Mi hijo es un Rugbier

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Por Lautaro Boichuk 

 

¿Cómo es ser padre de un Rugbier?

Complicado y difícil pero a su vez, es lo mejor que te puede pasar.

Cuando está en las divisiones juveniles con aproximadamente 14 o 15 años, la semana de un padre comienza con  lunes, martes y jueves llevándolo al gimnasio por la tarde y luego ir al club para que siga el entrenamiento junto a sus compañeros; a pesar de que es una edad muy temprana, el gimnasio es algo muy importante para un deporte con tanto contacto físico.

Que tu hijo sea rugbier, es llegar a tu casa y encontrar como primera medida la marca de los botines embarrados; continuar el trayecto hasta toparte con la camiseta transpirada tirada en el piso, la vista sigue hasta divisar las medias hecha un nudo que sinceramente no dan ánimos de acercarse. La faena termina con una conversación seguida de un inmediato grito de una madre furiosa. Para ponerlos más en situación, imagínense a un chico embarrado de pies a cabeza tirado en el sofá.

 

-¿Qué haces?

-Estoy descansando para ir a bañarme.

El final suele variar, ustedes entenderán.

Tener un hijo Rugbier es estar con frío o calor al costado de la cancha, los días de entrenamiento y partidos. Es una sensación extrema llena de adrenalina y sentimientos variados que pasa uno durante los 80 minutos, la felicidad al entrar a la cancha, la emoción de una jugada, el temor ante un tackle ya sea en ataque o en defensa, y estar desesperado por ver que su hijo se vuelva a poner de pie. Eso es lo que motiva y genera este deporte, siempre volver a pararse y seguir a delante, algo que se transmite a la vida cotidiana.

Uno de los mayores desafíos a enfrentar todos los días es la comida. Nunca lo que se cocine es suficiente para alimentar a la bestia que lleva adentro, abrir la heladera a cada hora y encontrar menos cosas.

Tener un hijo rugbier es aprenderse un reglamento raro que a pesar de conocerlo a la perfección no se le puede reclamar al árbitro perdón “Señor”, cómo los jugadores deben decirle. Es memorizar cada una de las jugadas y lamentarse por dentro cuando no salen o por el contrario celebrar cuando si sucede. Pero sobre todo, es acompañar a un chico en los momentos de felicidad y animarlo en cada lamento y error  luego de un partido.

Ahora mi hijo creció, y dejó de ser un niño para convertirse en hombre y jugar  en el plantel superior de su club.  Pero no crean que nada de lo que describí arriba a cambiado, en lo absoluto. A pesar de que se mudó a su casa, algunas semanas llego a casa para encontrar el camino de la ropa de entrenamiento desde la puerta hasta el sofá. Aprendo nuevas jugadas con el paso de los entrenamientos, y cómo era de esperarse, continuó luchando para alimentar a la bestia.

Sólo les voy a contar una cosa más, ayer me enteré que mi hijo va a ser padre de un varón y así el podrá decir con el mismo orgullo que yo “Mi hijo es un rugbier”. Pero esa es una historia de él.

 




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