Bitácora de un estudiante

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Encerrado en un departamento, sin ver amigos y lejos de casa. La pandemia trasformó la vida estudiantil en un dispositivo virtual encendido las 24 horas.

por Nicolás Alonso

–Cuidate. Cuídense. No salgan a la calle, y si lo hacen tengan mucho cuidado por favor.
Mi mamá. A más de 200 kilómetros de distancia. En un pueblo. Preocupada por tener a sus hijos lejos, en una ciudad con más de un millón de habitantes donde el virus ya cobraba víctimas.

Jueves 19 de marzo. Las clases no comienzan, hace más de dos semanas que regresé a la ciudad para empezar el último año de la carrera, pero el coronavirus circula por el país y el inicio de la cursada parece atrasarse algunas semanas. Hoy, el presidente de la Nación, Alberto Fernández, anunció por cadena nacional que a partir de las 00 horas comienza la cuarentena obligatoria y queda prohibida la libre circulación de las personas.


Los mensajes llegan uno tras de otro. Mamá, papá, hermano, abuela, amigos, todos hablan de lo mismo y con cierto miedo.
Acá, en el departamento de mi novia no tengo ropa suficiente. Tengo que ir al mío. En el camino observo largas colas fuera de los comercios que denotan cierta paranoia general. En el departamento está mi hermano.
Armo el bolso, agarro ropa como para un mes, nada de invierno, se supone que va a durar hasta fines de marzo, aunque sabemos que no va a ser así.
–¿Agarraste todo? Vamos hasta la esquina así te tomas un taxi. ¿Tenés plata? – No me da tiempo a contestarle que saca su billetera. – Es todo lo que tengo acá, después cuando saque de la tarjeta te doy más.

Viernes 3 de abril. Desencajado. Así estoy. Pasaron dos semanas y maldigo el último día antes de que dictaminen la cuarentena por no haber disfrutado un poco más estar al aire libre. Veo todos los días las mismas paredes desde el departamento interno, no corre ni una brisa de aire, y no entra ni un mísero rayo de sol. Las ventanas me dejan ver el pulmón del edificio, un patio chiquito, las persianas cerradas de los vecinos, y la diva del panorama: la copa de un árbol de la vereda, que me deja ver apenas un pedazo de la avenida Colón, el único lugar en contacto con la vida exterior. Dia y noche. Noche y día. Siempre las mismas paredes, ni una gota de brisa, ni un misero rayo de sol.


Sábado 18 de abril. Ya pasó casi un mes. La cuarentena se extendió por segunda vez hace cuatro días, y los especialistas anunciaron por televisión que el encierro podría durar hasta mediados de mayo, aunque los más pesimistas deducen que se extenderá hasta junio o julio.

El paisaje de todos los días: un pulmón de manzana.

Entre el estudio y el mantenimiento del departamento casi no tengo tiempo para mi familia y amigos, más que alguna que otra charla esporádica por chat. Me preocupan más que nada los que están solos acá en la ciudad.

– Me estoy enloqueciendo. Me levanto a las siete de la mañana y estoy todo el día estudiando. Me la paso renegando solo y hablando con las paredes. – me dice un amigo.
En el grupo nos damos cuenta que la están pasando mal, entonces este fin de semana decidimos que vamos a hacer una videollamada para charlar un rato.
– Comprate algo para tomar que hoy nos juntamos, por ahí jugamos algo.
Entramos a Skype y sonrío. Nos volvemos a ver.


Miércoles 13 de mayo. Ya pasaron varios días, no sé bien en qué fecha andamos, pero lo que sí sé es que el temor y la paranoia por el virus están muy presentes. En mí también. Toco un picaporte, agarro una silla, saco algo de la billetera, y por cualquier cosa, me lavo las manos. Los políticos piden constantemente que nos cuidemos, que respetemos las medidas sanitarias. En medio de todo el calvario hay que salir y afrontar los miedos para poder comer. Barbijo, guantes y un alcohol en aerosol: el kit ideal para afrontar el virus. Casi como un científico o un cirujano me paseo por el supermercado en busca de las reservas. Una especie de sentido arácnido se enciende cuando las personas se me van acercando, pasarles cerca es como un deporte extremo. Agarro los productos con cierto miedo, voy a la cola, mantengo el debido distanciamiento, pago y me voy. Llego al departamento con una bolsa que debo desinfectar rápido. Me desvisto en el pasillo, corro hasta la ducha, y me desinfecto bien. Desinfecto uno por uno todos los productos y listo, otras tres semanas que tengo para mantenerme a salvo.


Lunes 20 de junio. Pasó el primer cuatrimestre, hoy empezaron oficialmente las vacaciones. No hay trabajos ni estudio, pero la sensación es la misma que los últimos meses.
Mis horarios se terminaron de despelotar. Me acostumbré a dormirme a las siete u ocho de la mañana y me despierto cerca de las cinco o seis de la tarde, a veces tengo la suerte de ver una hora de sol. Por más que quisiera no puedo acomodar los horarios. Me acuesto cerca de las 3, lo más temprano posible, pero ya sé que me voy a quedar dando vueltas en la cama varias horas. Es una tortura.


Lo único bueno de “las vacaciones” es que retomé las charlas con mis amigos, puedo tomar unos mates con mi familia por videollamada, y a veces nos damos el lujo de salir a caminar por la costa con mi novia.
Martes 20 de octubre. Ya pasaron siete meses desde que comenzó el confinamiento, y como dijo Alberto Fernández, prácticamente no existe la cuarentena, las calles están igual de transitadas que antes.
La situación se volvió muy difícil, y aunque mi hermano me ayuda económicamente tengo que dar una mano.
Enseguida llamo a mi mamá y le digo que me mande mi bicicleta con el comisionista. Tarda un par de semanas pero llega. Me anoto en una aplicación y comienzo a realizar repartos para Rappi.
Sinceramente gano muy poca plata, pero es algo, además es el trabajo perfecto para acomodar mis horarios de estudio. Al principio me cuesta agarrarle la mano, me pierdo un poco, pero con dos o tres pedidos que hago entiendo lo necesario.


Generalmente suelo salir los fines de semana, cuando tengo tiempo. Voy y vengo en mi bicicleta para todos lados. Termino las jornadas agotado, pero contento de poder hacer unos pesos.
La pandemia es dura. La convivencia es buena, obviamente con alguna que otra discusión, pero igual fueron más de 7 meses con buena compañía. Ya no pienso tanto en recibirme, solamente quiero volver a mi casa, abrazar a mi familia, a mis amigos, a mi perro. Ya es hora.




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