Abuelos en pandemia

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Los adultos mayores tuvieron que adaptarse a una nueva vida, sin salir, sin ver a sus familiares. Una crónica sobre los cuidados de un matrimonio que ve pasar el mundo a través de una ventana.

por Gonzalo Fernández

Todos los días preguntan por Sole y por Andrés, mis hermanos que estudian en Tandil. Para ellos es como si estuvieran del otro lado del charco, lejos. Suelen hacer videollamadas. Mi abuelo es tan inocente que por momentos toca la pantalla del celular para acariciarles la cara.


Raúl se levanta, se toma unos mates con Teresa. Se quedan en el living toda la mañana hasta que toca cocinar. Él, sentado en la ventana, observa cómo las personas, en menor cantidad que antes, caminan por la calle.
La casa de mis abuelos está al lado de la mía. Raúl, de 95 años, y Teresa, de 84, viven como si tuvieran COVID-19. El único dialogo que tienen con nosotros sucede cuando le llevamos las compras. Las charlas de fútbol, de automovilismo, de la vida, de abuelo a nieto quedaron en el recuerdo por tiempo indeterminado.


Una vez por semana voy a afeitarlo, generalmente los sábados. La primera vez fui con mucho miedo. Tiene una piel sensible y no sabía si lo iba a lastimar.
-Apretá sin miedo, hermano- me decía mi abuelo.
Me costó dos o tres afeitadas sacarme el miedo, pero hoy ya es costumbre y lo hago tranquilo. Raúl primero tantea si la temperatura del agua es correcta: le gusta que esté bien caliente. Después le paso espuma. Al finalizar, se toca la cara para decirme si faltó algún lugar. Por último, le pide a mi abuela que me pague por el servicio. Lo de siempre, bromeo que me paga poco, él me dice que no tiene más y yo le digo que lo hago de favor. Que no se haga drama.


Suele preguntarme sobre la pandemia, sobre la gente que camina con un coso en la boca. Para Raúl, un partido más que luchar. Todavía no entiende bien qué es lo que vivimos día a día con el coronavirus. Mi abuela Teresa, su compañera de siempre, es la que más sufre. Mira todo el día la televisión, esos programas que no informan, trasmiten miedo.
Antes, se levantaban temprano. Ahora, no tienen horario, ni siquiera para almorzar.


La sensación de no abrazarse con sus nietos e hijos. De jugar al truco. De cargarnos con River y Boca. De ser felices. Todo eso ya no está. Mi mamá tiene miedo de perderlos. Está claro. Me lo demuestra a menudo y es algo con lo que trato de lidiar. No hablamos de lo que se vive afuera.
Las autoridades sanitarias manifestaron en agosto que el promedio de la tasa de letalidad de COVID-19 en Argentina se mantiene en 1,9 por ciento, y en los mayores de 60 años es de 10,5.
No quiero que se muera mi abuelo. Susana, mi mamá, todos los días se preocupa al ver la tele la cantidad de nuevos contagiados. En Balcarce, en el mes de septiembre, aparecieron más de 300 casos. A mi mamá le da miedo que salga a la calle, tanto al gimnasio o hacer deportes al aire libre.


Todos los días Susana habla con su hermano Raúl, que vive en el campo, a 30km de la ciudad. Mientras hace costuras para los clientes, charlan de sus padres, de la pandemia. Mi tío viene los fines de semana a almorzar y pasar tiempo con ellos. También los lleva al campo a comer un asado y a despejarse. Para ellos es una paz volver al lugar donde se criaron.
El 15 de septiembre fue el cumple 95 de mi abuelo. Mis hermanos, desde Tandil, hicieron una videollamada y se emocionó.


-Que linda que estás Sole- le dijo a mi hermana con los ojos vidriosos
La emoción de ver a sus nietos a través de una pantalla le alegró el día. Hace cuatro meses que no los ve y todos los días pregunta cuando vendrán.
Comimos un asado que hizo mi tío. En la parrilla no podía faltar un pedazo de lechón que siempre pide mi abuelo. En el cumpleaños faltaban mis primos, Sole y Andrés. Pero eso no iba a impedir que después del asado y el postre juguemos al truco con mi abuelo. Las mañas para el truco no las perdió nunca y hasta hoy es difícil ganarle.


Volvió la Copa Libertadores. El fútbol y River para mi abuelo son todo. Al otro día fui a visitarlo y gastarlo por el 2-2 frente a San Pablo de Brasil y la victoria de Boca. Llegué a la casa y ya me miró riéndose. Extrañaba esos días de cargadas.
Siempre que voy está sentado al lado de su andador azul y su botella de agua. Aprovecho para decirle que camine, que no sea mañero y ejercite el cuerpo. Cada vez arrastra más la pierna derecha, le cuesta levantarla.


Hace unos días, me llamó Giselle, mi prima, que vive pegado a lo de mis abuelos.
-Se cayó el abuelo vení a levantarlo- Me dijo asustada.
Llegué y estaba de rodillas abrazado al andador. Entre mi abuela y mi prima no podían levantarlo. Se cayó porque no ejercita la pierna que tiene más jodida por el ACV.

El fin de semana, Teresa me invitó a ver la carrera con él. Compró un pollo con papas fritas. Hablamos de los pilotos, del circuito y de la poca gente que había en boxes. Después, como de costumbre, se fue a dormir. Es muy estricto con el horario para las comidas y la siesta. Mi abuela reniega con él porque no puede hacer todo. Él le recrimina la hora de la comida. A veces va mamá a cocinarles o mi prima cuando mi abuela se siente mal.
Mi mamá está asustada, aparecieron 29 casos en un geriátrico. La situación en Balcarce empeoró, pero la gente anda igual en la calle. El intendente, Esteban Reino, redujo hasta las 18 el horario de los comercios y prohibió las reuniones en las casas.


Raúl y Teresa trabajaron siempre en el campo. Mi mamá me contó que él siempre cumplía a rajatabla los horarios para comer y dormir la siesta. Mi abuela ya tenía lista la comida cuando él llegaba a caballo. Propio de la época en la que se criaron: mis abuelos tienen una mentalidad muy machista.
Mi tío me contó el día que sufrió el ACV a Raúl. Mi abuelo tenía 65 años.
-Estábamos en casa y papá se fue a trabajar a la sierra a caballo. A las pocas horas estaba oscureciendo y él no venía. Fuimos a buscarlo porque sabíamos que algo le había pasado, hasta que lo encontramos tirado al lado del caballo. Fue desesperante todo el camino hasta el hospital- me contó mi tío con un nudo en la garganta.


Raúl estuvo internado un mes y medio en el Clínica de Balcarce. Perdió el habla y la movilidad en la parte izquierda del cuerpo. Mi mamá y mi tío no durmieron hasta que le dieron el alta. Para la rehabilitación fue a la kinesióloga y a la fonoaudióloga.
-No paraba de rezar todas las noches- me contaba mamá
Los primeros días en la casa lo sentaban en un sillón y de ahí lo sacaban al patio para que se despejara. Con el tiempo, volvió a jugar a las bochas con sus amigos.


Las secuelas de la enfermedad le impiden caminar bien. La mano y la pierna es lo que más le cuesta mover. Hace unos años tenía en el patio una quinta, cultivaba de todo, se la pasaba todas las tardes con la boina, su silla y la azada para remover la tierra.
Mi abuelo le ganó al ACV. Superar la pandemia será un partido más de bochas.




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