Antes de llegar al profesionalismo y vestir la camiseta de la Selección Argentina, Milagros Menéndez dividía su infancia entre el fútbol de barrio y las pistas de karting. La delantera marplatense recuerda sus primeros pasos, los obstáculos que atravesó y el camino que la llevó desde Mar del Plata a jugar en distintos países.
Por Lucía Fernández
Antes de los estadios, los contratos profesionales y la camiseta de la Selección Argentina, Milagros Menéndez era una chica de Mar del Plata que dividía sus días entre el colegio, sus amigos y el deporte. Pero había algo particular en su historia: mientras muchas niñas soñaban con convertirse en futbolistas, ella también encontraba su lugar arriba de un karting. La velocidad, los motores y las pistas formaron parte de su infancia y dejaron una marca que todavía conserva.
“Mi vida en Mar del Plata era muy normal. Iba al colegio, entrenaba y, antes, corría en karting, nada que ver”, recuerda entre risas la delantera marplatense. Su vínculo con el fútbol comenzó de una manera mucho más sencilla. Antes de los clubes y las competencias, estaban las tardes de barrio y los partidos con amigos.
Sus primeros encuentros fueron jugando al “25” con chicos de su barrio. Después llegó la posibilidad de anotarse en la Escuela Bosque Grande, un club de barrio donde comenzó a darle forma a una pasión que, con el tiempo, se convertiría en profesión.
Aquel espacio también fue escenario de sus primeros desafíos. Ser una mujer jugando al fútbol entre varones significaba enfrentarse a miradas de desconfianza. “Los varones siempre te recibían con cara rara porque era una mujer jugando a la pelota”, cuenta. Sin embargo, la respuesta de Milagros no llegó con palabras, sino con la pelota en los pies; cuando demostraba que podía jugar y devolver cada pase, esas miradas cambiaban.
Después de los partidos aparecía un pequeño premio que todavía recuerda: un sándwich para compartir entre quienes habían terminado de jugar. En aquella etapa no había contratos ni grandes estadios pero si había un club barrial, amigos y las ganas de jugar.
Mientras el fútbol empezaba a ocupar cada vez más espacio, el karting continuaba siendo una parte importante de su vida. Allí también había aprendido a competir y a convivir con la presión. Su papá fue una figura fundamental en ese camino. Para él, que su hija corriera era un sueño, y la acompañó durante gran parte de esa experiencia.
Su mamá también estuvo presente en ambos deportes, tanto en el automovilismo como después en el fútbol, cuando Milagros decidió cuál sería finalmente su camino.
El karting no quedó solamente como un recuerdo de infancia. Menéndez llegó a salir campeona en dos oportunidades y consiguió además un tercer puesto en una categoría superior. Uno de los momentos que más recuerda fue la posibilidad de disputar un campeonato argentino, una competencia que reunía a algunos de los mejores pilotos de Sudamérica. Terminó séptima entre 27 kartings.
La experiencia le dejó aprendizajes que luego trasladaría a otra disciplina. La rapidez para reaccionar, la concentración y la necesidad de tomar decisiones en poco tiempo fueron herramientas que encontró tanto arriba de un karting como dentro de una cancha.
Pero había una diferencia que para ella resultaba determinante. El automovilismo y el tenis, otros de los deportes que practicó, eran disciplinas individuales. Y Milagros siempre se sintió atraída por lo contrario: compartir, comunicarse y formar parte de un equipo.
“Soy del deporte colectivo”, explica. Desde chica se reconoce como una persona social y admite que los deportes individuales terminaban por aburrirla. En el fútbol encontró aquello que buscaba: compañeros, decisiones rápidas, reflejos y, sobre todo, un objetivo compartido.
El cambio no fue inmediato ni sencillo, pero poco a poco el fútbol comenzó a ganar terreno. De los partidos en el barrio pasó a competir en niveles cada vez más importantes hasta llegar al profesionalismo.
Uno de los grandes momentos de su carrera llegó con Racing. Después de jugar de manera amateur, Menéndez consiguió firmar su primer contrato profesional con el club de Avellaneda. La firma tuvo un significado especial porque ocurrió poco después de su regreso del Mundial de Francia 2019, torneo en el que representó a la Selección Argentina y convirtió uno de los goles más recordados de aquella participación.
“Fue un sueño cumplido. Estar firmando ahí, justo cuando volví del Mundial, la verdad que fue hermoso”, recuerda.
A partir de entonces, su carrera comenzó a cruzar fronteras. España, Arabia y Brasil fueron algunos de los destinos que formaron parte de su recorrido. Cada experiencia significó un desafío diferente, tanto dentro como fuera de la cancha. Le tocó adaptarse a nuevos lugares, culturas y formas de entender el fútbol.
“En el exterior la verdad que me fue muy bien. Fueron experiencias distintas, tanto en España como en Arabiay en Brasil”, cuenta. Después de ese recorrido, volvió a la Argentina y asegura estar feliz con la decisión.
En ese camino también hubo personas que dejaron una huella. Menéndez tuvo numerosos entrenadores durante su carrera profesional y en la Selección, pero hay uno que recuerda especialmente: Marcelo “Chueco” Acosta, uno de sus primeros técnicos en Mar del Plata.
Más allá de los aspectos futbolísticos, Acosta le dejó una enseñanza que todavía conserva: seguir luchando por los sueños. Es una frase que Milagros llevó consigo durante los diferentes momentos de su carrera y que hoy también intenta transmitirles a sus compañeras y a las jóvenes que recién comienzan.
Porque para ella el fútbol no termina cuando se apaga el partido. Fuera de la cancha busca mantenerse cerca de las personas que estuvieron desde el comienzo. Su familia continúa ocupando un lugar central, al igual que sus amigas y su sobrino.
También encuentra momentos de desconexión en actividades sencillas, como jugar al pádel. Son espacios que le permiten alejarse por un rato de la exigencia del deporte profesional y volver a una rutina más cotidiana.
“Estar con mis amigas es lo que más me llena el alma, estar con mi familia, mi sobrino. Fuera del deporte me saca un poco del caos todo eso”, explica.
Esa necesidad de conservar los pies sobre la tierra aparece también cuando habla de su manera de relacionarse con las demás. Menéndez se define como una persona humilde y asegura que intenta mantener esa característica pese a todo lo que consiguió.
Con sus compañeras busca compartir las experiencias que acumuló durante su carrera, aconsejarlas y ayudarlas cuando puede. No habla desde un lugar de superioridad, sino desde el recorrido de alguien que también tuvo que empezar de cero y atravesar obstáculos para llegar hasta donde está.
Por eso, cuando piensa en el futuro, no necesariamente se imagina sentada en un banco como entrenadora. No se ve como directora técnica, pero sí quiere continuar vinculada al deporte y aportar al crecimiento del fútbol femenino.
Su deseo apunta a generar oportunidades y contribuir a que las nuevas generaciones puedan encontrar un camino que durante mucho tiempo fue más difícil de recorrer.
La historia de Menéndez empezó mucho antes de las grandes canchas. Empezó en Mar del Plata, entre partidos de barrio, un sándwich después de entrenar y las pistas de karting donde aprendió a competir. Allí estuvieron su familia, sus primeros entrenadores y las personas que la ayudaron a construir una carrera que la llevó desde su ciudad hasta la Selección Argentina y distintos países.
Hoy, después de haber recorrido ese camino, su mensaje mantiene la sencillez de aquellos primeros años. A las niñas que sueñan con jugar al fútbol les pide que trabajen por lo que quieren, que no se guarden nada y, sobre todo, que disfruten.
“Siempre tienen que luchar por sus sueños y trabajarlos”, sostiene.
Para Menéndez, disfrutar no es un detalle menor. Es parte fundamental del juego. Porque cuando se pierde esa conexión con aquello que alguna vez hizo soñar, el fútbol deja de ser lo mismo.
Quizás por eso su historia puede resumirse en una idea que une sus dos grandes pasiones: la velocidad. Primero fue la de los motores y las pistas; después, la de las gambetas, las decisiones y los goles. El karting le enseñó a competir, pero el fútbol terminó dándole aquello que siempre había buscado: un equipo, un lugar y un sueño compartido.
