Dos tragedias y dos milagros en el temporal de 1920

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Un temporal sorprende a los pescadores marplatenses cerca del mediodía del 12 de julio de 1920. Gran parte de la flota logra ponerse a salvo, pero al caer la noche cuatro lanchas a motor, sin cabina ni protección alguna, no han regresado al puerto.

En la “Jorge Newbery” van cuatro marinos japoneses que las crónicas sólo recuerdan como Maeda, Matuo, Suguiro y Tumari. El quinto tripulante –su nombre no figura- ha soñado con un naufragio y se negó a embarcar. Algunos restos de la lancha aparecerán cerca “de la cantera de Gamba”, hoy playa Waikiki.

La “Siempre María” es capitaneada por Juan Del´Ollio, italiano, padre de ocho hijos. Su hermano Pascual, que peleó en la Gran Guerra y se casó hace 40 días, va con él. Los otros marineros son Tomás Parotti, Juan Pinzón y Pascual Taglio. El mar sólo devolverá un escapulario de Juan, una bolsa con estampitas y un tablón con el número de la lancha: 2216.

Manuel Portavales, Teodoro Sasso y Domingo Simone pescan en la “25 de Mayo”, mar adentro, frente al puerto. La tempestad, más potente que el motor, los arrastra hacía el sur y en el periplo ven que una ola toma de popa y hunde la lancha de los pescadores japoneses.

A las cinco de la tarde el motor de la “25 de Mayo” se detiene por acumulación de agua. Los marineros intentan fondear pero es imposible, de modo que levantan el ancla y deciden capear el temporal. Durante la madrugada, sin provisiones, luchan contra el oleaje, hacen incesantes tareas de achique y se desnudan para estar más livianos en caso de naufragar.

A las cinco de la madrugada ven las luces de Miramar y logran encender el motor, pero las rompientes frustran su intención de varar en la playa. Calculan la cantidad de combustible y se dirigen hacia el Faro. 
Llegan cerca de las 8, hacen señales y son vistos. A unos cien metros de la costa un golpe de ola da vuelta la embarcación y los pescadores empiezan a nadar. Un marinero a caballo se interna en las aguas y les arroja un cabo para auxiliarlos.

Los náufragos reciben ropa y alimentos en el Faro, desde donde ven como el oleaje arroja su embarcación, malherida, sobre la playa.

La cuarta lancha es la “Elisa B”, que con su motor de 30 caballos salió “para mejillones” al mando de Ignacio Sasso. Lo acompañan su hijo César, de 10 años y los marineros Pedro Scanapietra, Mauro Sasso y Vicente Fernández.

El temporal los sorprende 400 metros al norte del Unzué y les arrebata varios enseres. Las olas abren rumbos que Sasso intenta bloquear con estopa. El maquinista coloca su gorra sobre el motor para protegerlo del agua pero sólo consigue atascarlo y cortar su cadena. Quedan a la deriva. El viento cambia y los arrastra mar afuera. 

A la mañana siguiente están seis o siete leguas al sur de Miramar. El niño tiene fiebre, llora y piden pan. Su padre le dice que sólo hay estopa. Que no debe pensar en comer. Que la situación puede durar dos o tres días.

Al promediar la jornada la tormenta amaina y el viento los empuja hacia Mar del Plata. A las diez de la noche están frente a la escollera del puerto y ven la luz de la casilla del sereno. Gritan, pero nadie los escucha. No tienen linternas ni fósforos y han perdido el ancla. En un desesperado e inútil intento, Sasso trata de fabricar una con las rastras de mejillones. La luz de la casilla se apaga. El mar está calmo pero el viento vuelve a empujarlos hacia afuera.

Es 14 de julio y aunque han pasado dos días del temporal, la flota pesquera no deja de buscar a los desaparecidos. (La flota pesquera es un apretado plexo de apellidos, de parientes, de paisanos, de amigos que viven en su barrio de madera y chapas, cerca del puerto).

A media mañana encuentran a la “Elisa B” al norte de Mar del Plata, a dos horas de navegación. El niño César Sasso, con un fuerte cuadro febril, es trasbordado a una lancha que acelera su traslado al puerto.

Otra embarcación se encargará de remolcar a los sobrevivientes. Y el tiempo empezará a transcurrir para que aquel temporal, con sus tragedias y sus milagros, quede lentamente en el olvido.

Este relato se basa en publicaciones del diario La Capital (julio de 1920). No tiene contenido ficcional. Los detalles de la odisea de los sobrevivientes fueron narrados por sus protagonistas en entrevistas periodísticas.

Nota extraída del Facebook de Gustavo Visciarelli




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