Sin Tirar la Toalla – Por Pablo Salom Pita

261

Trabajo ganador de 2do Año del concurso “Historias Mínimas” en DeporTEA Mar del Plata.

SIN TIRAR LA TOALLA

Tanto maneja la cuchara de albañil como se pone el ambo de radiólogo. Dicen que todavía hay quien le tiene miedo sobre la lona. Fue padre desde tan joven, que algunos de sus siete hijos parecen sus hermanos. Tras una vida de superación, Jorge Cabrera sonríe y piensa en continuar haciéndolo.

La Magdalena

“A mis 8 años, mi mamá nos abandonó”, cuenta Jorge Cabrera, quien de chico tuvo una vida “difícil” junto a su padre y sus cuatro hermanos menores. “Mi madre limpiaba casas y, a veces, cuando aparecían changas en el pueblo, lo ayudaba a mi papá y hacía las veces de peón de albañil”. Cuando ella los abandonó, Jorge no sólo tuvo que aprender a cocinar y a lavar la ropa, sino también a anteponer la cuchara de albañil a los libros.

De su pueblo, Pirán, guarda muy buenos recuerdos, como el poder estar hasta las once de la noche jugando con sus amigos en la plaza. “Los vecinos te decían que era hora de irse a dormir y todos te miraban en esas seis o siete cuadras que volvieras seguro a tu casa”, comenta mientras sonríe.

Con nueve años y trabajando de lo que pudiera, su regularidad en el colegio comenzó a verse afectada: “Me dormía, llegaba tarde, no presentaba la tarea a tiempo, era difícil para mí poder hacer las dos cosas a esa edad”, rememora Cabrera, y saca a flote recuerdos que ya no lo abandonarán:  “Una vez la maestra me vio llegar al colegio en invierno sin medias y ella me lavó los pies y me regaló un par nuevo”, y continuó, “El cariño que me daba era el que me faltaba de parte de mi mamá”.

Nadie es perfecto

Durante su infancia, Jorge convivió con un padre adicto a las apuestas: “Recuerdo que en ocasiones venía con un auto nuevo o las escrituras de una chacra o los bolsillos rebalsando de plata. Al otro día volvía caminando sin el saco que se había puesto”. Por eso no era raro que su padre lo hubiera perdido todo en el juego y que él y sus hermanos no tuvieran para comer.

La falta de oportunidades los llevó a Mar del Plata. Durante el viaje, con sólo diez años, vivió una situación traumática: su papá intentó quitarse la vida. La idea era hundirse con camioneta y todo en el arroyo. Pero omitió un detalle: sus hijos iban a hundirse con él. De milagro, se salvaron todos: “Me acuerdo de sacar la cabeza de mi papá afuera del agua, para que respirara. Por suerte, la gente que pasaba por la ruta nos rescató a los cinco”.

Después de tres meses, el psiquiatra le dio el alta médica a un padre arrepentido y avergonzado. Pero la familia se conservaba unida, esta vez en casa de la abuela.

Guantes arriba

Un día, a los catorce, lo llevaron a un gimnasio donde se entrenaba boxeo. Enseguida averiguó cuál era el precio de las clases. Ya fuera que el manager le vio condiciones o simplemente porque quería ayudarlo, le dijo que viniera una semana a practicar: “Pibe, si tenés condiciones para el boxeo, te entreno gratis”, recuerda entre triste y orgulloso.  “A la mañana trabajaba con mi papá. Después, almorzaba como podía y salía corriendo al gimnasio, me duchaba cuando terminaba de entrenar, trabajaba por la tarde, y a la noche salía otra vez a correr”.

Para debutar a los 15 necesitaba la autorización de sus dos padres. Pero la madre brillaba por su ausencia: “Tuvimos que truchar su firma”, recuerda entre risas.

Meses después tuvo su primera pelea contra un chico que tenía tres victorias encima. Le ganó por KO en el primer round: “Toda mi familia y amigos estaban ahí. Imagináte cómo me sentía cuando los vi que saltaban y gritaban por mí”. Por cada victoria, recibía una suma de dinero que era de gran ayuda para mantener a su gente. Y se podía.

El pibe diez

Trabaja y entrena, entrena y trabaja, entrena, entrena, entrena. Hasta que una neumonía lo manda al hospital. Cuando se recupera, lo primero que hace es volver al ring.  Pero le quedan secuelas: una alergia asmática: “Llegué al tercer round. Sentía que me faltaba el aire, los brazos no me respondían, la potencia no era la misma”, recuerda.

Así tuvo que abandonar la idea que lo obsesionaba: ser boxeador profesional.  “Llegué a 33 victorias e invicto. Estaba muy convencido y apasionado por el boxeo, imagináte que me llamaban “el pibe 10””, cuenta con cierta tristeza. Pero no se desanimó. “Si no se puede hacer algo, hay que encarar para otro lado”-asegura como si sobreponerse se tratara de un mandato familiar o una herencia.

Regreso con gloria

Después de once años, a sus 19, la madre reaparece en casa de la abuela, sin tiempo para reproches: “Lo tomé con mucha aceptación. Sufrí el abandono, pero durante los ocho años que estuvo, siempre me había cuidado con mucho amor”, y agrega: “además, mi padre siempre me decía que no la juzgara, que al final de todo es mi mamá. El viejo nunca nos ensució la mente”.

Si por una parte el oficio lo fue formando de a poco desde lo más básico y ya era un albañil experto en su primera juventud, empezó a sentir la ausencia de esa otra formación que parece obvia en la vida de cualquier chico: terminar la escuela primaria, hacer la secundaria. Por suerte tiene conciencia de que hay algo que abre puertas, algo que le dice mejor que nada quién es: saber. “Pensaba que mi hija en algún momento me pediría ayuda con la tarea y no sé de qué me iba a disfrazar. Eso me hizo decidirme”. Y así fue: en dos años, gracias a un programa de estudio para adultos, había completado su escolaridad.

Todo sirve

En 2002, se entera del programa “Recursos humanos” de Néstor Ibarra en Canal 13, en el cual los participantes contaban sus historias de vida para competir por un trabajo. “No perdía nada, y sentía que lo que había vivido podría darme alguna chance”, explica. Efectivamente, fue uno de los dos ganadores. “De 100 fueron quedando 50, 20, 10 y, finalmente, 2. Nos dieron el mismo empleo, aunque él terminó abandonándolo por problemas personales”, agrega.

Así empezó en un puesto de limpieza en un restaurante de renombre. Por primera vez trabajaba en blanco y se trataba de algo estable. Sin embargo, él sabía que algo le faltaba: “Quería seguir estudiando y sentía que podía hacer las dos cosas”.

Técnica y táctica

No sabe explicar muy bien por qué, pero se decidió por la salud y se propuso convertirse en técnico en Radiología por la Cruz Roja.  Y de pronto, la carrera se le hizo más fácil de lo que esperaba. “Quizás fue porque lo disfrutaba mucho” piensa en voz alta, “quería demostrarme a mí mismo que podía hacerlo”.

Dígame licenciado…

Durante esos años de búsqueda de empleo en la ciudad, todo empeoró. No sólo no podía encontrar trabajo en radiología, sino de cualquier otro tipo. “Estaba muy triste. Llegó un momento en el que pensé que Dios no existía. Había trabajado toda mi vida, estudié y me recibí manteniendo a mis hijos, y la vida parecía darme la espalda”. “Al otro día recibo una llamada por teléfono: un médico del Higa diciéndome que había una oferta de trabajo en el departamento de Radiología. Dios me demostró que yo estaba equivocado. Que sí existe”.

El doctor le había exigido una sola cosa a cambio: “que continuara estudiando. Me dijo que no podía conformarme con un título terciario si de verdad quería ejercer la profesión”.

Para ese entonces, Jorge recibía el nacimiento de su ya séptima hija, pero no podía defraudar al profesional que había confiado en él. “Decidí estudiar para la Licenciatura en Bio-imágenes en la Universidad Nacional de Córdoba, ya que era la única que tenía un sistema de cursada que me permitía estudiar a distancia”, cuenta Jorge. Se trataba de una cursada de 24 horas mensuales presenciales (no podía tener faltas) durante dos años y medio para poder obtener el título.

Los viajes periódicos no fueron un problema para él: “No me importó. La vida me ha puesto cosas peores en el camino. Me puso piedras muy grandes, que yo transformé en escaleras para poder llegar al lugar que quería llegar”, asegura con aire orgulloso. “A veces en micro, otras en coche, de cualquier forma, íbamos. No recuperé una sola materia, y las llevé todas al día”, cuenta con seguridad, “Siempre fui muy perseverante. Además, se trataba de mi formación. Me emocionaba la Universidad… Me quedaba helado por el nivel académico que había. Volvería a hacer el sacrificio”, asegura.

Epílogo

Cualquiera que ande por el Higa lo puede encontrar los días de guardia. Todo el mundo lo conoce porque tanto está sacando una placa a un accidentado en moto como traslada a la par del camillero a alguna abuela o embarazada. Dicen que es difícil agarrarlo de bajón. Más bien está con todas las pilas, esperando salir para agarrar la pala y hacerse la casita.  Tiene tiempo para salir a pescar con sus siete hijos la boga o el pejerrey que se cenará a la noche. Tiempo para decirles que a la vida hay que darle pelea.

 

 

 

Bibliografía

Entrevista a Jorge Cabrera, licenciado en Bio-imágenes y radiólogo en el HIGA.

Entrevista a Jorge Romero, jefe de servicio del departamento de Radiología del HIGA.

Vilà Santasusana, Monserrat (1995) Cap.12 “De la entrevista al reportaje periodístico (o de la lengua oral a la escrita). En: Articles de Didáctica de la Lengua I de la Literatura, num. 6, pp 35-45, octubre.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social Media Auto Publish Powered By : XYZScripts.com