El camino Inca – Perú

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Por Martín Cassanovas

Esas dieciocho horas de viaje en bus nocturno de línea, desde La Paz, en Bolivia, a la capital histórica del Perú, en plenos años noventa, tuvo para nosotros elementos surrealistas que hacen que lo recordemos como una de las primeras aventuras verdaderas de nuestras vidas. Atravesar el estrecho de Tiquina, en el Lago Titicaca, en un botecito junto a cincuenta personas más, a punto de hundirnos… Bajar el pleno centro de Puno en vísperas del Inti Raymi, rodeados de media ciudad agitando sus trajes típicos multicolores…Presenciar una pelea entre los guardiafronteras de Perú, enmascarados y portando metralletas, con una boliviana que no quería entregar su caja de productos presuntamente contrabandeados… Será obviamente material de otro blog. Ahora el mundo ha cambiado, este tipo de viaje esta de moda y la verdadera aventura solamente puede experimentarse en lugares mucho mas remotos o interdictos del mundo, pero el relato no estaría completo sin esta breve descripción del estado de sorpresa en que nos mantuvimos las semanas que duró nuestro viaje por esa parte del Tahuantinsuyo.

 

 

Las torres de la Catedral

 

Cuzco es una ciudad verdaderamente atemporal y fascinante. Sus calles empedradas de adoquines, donde los edificios españoles están construidos sobre las piedras encajadas e inamovibles de los incas, te transportan por algunos instantes, varios siglos atrás. Al amanecer, los transeúntes son solamente sombras que aparecen y desaparecen en la neblina del Valle Sagrado. Ya cuando el sol se levanta, el ajetreo de sus plazas llenas de turistas fotografiando todo lo posible, y de tranquilos locales que los miran sin comprender, sus mercados abigarrados donde comercian esas mujeres que llevan con orgullo su traje tradicional, las avenidas atestadas que desfiguran la configuración original en forma de puma, pensada por el inca Pachacutec, hacen que el encantamiento se esfume un poco. Pero lo reemplaza el entusiasmo vibrante de una ciudad que se sabe custodia de importantes tesoros culturales y puerta de entrada a una de las mecas de todo viajero que se precie, las ruinas colgantes del imponente Macchu Picchu.

 

La Plaza Mayor

 

El centro histórico se expande alrededor de la Plaza de Armas, donde las iglesias barrocas que la rodean son un atractivo por sí sólo. La Catedral, que esta construida sobre la Casa del Cóndor, es un ejemplo claro del sincretismo y la piedad colonial. Los altares de madera tallada y las pinturas de la escuela cuzqueña, salpicados de láminas de oro, todo ese lujo en nombre de Dios, no alcanzaron a convencer a los descendientes de los incas de las verdades de la nueva fé, ya que siguieron adorando al sol y a la luna en esos edificios verticales y oscuros, construidos sobre sus altares bañados por el sol, mientras asimilaban la nueva cultura. La Compañía de Jesús también se yergue sobre el templo de Amarucancha, o de la Serpiente, y juntamente con la Catedral y la Iglesia del Triunfo, dominan la vista de esta hermosa plaza. Pero donde más se nota el contraste entre el antiguo y el nuevo orden, es en el Convento de Santo Domingo, edificado sobre el antiguo Templo del Sol, Coricancha, el edificio mas sagrado, cuyos muros estaban revestidos, en su momento, integrante de oro.

 

 

Nos quedamos un par de días antes de iniciar el viaje, disfrutando de sus cafés repletos de turistas de todos los lugares del mundo, y del ambiente festivo del Inti Raymi, porque era fines de Junio. Conocimos más gente que en la última década vivida, hablando idiomas impensados a los tumbos, generalmente envalentonados luego del tercer pisco sour. Porque en esa época previa a la internet, la información se transmitía de boca en boca y las anécdotas se contaban cara a cara. De esa forma, fuimos informados por ingleses, advertidos por alemanes, interpelados por holandeses, incomprendidos por orientales y algunos brasileños, los mas divertidos de todos, nos ofrecieron cigarrillos de marihuana. Una tribu multiétnica, multilingue y muticolor, mañana por la mañana, tomaría el tren antes de que saliera el sol, desde la estación cercana a la Iglesia de San Pedro, con destino a la selva.

 

 

La Compañía de Jesús

 

Nos habíamos alojado esos días, en un hotel emplazado en una antigua casona de dos plantas, construida en torno a un amplio patio central, a la manera española, en uno de los barrios mas tradicionales. Seguramente habría pertenecido a alguna familia aristocrática colonial, de la cual solo quedaban los muebles solemnes, quizás porque nadie se había atrevido a moverlos, de tan pesados, y los tapices mestizos con historias de santos de la Conquista, llenos de símbolos precolombinos equívocos. Demasiado lujo para unos mochileros de pocos apellidos peninsulares, así que una madrugada fría, antes de las cinco, salimos hacia la estación del tren, por las calles todavía dormidas, donde nos encontramos a lo sumo con juerguistas tardíos. Los faroles encendidos nos guiaron por esos senderos llenos de fantasmas, a la estación de San Pedro, de donde salía el único tren diario hacia las montañas. Con el boleto comprado el día anterior, ocupamos nuestro lugar en un vagón común. En esa épica no existía el Vistadome y los lujos de Hiram Bingham eran solamente un ideal de sofisticación impensable, así que viajamos con todo el que quisiera subirse. La línea férrea conecta la ciudad de Cuzco con la selva, y por lo tanto con muchos otros pueblos, siendo las estaciones de Aguas Calientes y Puente Ruinas, desde las que se accede a Machu Picchu, solamente dos paradas en su trayecto, así que compartimos el viaje con otros mochileros y muchos locales – familias, trabajadores, comerciantes, etc. que fueron subiendo y bajando ritmicamente a lo largo del trayecto.

 

 

Dado que Cuzco está en un valle, el tren realizó unas idas y venidas para atravesar las primeras colinas, dándonos una visión cada vez mas abarcativa de la ex capital del imperio inca; la Plaza de Armas, con las farolas todavía prendidas, los techos de tejas antiguas, los callejones vacíos de adoquines relucientes, plateados por la humedad de la madrugada. El traqueteo, la penumbra y el estar los tres en un mismo asiento, muy abrigados, hizo que nos adormeciéramos.

 

 

 

Me desperté con la llamada a Ollantaytambo, la última población a la que llegaba el camino en ese momento, por tanto a partir de ahí hasta Machu Picchu y la selva, todo en tren. Subieron mas mochileros, mas locales y en una melange de culturas y propósitos, enlatados y arrastrados por una locomotora vacilante, cambiamos del amarillo del altiplano al verde intenso de la selva.

 

 

El viaje finalizó en el kilómetro 88, en la parada llamada Qoriwayrachina, donde se apeó medio tren, y los pasajeros que quedaban se readueñaron de los vagones semivacíos, con destino Aguas Calientes. Nosotros ya abajo, respiramos el aire de la mañana de los yungas, sabiendo que no había vuelta atrás nos ajustamos los tiradores de las mochilas y emprendimos la marcha, junto con trescientas personas mas, en una fila india cosmopolita, a dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar, por un paisaje típicamente serrano. A nuestro lado pasaban prácticamente corriendo, porteadores locales descalzos cargando dos o tres mochilas cada uno, cuando a nosotros nos faltaba el aire cada tanto, de solo llevar la nuestra. Nos dijeron que el trayecto que nosotros hacíamos en tres días, ellos lo hacían en una tarde, tal era la adaptación física de los locales al entorno.

 

4200 metros sobre el nivel del mar

 

 

 

En el paso de Warmiwayñusca

El primer día no fue tan sufrido ni tan variado, recuerdo que dormimos en un campamento llamado Tres Piedras Blancas. El segundo día fue una verdadera prueba. El ascenso al paso de Warmiwayñusca, a cuatro mil doscientos metros, cargando equipaje y en una tarde, fue una de las cosas mas cansadoras de las que tengo memoria, habiendo sido posible solamente, gracias a los escalones centenarios construidos por los incas, que nos dejaron subir esos mil quinientos metros y luego de un pequeño descanso mirando las cimas de las montañas de igual a igual, nos los hicieron bajar casi en vertical hacia un abismo verde.

 

 

 

 

A partir de este paso, como si se accediera al verdadero país inca, se aparecieron a la vera del camino las ruinas más importantes: Runkurakay Tambo, en el kilómetro veinticuatro, es una espectacular construcción semicircular, sobre un promontorio que parece dominar el abra que acabábamos de atravesar. En ese momento estaba tan atestada de viajeros, que parecía mas bien un pub que un establecimiento preincaico. Contrastaba con la digna serenidad de iglesia de Sayacmarca, construida sobre las nubes, también al borde de un abismo, que pudimos visitar en el silencio de un horizonte azul. Mas adelante, la tarde nos trajo a los cuadrados concéntricos y nebulosos de Phutupayamarca, donde corren todavía hilos de agua por las fuentes de piedra pulida, y a Wiñay Wayna, que cuelga de las montañas como si fuera un exquisito relieve verde. Así, satisfechos de pensar que todo el cansancio valía la pena, llegamos al segundo paso, desde donde se vislumbraba, como una serpiente verde y vibrante, allá abajo, el Vilcanota, tributario del Amazonas, y en un rinconcito permitido por las montañas verticales, las casitas encimadas de Aguas Calientes.

 

 

Runkurakay

 

 

 

 

 

Esa noche de luna llena fue interrrumpida muy rápido. En las casi tinieblas, como obedeciendo a un mandato primario, nos encontramos desarmando las carpas y ajustando las mochilas muy rápido, para retomar el camino. Era como si todo el campamento se hubiera puesto de acuerdo telepáticamente para hacerlo al unísono. Con el malestar personal de no haber dormido suficiente, y un “y ahora que” entre los dientes, los seguí en ayunas y sin pensar, atravesando la neblina sólida anterior al alba, siempre guiados por las losas incas y bajo los árboles cerrados. Recorrimos los últimos kilómetros casi a ciegas, sin ser conscientes de que en los precipicios que se abrían en secreto a centímetros de nuestros pies, caían sin hacer ruido las piedritas que movíamos con los borceguíes, y sin saber tampoco, cuando terminaban esas escaleras resbaladizas que a veces trepamos en cuatro patas, porque no había otra forma de seguir adelante.

 

 

Sayacmarca

 

Sayacmarca

 

Casi a las corridas, llegamos donde nos esperaban inmovilizados por la visión, los primeros que salieron. De las construcciones originales solamente quedaban una serie de columnas rectangulares de piedra y unas terrazas, sobre las cuales todos los demás viajeros estaban congregados, algunos desayunando al fin, otros sacando fotos, otros meditando, pero sobre todo contemplando el valle que se abría a nuestros pies, cubierto por una alfombra de nubes densas y rosadas. Porque habíamos llegado, a la hora señalada, al Intipunku, la antigua Puerta del Sol, y cuando las nubes se levantaron de golpe, como si hubieran estado de acuerdo, el antiguo dios de los Incas bañó con su luz invernal, por un día más, la frágil ciudadela colgada entre dos abismos, y dominada por el icónico Huayna Picchu, que supo guardar en el recuerdo por quinientos años, y que ahora era nuestra.

 

Phutupayamarca

 

 

 

Phutupayamarca

 

Recomendaciones:

  • Dirán lo que dirán; que es más caro, que está lleno de gente, que hace frío … pero la temporada justa para visitarlo es Junio / Julio. La temperatura es la adecuada para caminar, el ambiente es muy alegre y colorido por las festividades, casi todas las noches hay procesiones de santos seguidos por multitudes con velas… Cuzco es encantador en vísperas del Inti Raymi, y muy cosmopolita. Lleno de hoteles, restaurantes y bares, es imposible aburrirse. Todos los días desayunábamos en Bagdad Café, con vista a la Plaza Mayor, pero ahora estan disponibles todas las opciones de la globalización. La oferta de alojamiento oscila entre un convento tranquilo y recoleto, donde se respira todavía un aire de clausura, hasta el hostel mas desordenado para vivir un clima de fiesta.

 

Fuentes de Phutupayamarca

 

El tercer paso

 

  • Las calles son para caminar y perderse. Cerca de la parte antigua se encuentra Sacsayhuamán, una fortaleza que originalmente representaba los dientes y los colmillos, en la configuración de puma de la ciudad. Los museos –de Arte Popular, Casa Concha, Machu Picchu, de Arte Religioso, de Arte Precolombino – muy interesantes y dispuestos, y no menos dotadas de obras de arte, también las iglesias, que resguardan todo tipo de obras del período colonial, guardadas en la penumbra de los sahumerios. Mas allá de la ciudad, Ollantaytambo, Pisac, Chinchero y los demás pueblos del Valle Sagrado son ideales para pasar un día recorriendo la zona, en un ambiente menos urbano.

 

Balcón al Valle del Vilcanota

 

  • Cuzco es famoso en todo el Perú por sus naranjas y por su chocolate, que se vende en todos los grados de pureza en cuanto a cantidad de cacao y de azucar – el mas fuerte es el de cacao puro sin endulzantes, un producto que en la boca parece casi mineral. La comida en general es un tema aparte, es tan característica y deliciosa que ocupa el treinta por ciento de la experiencia en este viaje.

 

 

 

Intipunko

 

  • El viaje a la selva es increible y disfrutable a cada momento. Transítese o no el Camino Inca, es de por sí una aventura memorable. Aguas Calientes es un buen lugar para pasar un día, respirando un aire casi de frontera, rodeado de montañas que no dejan escapar al tiempo.

 

Intipunko

 

  • Y finalmente, Machu Picchu, que esta emplazado en un lugar imponente, y es deslumbrante mas allá de cualquier espectativa preconcebida. Hay quien va a sacar fotos, quien va a meditar, quien va a buscar rastros de los extraterrestres que pudieron haber colaborado en construir esa ciudadela imposible, quien va a sentir de todo y quien no va a sentir nada, como si no tuviera nada de especial. Es cierto que toda la globalización y el turismo comercial que se establecieron para quedarse en Cuzco, Aguas Calientes y en las mismas ruinas, le quitan mucho del encanto original y del silencio, pero el lugar todavía tiene momentos increíbles y es una fuente de inspiración y experiencias. Y si durante el día está muy llena de gente, siempre se puede probar un paseo nocturno, con el marco de los miles de estrellas sobre el cielo tan cercano, como sólo se siente ahí en los Andes.

 



Martín Casanovas

Fotógrafo. Historias de principios del siglo, documentadas fotográficamente... @martincasanovas https://www.facebook.com/martinmcasanovas/


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