De bar en bar en Hvar – Croacia

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Por Martín Casanovas

La costa de Croacia meridional esta guarnecida por una sucesión de islas alargadas y pedregosas, a la manera de bastiones de defensa. Islas que, no obstante ello, no impidieron que esta región estuviera bajo el yugo de cuanta potencia marítima mediterránea haya ocupado más de media página en un libro de historia.

La región se llama Dalmacia desde los tiempos de los romanos, con obvias referencias a los ciento un perros cuyas manchas alargadas recuerdan el ritmo de sus archipiélagos; pero ellos de manera alguna son oriundos de aquí, como oímos decirlo más de una vez a algún croata contrariado.  Cierto es que esta región se conoció primero por el nombre de la raza canina, siendo hasta hace pocos años, un destino improbable en cualquier mapa de viajero donde se hayan clavado menos de veinte tachuelas.

Toda esta zona estuvo más o menos a cubierto de la guerra que oscureció a la ex Yugoeslavia a partir de su desintegación, que empezó con la muerte de Tito: Homeland War, como ellos la llaman en voz baja. Una vez que llegó la paz, el mundo se encontró con cinco nuevos países, listos para ser reexplorados. Asi se instaló en el mapa turístico, definitivamente, la costa antes vedada, que serpentea desde Trieste a Corfú.   Quizás demasiado rapidamente como para que pudieran asimilarlo, este sencillo pueblo, aún confuso y dolido por la guerra, comenzó a tomar conciencia global de la belleza de su tierra, de a poco, tanto que aún les llama la atención nuestro entusiasmo por su naturaleza e historia. El turismo volvió, tímidamente al principio, y luego para quedarse.

 

 

 

Las playas croatas no se caracterizan por ser amplias y arenosas, no. Donde no existe una franja de cantos rodados grises y resbaladizos, el mar azul profundo se puede alcanzar simplemente, con un salto preciso desde las rocas. Pero en la isla de Brac, entre pueblitos de piedra color tiza y tejas naranjas, se encuentra una playa digna de ese nombre: Zlatni Rat, el Cuerno de Oro, una península arenosa en forma de cuña, de unos cientos de metros, que emerge del bosque omnipresente y se sumerge lentamente en el Adriático.

 

 

 

Hay dos opciones para llegar. Si uno esta alojado en el cercano pueblo de Bol, y puede levantarse de alguna mesa de café al borde del mar, debe ir caminando hacia el oeste, lo mas descalzo posible y con un necesario sombrero de paja, porque el sol en Croacia no perdona. En el camino, grava amarilla y romero, se van abandonando las preocupaciones mundanas de a una a la vez. Una vez en la playa, disfrutar. Si uno viene en bote o barco, es una pérdida de tiempo esperar a que fondee cerca de la orilla. Lo mas inteligente es tirarse al agua ahí mismo, y llegar nadando. Según los nativos, el mar de Croacia no tiene tiburones, y es tan transparente que es casi probable que se vean los peces ramoneando las algas en el fondo. Una vez en la playa, disfrutar. Y hacerlo rápido, porque cada temporada que pasa, recibe más turistas, de todos los países… El paisaje de postal de los setenta, de las nueve de la mañana, esta salpicado de veleros, cisnes y flamencos inflables a las dos de la tarde.

 

 

La vida nos regaló unas horas aquí, como parte de una parada de un crucero que recorría el sur, desde Split hasta Dubrovnik. Este día, que empezó muy temprano, con un chapuzón en el mar de vidrio de Bol, se inscribió en la historia con una visita a la isla de Hvar. A la hora del almuerzo, el barco se puso a toda máquina hacia el sur. Antes de encallar en las piedras sumergidas que rodean las islas Paklinski, y en el momento justo, el capitán vestido de blanco, torció el timón  para poner  proa al este; en breve, la vista del puerto, atestado de veleros, nos distrajo mientras terminábamos de masticar el postre.

 

 

Hvar se hizo muy popular desde que lo empezaran a visitar celebridades como Harry Windsor, Beyoncé, bla, bla… No, no! Protesta nuestra guía Madja, detrás de sus lentes de sol marrones y enormes, y bajo su sombrero gondolero, directamente en nuestros oídos a través de los audífonos que nos dieron. Madja es nacida y criada en la zona, tiene licencia para trabajar de guía turístico en Split y Hvar, y lógicamente ama su terruño. Por eso no va a dejar de reivindicar la verdad no escrita por los vencedores. Hvar es importante desde mucho antes. Desde que la revistra Traveller la incluyera entre las diez islas mas hermosas del mundo, junto con Mykonos, Bora Bora, Zanzíbar… No, no. Desde que veraneaba aquí la familia real del Imperio Austrohúngaro? No, no, no. Desde mucho antes.

 

 

 

Mientras abandonamos su Riva y vamos caminando por las callecitas adoquinadas, cuesta arriba, nos cuenta que en esta isla, los griegos fundaron una colonia que se llamaba Pharos. De ahi viene su nombre, ya que Pharos derivó en Hvar o Hvor, como se llama en el dialecto local. Luego de ellos, los romanos, la República de Venecia, la República de Ragusa, los turcos, los franceses, los Habsburgo… Prueba de que fue colonia de tantas entidades, esta plasmada en las casas que nos rodean, donde se evidencian estilos arquitectónicos entremezclados. Esa dependencia política quedó grabada en el carácter de sus habitantes y en general de todo el pueblo Croata, según nos contó nuestra guía. Recalcando como hecho llamativo, una única rebelión producida contra los amos venecianos, durante el siglo XV, por parte del pueblo plebeyo: como a estos se les negaba el acceso, entre otras cosas, a la cultura, arremetieron contra la nobleza con violencia, cortando cabezas y poniéndolas en picas, al mejor estilo George R. R. Martin. Entonces, un sabio príncipe, llamado Piero Semitecolo, entendió su necesidad y entre otras medidas políticas paliativas, les construyó, sobre el edificio del Arsenal, el Teatro Antiguo, que está frente a nosotros.

 

 

 

Vestigios de la edad media hay por todas partes: pozos de agua y de historia, balcones de Julietas y los particulares tirantes de piedra de las casas, en los que se colgaban frente a las ventanas, lienzos humedecidos para enfriar el aire que entraba en los ambientes en el verano implacable. A Madja no se le olvida ni se le mezcla nada, mientras evoca y al mismo tiempo exorciza los fantasmas del pasado. Las horas de playa se escapan como arena (que no hay aquí) entre los dedos abiertos. Algunos turistas van volviendo a sus hoteles, otros toman tragos livianos en los cafés y los mas impacientes estan vestidos para la noche. Frente a los monasterios e iglesias sempiternos, la indolencia de los adolescentes tardíos de toda Europa, que llevan puesto lo que la moda todavía no grita sino que susurra. Porque es sabido que todo el mundo quiere estar, en este momento, en Hvar.

 

 

 

Con un amplio ademán, nos indica que esta plaza en donde estamos, es la más grande de Croacia, y se llama San Esteban. Es un espacio ganado al mar al mejor estilo de Venecia. Ahora esta flanqueada de restaurantes y repleta de mesas, que se van a llenar cuando el sol caiga. Nos muestra que la Catedral, resplandeciente en piedra blanca, tiene dos puertas; la puerta por la que entraban los nobles, con su zócalo intacto, y la puerta por donde entraban los plebeyos, con su zócalo gastado por el roce de tantos pies… Su historia de desigualdades continúa mientras cruzamos hacia el otro lado de la ciudad, donde las calles ascienden hasta el Fuerte de Napoléon.

 

 

Madja se la ve venir, y nos deja a nuestra suerte, porque ya cae la noche. En cada arcada hay un restaurante, y de cada puerta salen chicos con remeras negras, que llevan tragos de a cinco o seis, a la gente de entre veinte y treinta, sentada en mesas, en escalones, en almohadones directamente sobre el suelo. La música electrónica se entremezcla sin respeto. Por el malecón, chicos suecos se ladean como raperos afroamericanos, con sus lentes espejados fuera de horario, y chicas de todos lados se resbalan en tacones altísimos, sobre los adoquines pulidos. Hvar ha pasado del sol glamuroso y la quietud de la tarde mediterránea, a representar su papel de estrella de la Costa Dálmata, papel que sólo podrá disputarle, salvando las distancias, la otra imperdible Perla del Adriático, Dubrovnik.

 

 

Recomendaciones:

  • El punto continental mas cercano a la isla de Hvar, en términos de transporte, es la ciudad de Split. En temporada alta hay varios ferries desde esta ciudad; la empresa que hace el viaje con mejores horarios y mas directo, es Hvar Ferries, cuyo horario de salida es a las 07:40 y el de regreso a las 19:45, a Split, lo cual representa, si uno esta   albergado allí, una excelente excursión por el día.

 

  • En todo caso, Hvar también es un buen lugar para quedarse unas cuantas noches. Hay hoteles de todas las clases y como alternativa, la ciudad esta salpicada de departamentos o ambientes en alquiler, señalados con pequeños carteles azules, que indican su categoría en estrellas. El precio y la disponibilidad van a estar dados por la época del año, porque durante el verano es EL lugar en Croacia. También hay que tener en cuenta al momento de elegirlos, la cercanía al barrio de los bares, que sube la colina desde la calle Fabrika. Por la zona de las playas hay muchos apartamentos, hoteles y algún resort. Estos lugares quedan a pasos del centro, valiendo la pena entonces, si uno busca eso, aceptar un poco de lejanía, a cambio de un entorno mas sosegado.

  • Caminando hacia el oeste por la Riva, se encuentran las playas mas populares, y por    consiguiente, mas atestadas. El interior de la isla es de carácter mas rural, con extensos plantíos de lavandas y pequeños pueblos. La otra ciudad balnearia – Stari Grad, es también muy turística.

 

  •  El puerto esta generalmente repleto de veleros, yates y todo tipo de embarcaciones fondeadas. Repleto es una palabra que a veces se queda corta, nos referimos con esto a que hay mucha oferta de excursiones a calas y pequeñas islas, por el día o por medio día. Si uno quiere conocer, debe recorrer los muelles y averiguar cual es el que más se adapta a su propósito. Como hay muchas personas con la misma idea, a veces es conveniente rentar un barco entre varios, aunque no se conozcan.  Hvar decididamente no es un lugar aburrido.

 

  • Hay restaurantes de todo tipo, pero los mas típicos están emplazados en las calles del barrio antiguo. Los hay que ocupan antiguas casonas recicladas; nosotros cenamos en uno que tenía las mesas dispuestas en el patio central, bajo parras, con mucho estilo. Los vinos de la región son muy populares aquí, y la comida es muy buena si uno elige con cuidado; cuanto menos masivo el restaurante, la calidad tiende a ser mas cuidada. Como en casi todos lados.

  • Si se prevé que vaya a haber un buen atardecer, un buen plan es ir a verlo al Fuerte Napoleón, al que se llega subiendo la colina (todas las calles lo hacen) y atravesando jardines plantados de olivos, romero y lavanda. Obviamente no se va a estar solo, es el plan favorito de todos. Al descender, la manera ideal de terminarlo, es en algún restaurante casi secreto, de esos que indican el menú del día esbozado en una pizarra, como el que mencioné en el párrafo anterior. Las callecitas del barrio antiguo, cuando baja el sol, se llenan de mesas, sólo es cuestión de elegir.

 

  • En cuanto a bares, es muy fácil, hay que buscarlos por la música. Están las opciones mas lounge, tipo KaLavanda y otros, frente a la Iglesia de San Esteban; o directamente, los que pasan música electrónica y congregan multitudes en Sidro, Lola Bar y Kiva, en la zona de la Riva.

  • Es importante cuidar las formas. Los croatas no terminan de resignarse a que sus ciudades hayan perdido, hasta cierto punto, algo de su encanto tradicional mediterráneo. Por lo cual, caminar por el centro de la ciudad, frente a sus edificios históricos, sin remera o directamente en traje de baño, es considerado una falta de respeto que puede dar lugar a fuertes multas en euros. Ni que hablar de abusar del alcohol o de otras sustancias, tirar botellas o vasos en la calle o en el agua, etc.

 

  •  Nosotros llegamos a Hvar, a bordo de un pequeño crucero, que zarpó desde Dubrovnik, para recorrer varias islas y ciudades de la Costa Dálmata, durante nueve días. El barco, de la compañía Atlas, constaba de una docena de camarotes, restaurant y cubierta, y nos pareció una opción totalmente recomendable por su comodidad, para recorrer toda esa zona sin depender de horarios de ferries ni otros barcos, ni tener que acarrear las valijas de lugar en lugar. Tienen internet libre, y el personal habla casi todos los idiomas, pero el español no es su fuerte, así que hay que ir, por lo menos, con rudimentos de inglés. A veces, en algún puerto coinciden quince o veinte cruceros, y dado que los muelles son pequeños, se amarran unos con otros, de manera que para llegar al último, hay que atravesar los quince barcos anteriores.

 

  • Pero ese no es el único tipo de barcos que surcan estas aguas bendecidas; si tienes entre veinte y un poco mas de veinte, y no te importa ( o te interesa ) compartir dormitorio con completos desconocidos, hay barcos-hostel que recorren un itinerario parecido al de los cruceros mas formales, pero con una descontractura post adolescente. En general están disfrazados de barco pirata o alguna alegoría similar, y su propósito es perseguir la fiesta por toda la costa,    siendo una opción conveniente para grupos de amigos que quieran conocer las islas de una forma mas divertida y aventurera. Se reconocen por tener sobre la borda,  cuerdas extendidas donde cuelgan remeras, calzoncillos y toallas húmedas, puestos para secarse.

 

  • Esta es una breve descripción de la isla de Hvar, no pretende ser completa ni definitiva, solamente cuenta las que impresiones nos dejó la visita a este lugar, que como todos los lugares en este mundo cada vez mas pequeño, esta en un proceso de cambio contínuo.


Martín Casanovas

Fotógrafo. Historias de principios del siglo, documentadas fotográficamente... @martincasanovas https://www.facebook.com/martinmcasanovas/


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