Cada 25 de septiembre se conmemora la muerte de Alejandra Pizarnik, la poeta maldita que supo transformar el dolor y la desesperación en belleza.

Es un domingo lúgubre y solitario, como todos los domingos de su corta vida, en realidad, todos los días lo son, pero el séptimo día de la semana se acentúa aún más.
Es un domingo situado en los años 50, y ella siente vergüenza, propia y ajena ante su soledad, nadie la pasa a buscar, nadie la invita al cine o a beber un refresco al bar, pasa los sábados y domingos sola en su habitación. Sus padres piensan que debería ser un poco más como su hermana, la que es delgada, no tiene acné ni tartamudea al hablar, la de rostro angelado, que quiere ser una señorita de casa, recatada y discreta, educada y femenina, pero no. Ella es Alejandra, en esa época más conocida por su entorno cercano como “Buma” o “Flora”, la joven mal hablada de su colegio a la cual las madres de sus compañeras detestan, que fuma a escondidas en el baño mientras se ahoga debido al asma, usa el cabello corto y lleva un sweater de hombre, estrafalaria y de apariencia desaliñada.
Ella está esperando ahora a que sus padres hagan su salida habitual de dos a seis de la tarde para poder tener la casa sola e invertir su tiempo en abstraerse de la realidad y soñar con que es una cantante famosa, mientras canta con voz baja y desafinada chansones francesas o blues de Johnny Ray o Frakie Laine, se escuchan pasos y ruidos de muebles, quizás ella esté bailando también, la audiencia aplaude eufórica desde el imaginario de la joven y desde el departamento de Avellaneda, en donde vive la familia de inmigrantes ucranianos-judíos llamados Pizarnik.
La joven, apasionada desde pequeña con la literatura, tiene en su habitación una biblioteca que crece día a día, con sus autores selectos, la mayoría de ellos son franceses malditos, como Rimbaud, Nerval, Baudelaire, Artaud y Mallarmé, también está el novelista Proust y un clásico de la literatura como lo es James Joyce, entre muchos otros, variando entre las temáticas de poesía, novelas, existencialismo y filosofía. Entre los libros se mezclan los discos, colillas de cigarrillos, fotografías de John Wayne y Gregory Peck, el winco de uso diario contra paredes escritas, fotografías pegadas y un poster de Gèrard Philipe, el gran amor platónico de su vida. Allí se junta cada tanto con algún que otro amigo a beber whiskies y hablar durante horas sobre su sueño de viajar a París.
En un punto de la adolescencia, Alejandra se percibe dividida de sí misma, comienza a contradecirse en sus actitudes, pensamientos y sentimientos, y a plasmar en sus obras esta característica de hablar fuera de su persona o de otra aparte de ella. Muchas personas, posteriormente, asociaron estas particularidades con esquizofrenia o trastorno de personalidad, pero especialistas aseguran que se trataba de una “lucidez extrema”, de una “chica prodigio”.
Y no fue el único aspecto en que la poeta chocaba completamente, sino también había rasgos de su personalidad fuertemente opuestas, cuando no era una joven insegura, tímida y callada como un pichón temeroso, era la chica brava del colegio, suelta y confrontadora, que, bromeaba con un sentido del humor picante y sin cuidado de las palabrotas. Siempre un extremo o el otro, Alejandra jamás conoció la tibieza.
Lo que se pudo saber con certeza es que Alejandra padecía depresión y ansiedad, por tal motivo y por varias experiencias negativas tenía una personalidad pesimista y una percepción de sí misma decadente, se sentía una mujer fea y estaba muy molesta con su cuerpo, se mataba de hambre para bajar de peso y hasta se volvió adicta a las anfetaminas. La tartamudez, el asma y la piel destruida por el acné no ayudaban mucho a la joven a elevar su autoestima, tampoco que la hermana fuera el ejemplo de mujer perfecta, hecho que tanto remarcaron sus padres.
Tampoco es que ella hiciera mucho por su apariencia, tenía un look que se podría describir como “despreocupado”, jamás usó maquillaje y su vestimenta era llamativamente desaliñada, un outfit cotidiano de Alejandra se podía ver de la siguiente manera: pollera tableada escocesa, polera verde y mocasines marrones con medias tres cuarto amarillas o rojas.
A medida que creció se convirtió en un personaje magnífico, captaba la atención de cualquier persona, su manera de expresarse era poética y su voz era como la de una actriz de cine, elocuente y pasional, muy ronca, con un acento que se mezclaba con su tartamudez y que generaba la sensación de una voz extranjera, una criatura absolutamente exótica.
La poeta, a pesar de todo y sobre todo en su juventud, siempre tuvo el deseo de sobresalir y triunfar en la vida, se matriculó en Filosofía en la universidad de Buenos Aires, en Letras, en la Escuela de Periodismo, llegó a cubrir como reportera el Festival de Cine en Mar del Plata en el año 1955, pero luego abandonó la carrera para priorizar su escritura, al igual que a lo largo de su vida tuvo algunos trabajos temporales que llego a odiar porque le quitaban el tiempo para lo que ella realmente quería hacer, escribir.
“Rompe otro poco de mi corazón ahora, cariño, yeah, yeah, yeah” ¿Cuantas veces habrá cantado Alejandra esta estrofa de Piece Of My Heart de Janis Joplin? ella amaba a la cantante de blues e incluso le escribió un poema para ella titulado “Para Janis Joplin” en donde cita la frase “A cantar dulce y a morirse luego”. No era para sorprenderse que Alejandra se sintiera identificada con mujeres rotas y abandonadas, mucho menos luego de que se enamorara de su profesor universitario y este mismo la rechazara, Juan Jacobo Bajarlia era el profesor de Literatura Moderna, con quien la poeta mantenía largas conversaciones y él la instruía hacia nuevos horizontes literarios, también fue una de las primeras personas a las que Alejandra se atrevió a mostrarle sus poesías y él la ayudó a corregir sus textos e incluso le presentó a su primer editor.
Se cuenta que una noche Alejandra, luego de una fuerte discusión con su madre tomó una pequeña valija con sus pertenencias y se fue de su casa para buscar al profesor Bajarlìa y pedirle que se casara con ella, a lo cual, al señor le pareció un arrebato de locura y la rechazó. En cuanto al amor, Alejandra no tuvo suerte, en sus romances tanto con hombres como con mujeres, al final del día, solo estaba enamorada de su poesía, un lugar seguro donde siempre podía ser ella, volcar todo su llanto y veneno y esta jamás la dejaría.
Su poesía, hermanada con la muerte desde su inicio, íntima, surrealista, breve y al hueso, fue lo que la convirtió en una figura de culto entre las letras hispanas y en una autora fundamental en la literatura argentina.
Entre los amores y desamores, el alcohol y el cigarrillo, la música y las pastillas, Alejandra se consumó como una verdadera poeta maldita y se fue de esta tierra a los 36 años con su último escrito “No quiero ir nada más que hasta el fondo”, el 25 de septiembre de 1972 luego de haber tenido anteriormente dos intentos de suicido.
Por Evelyn Marzoa/ Periodismo Gráfico III
