Dos refugios – San Carlos de Bariloche

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Por Martin Casanovas

Nadie definió el paisaje de Bariloche como Quino, a través del personaje de la madre de Mafalda, una Marge Simpson de los setenta quien, en un viaje de vacaciones de historieta a este lugar, y ante la sorpresa de su hija al encontrar tantas cosas hermosas juntas, le explicó que Dios se había quedado dormido allí, en el trajín de la plena Creación, cuando se le habían caído del regazo, y ahí mismo habían quedado.

 

 

Una candorosa explicación que no sabemos si pudo convencer a la sabia y agnóstica Mafalda; pero cuando uno llega por primera, o segunda vez, o enésima, a contemplar esas vistas omnicomprensivas y eternas de los lagos del Sur, siente en su interior que algo de eso pudo haber ocurrido.

 

 

 

La Patagonia andina es uno de los primeros lugares que recorrí en mi vida, y la manera y el momento en que llegué por primera vez, hicieron que quedara para siempre, profundamente enamorado de esa combinación geográfica y cultural de Europa y América que también se da en otros lugares del país, pero sólo aquí, de esta forma. Así que, este menos que ningún otro, es un post de  observador imparcial, hecho para disecar una experiencia, sino que esta impregnado de los sentimientos intensos de una primera vez. Las montañas de Bariloche también fueron las primeras montañas que ví, y todavía recuerdo vívidamente como aparecieron, fantasmalmente entre la nevisca que flotaba en el aire una noche de invierno, imposibles luego de tanta estepa, a través del cristal del colectivo, cuando faltaban unos kilómetros para llegar a la ciudad.

 

 

Muchos años después, en mi etapa de mochilero, con amigos ad-hoc comenzamos a planificar sistemáticamente, escapadas y excursiones a lo largo de los Andes patagónicos, no bien la estación y el dinero lo permitían, para explorar a pie aunque sea unos centímetros de mapa. Esto se hizo un ritual de los veranos y otoños, hasta que la vida le dictó a cada uno, un rumbo particular, y cambiaron las formas de todo. En especial, recuerdo esta excursión que unió dos refugios cordilleranos, y que hicimos en un otoño de noventitantos, en los feriados de pascuas. El otoño en Bariloche es muy particular, el tiempo es mas inestable que en el verano, por lo cual te pueden tocar todos los climas, sobre todo en los picos de las montañas donde la meteorología es mas fluida ; eso hace que las sendas y picadas estén bastante mas vacías, obviamente no hay un atisbo del ecosistema de muchedumbres del invierno ; y los nothofagus de los bosques se tiñen de todos los tonos rojizos que uno pueda imaginar. En el aire flota una sensación de paraíso desgastado que llena el espíritu de melancolía.

 

 

Recuerdo que habíamos parado en un hostel con una onda increíble, lo que nos hizo lamentar tener que salir al otro día y tomar el primer colectivo cincuenta, cuando apenas había amanecido. Como les conté, eran los feriados de semana santa, y cuando en la costa se despedía a la playa hasta el año próximo, aquí ya se asentaban las primeras heladas, por más que la flora se empeñara en ignorarlas. Las rosas del camino del faldeo resistían estoicas las ventiscas, como si fueran a vivir para siempre. Luego de los caracoles finales, el colectivo llegó por inercia que otorgan las repeticiones, a la base del Cerro Catedral, en ese momento sumida en el letargo de posguerra que tiene en la temporada baja. Los medios de elevación inmóviles, los restaurantes y hoteles cerrados, ni un alma en las calles, la nieve sólo un recuerdo. Cumpliendo nuestro mandato en silencio, nos dirigimos al estacionamiento vacío, y una vez allí, hacia la izquierda, donde esta el cartel indicativo del comienzo de la picada que lleva al Refugio Frey. En ese momento, el sol de las ocho de la mañana templaba el ambiente y llenaba el bosque de reflejos dorados, y los tábanos aún no se habían despabilado. Acompañados por los alguaciles rojos y negras que te sobrevuelan como un dron en los bosques del sur, comenzamos a transitar las cuatro horas de caminata, para llegar a Frey.

 

 

La picada desde la base del Cerro Catedral al principio no es empinada, y comienza recorriendo la ladera de esta montaña desde donde se tienen a la vista, allá abajo, las aguas oscuras del Lago Gutierrez, el ojo de Dios, como lo llamaban los tehuelches. Unos meses antes de nuestro viaje, la zona había sufrido un incendio, y los árboles que nos rodeaban estaban ennegrecidos y sin hojas.  Recorrimos unos pocos kilómetros de este paisaje transilvano, siempre con el Gutiérrez en el fondo del despeñadero, a paso firme entre los helechos, los pioneros del bosque renovado.

 

 

Llegado un punto, la senda deja de ser un cómodo camino, abandona las vistas panorámicas abiertas de la Pampa de Nahuel Malal, se angosta y se interna en el valle de arroyo Van Titter. El bosque se hace mas profuso, y el camino comienza a ascender. La mochila empieza a pesar un poco, nos detenemos a sacar fotos y notamos que no hay viento, las hojas de los cohihues no se mueven ni un milímetro. Aquí se siente por primera vez el silencio absoluto, solamente interrumpido por el vibrar de las alas de esa especie de libélulas rojas y negras que nos siguen acompañando. Arriba, apareciendo y desapareciendo en los retazos de cielo que dejan ver los árboles añosos, sobrevuela un ave de rapiña.

 

 

 

La senda asciende todo el tiempo, el terreno rocoso esta cubierto de líquenes. Me encuentro una rama caída con un llao-llao mas o menos respetable, y lo guardo de recuerdo. Está en el estante de la biblioteca en el momento en que escribo esto. Tras un rato de marcha, sentimos las aguas frías del arroyo Van Titter que discurren por algún cauce secreto, no muy lejos de donde vamos caminando. Oímos el picoteo rítmico de un pájaro carpintero.  Seguimos caminando hasta que aparece, transparente y frío, resguardado del sol por la floresta. Tomamos el agua para acompañar unas cerealitas, satisfechos de haber llegado en tiempo y forma, a un punto de referencia geográfico que esperábamos. Media hora mas y llegaríamos a la pequeña cabaña construida entre los boulderes del arroyo, bautizada Refugio Petricek, o simplemente Piedritas, donde se podría pasar la noche en una eventualidad. Es una pequeña obra de arte digna de l paisaje marco de un cuento de Tolkien.

 

 

Ya se nota el cansancio, hace tres horas que caminamos y la mochila que antes parecía un apéndice  corporal más, comienza a molestarnos en los hombros y la cintura. El sol esta relativamente alto y el bosque, totalmente despierto. Las rosas mosquetas y los hongos amarillos de la madera húmeda brillan en la espesura, cada tanto aparece una araucaria con su aire de candelabro hebreo, un arrayán que nos saluda en japonés, una mata de cañas colihues recordando que estamos cerca de la selva valdiviana,  Llegado un punto, el terreno se estabiliza un poco y tenemos una panorámica gloriosa del valle del arroyo, y de los filos circundantes, en los que gritan las agujas punzantes que le dieron el nombre al Catedral; la aguja Frey, maciza y monumental, desfila a nuestra izquierda. Vemos una diminuta forma oscura adosada a su costado, un escalador haciendo un último esfuerzo para llegar a la cima; lo vemos levantar los brazos y el viento nos trae su grito de victoria en quien sabe que idioma, como si lo oyéramos en un sueño.  Nos reímos y saludamos, como para acompañarlo en ese momento de plenitud.

 

 

Unos minutos mas tarde, ya se ve el refugio, al alcance de la mano pero todavía lejano. Es una cabaña de dos plantas, con el frente de granito y tejuelas negras, dos pequeñas ventanas simétricas en su primer piso, con las hojas abiertas pintadas de rojo. Una verdadera alegoría centroeuropea allí en el país de las manzanas. Bariloche tiene ese sincretismo cultural que te embelesa y te confunde. En ese momento, no estaba todavía construida la dependencia al frente que hace las veces de cocina y restaurante, por lo que en las fotos aparece la versión original tal como fue inaugurado el 17 de Febrero de 1957. Nos presentamos al refugiero, le encargamos la cena y nos pusimos a tomar mate, mirar todo y descansar un rato. No había mucha gente en ese momento. El refugio sirve de base para quien quiera pasar unos días escalando las agujas cercanas, como el que vimos en el camino. Detrás del mismo se extiende la laguna Tonchek, bautizada en honor al escalador esloveno Tonchek Pangerc. Luego de la subida, es un placer sentarse a contemplar en su espejo, los reflejos de los picos cercanos, desde las grandes piedras que sobresalen del agua. En verano hubiéramos podido bañarnos, dice el refugiero. Pero ahora el calor ya se ha ido, y a la tarde comienza a soplar un viento frío del oeste.

 

 

 

Comimos en la cena el guiso multicultural que sirvió el refugiero, con legumbres de todos los colores y algo de carne, a la media luz que exige la etiqueta de la montaña. La concurrencia era representativa de lo que es el turismo patagónico en temporada veraniega: extranjeros amantes de los paisajes sublimes de montaña envueltos en sofisticados abrigos North Face, escaladores veteranos y novatos, totalmente enfocados en su próximo desafío, y mochileros con distintos niveles de bohemia y modelos de cámara digital. Estuvo bueno conocerlos, compartir experiencias y opiniones, e intercambiar ideas sobre su sentido del mundo.

 

 

 

 

A la mañana siguiente nos levantamos bien temprano, y desayunamos mientras el sol daba de lleno por la ventana del refugio. Teníamos por enfrente un día largo y no lo hicimos esperar mucho, así que ajustamos los cordones de los borceguíes y enfilamos hacia el oeste, hacia la montaña. A la izquierda dejábamos atrás la laguna Tonchek, con sus aguas inmóviles reflejando el refugio y la aguja Frey, contundentes como marco de fondo. La vegetación ha desaparecido, y vamos siguiendo los puntos rojos señalados de una piedra a la otra, por el valle glaciario que los locales denominan Cancha de Fútbol,  hasta que tenemos que empezar a trepar usando las manos. Así, llegamos al espejo de agua de la Laguna Schmoll, lo rodeamos y trepamos hasta el filo del Catedral, donde nos topamos con una panorámica directa de las montañas circundantes. Desde ese lugar puede verse, en un día claro, el rugiente Tronador, separando Argentina de Chile plantado entre los bosques eternos del sur y los glaciares primigenios. Todavía admirados, emprendemos el descenso hacia el valle encantado del arroyo Rucaco.

 

 

A este bucólico lugar se llega después de atravesar un despeñadero bastante empinado e inseguro, donde mas que bajar, uno se desliza entre piedras sueltas jugándose los huesos a cada paso, siguiendo todo el tiempo los puntos rojos de rigor. El premio de una media hora conteniendo la respiración y enfrentando la fuerza de gravedad con pericia, es un paseo por este lugar secreto, donde las lengas achaparradas estaban en su mejor color, desde el amarillo otoñal hasta un rojo encendido. Almorzamos bajo algunos cipreses aislados antes de encarar el segundo filo del día, las estribaciones del cerro Brecha Negra, con su paisaje lunar.

 

 

Ya no tan frescos, ascendimos por la piedra desnuda, veteadas de arbustitos de calafate, interrumpiéndonos nada mas para probar esos frutitos locales de piel violeta, interior blanco y gusto improbable a manzana, las edelweiss de la patagonia. El clima seguía portándose bien, teniendo en cuenta que en esta época del año te pueden sorprender tormentas y lluvias, o simplemente el paisaje se puede llenar de cumulonimbos que ocultan los cerros. Pero todo esto no pasó, y tras un rato de marcha llegamos al segundo filo, donde se nos permitió contenplar, en medio de un paisaje olímpico, allí abajo y como una mancha azul verde oscura entre las lengas de colores, el solitario Lago Jakob. Estábamos cansados, pero nos esperaba otro despeñadero, mas profundo y empinado que el anterior. A medida que bajamos, vamos distinguiendo, en la orilla derecha del lago, pequeñísima pero obvia en la naturaleza, como todas las contrucciones humanas, la forma rectangular del techo a dos aguas del refugio San Martín. Para llegar tuvimos que atravesar el acarreo amenazante, cruzar un confuso mallín y un pequeño bosque de alivio, pero finalmente estaba allí, era real y pudimos tocar a la puerta pintada barnizada impecablemente, de la cabaña, transpirados y cubiertos de polvo, con las mochilas pesadísimas y las medias húmedas.   El refugiero abrió la puerta y con una sonrisa criolla nos dijo: – Los estaba esperando desde que los ví allá arriba; me dieron tiempo para hacerles unas tortas fritas, ya estan listas… Pasen, pasen…

 

 

 

Recomendaciones:

Este recorrido es parte de un glorioso trekking que se hace uniendo, aparte de estos dos refugios mencionados, el refugio Segre, en la Laguna Negra, y el refugio del Cerro Lopez. Nosotros sólo hicimos los dos primeros, porque entre el refugio Jacob y el Segre, existe un paso bastante complicado, y no habíamos ido con guías locales, que es lo ideal, ni con el equipamiento necesario para afrontarlo. En otro viaje conocimos este último refugio mencionado, que está emplazado en un lugar impresionantemente escénico, así como el del Cerro Lopez, que es de mas fácil acceso. Solos o encadenados en un trekking que los recorra, constituyen opciones de caminatas por las montañas cercanas al límite con Chile, que a mi criterio son imperdibles en una visita al Sur. Es recomendable hacerlos en grupo o con un guía, si uno no es un iniciado en tema de las travesías de alta montaña, pero si se tiene un poco de experiencia y precaución, conocerlos de a uno o encadenarlos constituyen una aventura con mayúsculas, por lo menos para mí, habitante de los llanos.

 

 

Pasar la noche en los refugios es posible, siempre que esten abiertos y previa reserva, que es lo mas prudente, pudiendo hacerse desde la pagina refugiofreybariloche.com. En temporada, cuentan con un concesionario que presta los servicios; aparte de pernoctar, se pueden contratar las comidas y tienen agua caliente. En la página de cada refugio esta el tarifario de servicios. El refugio Frey esta abierto todo el año, no así los otros, por lo cual hay que averiguar previamente a emprender la marcha. Se celebran torneos de escalada muy renombrados y muchos otros eventos que congregan amantes de la naturaleza y de los deportes de aventura. Aparte de la necesaria reserva, contactarse con los lugareños es importante porque nos pueden dar consejos y detalles útiles de cada travesía, y en general son gente muy simpática y abierta, por lo menos en mi experiencia.

 

 

Es una triste noticia, pero cabe informar que durante este invierno pasado, el refugio Jacob se quemó, por lo cual la picada por la cual se llega a este lugar, estaría cerrada, recomendando el Club Andino Bariloche no tomarla, ya que estarían en tareas de reconstrucción y peritaje. El edificio fue construido en 1952, habiendo estado en funcionamiento entonces sesenta y cinco años. Sirva esto de humilde homenaje y recordatorio, y ojalá sea reconstruido y la memoria del fuego quede solamente como un mal sueño. Espero que esta nota sea inspiradora para que los que aún no lo han hecho, se animen a recorrer a pie una de los paisajes mas icónicos y singulares de nuestro país.

 

 



Martín Casanovas

Fotógrafo.
Historias de principios del siglo, documentadas fotográficamente…
@martincasanovas
https://www.facebook.com/martinmcasanovas/


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