona de los templos está hacia el norte, y es esencial contratar algún tipo de vehículo para llegar: una bicicleta permitirá hacer el paseo con total libertad, un tuk tuk le conferirá algo mas del exotismo del lugar, aunque en ese caso hay que negociar muy bien el costo y lo que comprenderá el paseo ; para billeteras sin restricciones y poco tiempo, un taxi será lo mas apropiado.

 

 

  • Una vez en la zona de los templos, se paga una entrada en un centro de visitas de lo más moderno, donde nos vuelven a sacar fotos y nos entregan un mapa. Para recorrer la totalidad de los templos hacen falta no menos de dos días, pero si tenemos uno solo podemos elegir los principales y tener una muy buena experiencia. Los templos tienen entrada libre, y muchos están tan intactos como los encontraron los exploradores luego de un abandono de siglos, por lo que la sensación de descubrimiento es casi completa.

 

 

  • En los principales templos – Bayón, Ta Prohm y Angkor Wat mismo, no esperemos estar solos; este es un lugar fuertemente turístico y está muy cercano a China y Japón, con lo cual la afluencia de contingentes es alta. Pero los templos son tan grandes y tienen tantos espacios casi secretos, que los fanáticos de la introspección y de la fotografía no van a tener problemas para encontrar sus momentos.

 

 

  • Si bien esta es la mayor atracción de la zona, insisto en que Siem Reap es un lugar que de por sí merece un par de días para disfrutar, aparte de los destinados a Angkor, más aún si uno planifica realizar una excursión al aledaño lago Tonle Sap, para visitar sus aldeas flotantes y criaderos de cocodrilos.

 

 

 

 

 

 



Martín Casanovas

Fotógrafo. Historias de principios del siglo, documentadas fotográficamente... @martincasanovas https://www.facebook.com/martinmcasanovas/


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